Mística: Cuerpo que despierta deseo insaciable

La Mística es una noción profundamente evocadora. Cuando pensamos en ella, nos transportamos a una región donde lo cotidiano, aquello que nos centra en la tierra, se desvanece, como nubes que se borran. Entonces aparece un volcán, emanando su humo mágico.

Muchos han considerado que la Mística y la Religión necesariamente viven una sociedad. Para estas personas – que denominaremos “los puristas” –, si no tienes una convicción religiosa, fundamentada en la solidez de la fe, la experiencia mística no es posible. 

¿Es esto cierto?

Durante siglos, religiosos de diferentes doctrinas han expresado de múltiples maneras su acercamiento a Dios, o al Ser superior en el cual creen, a partir de sensaciones parecidas al sueño, que califican como “experiencia mística”.

Sor Juan Inés de la Cruz solía afirmar que su contacto con Dios era una suerte de transmutación, donde su cuerpo parecía quedarse inerte, mientras su alma ascendía a niveles superiores de existencia, y esto solo podía vivirlo a partir del sueño.

Así se expresa Sor Juana en “Primero Sueño”:

“El alma, pues, suspensa

del exterior gobierno en que ocupada

en material empleo,

o bien o mal da el día por gastado,

solamente dispensa,

remota, si del todo separada

no, a los de muerte temporal opresos,

lánguidos miembros, sosegados huesos,

los gajes del calor vegetativo,

el cuerpo siendo, en sosegada calma,

un cadáver con alma,

muerto a la vida y a la muerte vivo,

de lo segundo dando tardas señas

el de reloj humano

vital volante que, sino con mano,

con arterial concierto, unas pequeñas

muestras, pulsando, manifiesta lento

de su bien regulado movimiento[1]”.

“Primero sueño es el poema más personal de sor Juana (…) el poema cuenta la peregrinación de su alma por las esferas supra naturales mientras su cuerpo dormía. La tradición del viaje del alma durante el sueño corporal es tan antigua como el chamanismo. Es una creencia que, a pesar de su inmensa antigüedad, requiere como suposición básica una distinción entre lo que llamamos alma y lo que llamamos cuerpo (…) El fundamento de esta creencia es un dualismo estricto (atemperado por Aristóteles y después por la escolástica): el alma, por ser de naturaleza distinta del cuerpo, puede separarse de su envoltura carnal en momentos excepcionales, como el éxtasis y los sueños (…) El sueño de sor Juana es el vuelo del alma libre de las cadenas del cuerpo que se ha escapado de la censura de la razón (…) para sor Juana, el sueño pone en libertad al alma[2]”.

Teresa de Jesús

Por su parte, Teresa de Jesús nos expresa el éxtasis místico que experimenta al tener un contacto cercano con Dios. Le ve, le toca y se funde con Él, en una relación amorosa exclusiva y eterna.

Su poesía está cargada de sentimientos elevados. Puede palparse que lo físico es trascendido a una dimensión donde pierde su realidad corpórea y se transforma en el lenguaje del alma.  Pero es una región tan íntima que solo el sujeto que la experimenta es capaz de sentirla con toda su fuerza expresiva:

“Ya toda me entregué y di

y de tal suerte he trocado,

que mi Amado es para mí

y yo soy para mí Amado

Cuando el dulce cazador

me tiró y dejó herida,

en los brazos del amor

mi alma quedó rendida;

y, cobrando nueva vida,

De tal manera he trocado,

que mi Amado es para mí

y yo soy para mí Amado

Hiriome con una flecha

Enherbolada de amor,

y mi alma quedó hecha

una con su Criador;

Ya yo no quiero otro amor

pues a mí Dios me he entregado,

y mi Amado es para mí,

y yo soy para mi Amado[3]”.

Y San Juan de la Cruz, en su poema Llama de amor viva, habla así:

“¡Oh llama de amor viva

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!

Pues ya no eres esquiva

acaba ya si quieres,

¡rompe la tela de este dulce encuentro!

¡Oh cauterio suave!

¡Oh regalada llaga!

¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado

que a vida eterna sabe

y toda deuda paga!

Matando, muerte en vida has trocado.

¡Oh lámparas de fuego

en cuyos resplandores

las profundas cavernas del sentido,

que estaba oscuro y ciego,

con estraños primores

calor y luz dan junto a su querido!

¡Cuán manso y amoroso

recuerdas en mi seno

donde secretamente solo moras,

y en tu aspirar sabroso

de bien y gloria lleno,

cuán delicadamente me enamoras!”

Afirma Víctor García de la Concha, “que nadie ha definido mejor que San Juan de la Cruz la experiencia mística”[4] y cita sus palabras para ilustrarlo: “Y si lo queréis oír, consiste esta summa sciencia en un subido sentir de la divinal esencia; es obra de su clemencia hacer quedar no entiendo, toda sciencia trascendiendo”.

Aunque Mística y Religión son un matrimonio exclusivo para estos poetas mencionados – lo que genera la visión reduccionista de “los puristas” –, la Mística también se manifiesta en experiencias no religiosas.  El común denominador en estas experiencias profanas, es la “Unidad con el Todo”, que no puede explicarse con palabras. Algo muy semejante al éxtasis que produce algún contacto con una realidad que trasciende al YO.

Por eso, podemos afirmar que la Mística, más allá de las connotaciones religiosas o profanas, es una manifestación elocuente de la sensibilidad humana, llevada a niveles trascendentes.

Vivimos rodeados de ruido. El contexto social emite señales externas que proporcionan materialidad a nuestras percepciones. Pero no somos seres exclusivamente sociales, ni tampoco materialistas. Tenemos el ansia de conocer misterios, hurgar en nuestra interioridad para darnos algunas respuestas a las interrogantes existenciales. En la medida que se inicia la exploración, la sensibilidad se va agudizando y comienzan a producirse efectos en el tipo y la calidad de las percepciones.  Puede inclusive generarse una suerte de caos psíquico, provocado por la intensidad de la experiencia.  Sentiremos emociones inexplicables racionalmente, que forman parte de un territorio inefable, lagunar, un abismo desconocido que clama por un cuerpo.

Y partiendo de ese cuerpo ausente, el deseo por encontrarlo se manifiesta a través del verbo. Dios se hizo carne en el cuerpo de Cristo y la Mística busca su cuerpo a través de la arquitectura del lenguaje.

Haciendo uso del Oxímoron, la confrontación de los opuestos –“Oscuridad luminosa”-, acechamos un elemento que atrape lo inefable, aquello que intuimos a partir del espacio que se crea entre esa oposición semántica. En esa laguna conceptual, se revela el cuerpo místico.  Con la poesía cobra vida esa corporeidad.

Los versos activan nuestra experiencia interior, que supera los límites de lo consciente, ofreciendo a quien lo experimenta la posibilidad de viajar a otros mundos interiores, que no pueden explicarse con palabras exactas.  La fuerza, la intensidad de estas sensaciones, transmuta al Ser, llevándole a un estadio distinto, a otra dimensión existencial lejos del cuerpo físico de los huesos, extraño a las nociones aprendidas socialmente. 

Y la experiencia puede ser tan placentera, que tiene connotaciones eróticas.

Octavio Paz afirma que “el amor es un hechizo y la atracción que une a los amantes es un encantamiento[5].  La mística se asemeja al amor.  “El amor es la metáfora final de la sexualidad. Su piedra de fundación es la libertad: el misterio de la persona. No hay amor sin erotismo (…) amor sin erotismo no es amor[6].

Octavio Paz

Por el éxtasis, lo más sublime, aparece el cuerpo, que es expresado a través de la musicalidad que generan los versos. Ese peregrinaje del cuerpo ausente resurge como un dolor de no posesión corporal, la nostalgia por ese cuerpo no presente. 

Y en su búsqueda es que la poesía canta al espíritu, dándole cuerpo al deseo, alguna vía de expresión donde lo inefable cobra forma y se filtra dentro del alma. Es un deseo tan intenso como el amor, y por eso se vuelve erótico.  Y este erotismo tiene infinitas formas que persiguen saciar el deseo.

Pero el deseo permanece encendido, como un volcán que no duerme. Si el deseo llegase a consumarse del todo, la Mística culminaría su peregrinaje y se acaba el misterio.

La poesía “erótica – amorosa” es un instrumento viable para darle cuerpo a la experiencia mística, y así acercarla al mundo físico del entendimiento. Se trata de un ejercicio que responde a un deseo de conexión con algo superior a nosotros, que proporcione plenitud existencial. Como dijimos, la mística se hace cuerpo gracias a la poesía.

El éxtasis que se produce en el poeta es una experiencia individual y subjetiva. El poeta escribe sus versos desde una región íntima de su alma, donde su consciencia juega un rol secundario. El proceso psíquico puede ser intelectual, en la medida en que el poeta se preocupe por la forma y métrica de sus versos: si son alejandrinos, si riman, qué tipos de procesos lingüísticos entran en juego (elipsis, sinalefa, anáforas). Hasta allí puede funcionar un ejercicio consciente, que es más técnico que poético. Se trata de la forma de presentarse, la estructura profesional que adopte. Pero muy lejos de esos detalles objetivos, se encuentra el contenido del poema. Las emociones, y pulsiones internas del poeta, que emanan de una región diferente a la de su consciencia, y configuran un universo donde se entremezclan experiencias vitales, anhelos, heridas abiertas, cicatrices, sueños, esperanzas, frustraciones, miedos, odio y amor, tristezas y alegrías, abismos y cumbres. 

Todas esas sensaciones se fusionan en impulsos nerviosos, que estimulan la inspiración poética.  Cuando el poeta los plasma en versos, el proceso es misterioso, porque el contenido de esa poesía parece provenir de cavernas inhóspitas, de musas que susurran al espíritu y mueven la mano del artista.  La libertad del poema es tan poderosa que supera la voluntad de su creador.

Entonces el universo psíquico, compuesto por infinitas variables subjetivas, comienza a cobrar cuerpo y a respirar como un animal independiente. Cuando el poeta experimenta la inspiración, se produce en su interioridad una sensación trascendente, que le eleva a una dimensión vital que no es su estado normal de existencia.  En ese trance, el poeta desarrolla su arte y cuando lo culmina, el resultado le resulta tan misterioso como la génesis misma de la inspiración que lo produjo. 

Ese cuerpo que ha nacido del universo mágico es místico, porque pertenece a un territorio inefable, que pretende ocupar un espacio definido, pero al palparse se siente esquivo. Su naturaleza es producto de un mundo oculto, formado por infinitos elementos subjetivos, que no pueden entenderse en un plano consciente, al menos no en su totalidad.

En un esfuerzo de comprender el significado de los versos, quizás el poeta puede interpretar la episteme, darle sentidos conscientes a lo escrito, pero muy pronto se dará cuenta que el ejercicio es fútil.  Logrará una exégesis, dirá que el poema significa esto o lo otro, pero internamente sentirá un vacío. Lo esquivo, esa zona inhóspita, el abismo entre aquello que explica y el infinito manantial semántico que queda apresado como potencial alternativo, produce una laguna, la zona inefable. 

Por eso la Mística es humo, el eterno peregrino que sale de un volcán mágico. Es el cuerpo que asciende a una cumbre que, al coronarse, como una caja china, revela la existencia de otra cumbre. Con la Mística se cumple el mito de Sísifo.  La interpretación que hace Albert Camus es oportuna para entender el fenómeno.  El filósofo argelino afirma que Sísifo, al comprender el absurdo de su vida, se resigna y entonces vive una existencia heroica, fundamentada en la consciencia de la futilidad de su esfuerzo, que sin embargo sigue llevando a cabo con tesón y gallardía. La fe se asemeja a este rasgo heroico. Pese a todos los dolores de la existencia, la fe nos hace portadores de una esperanza, la certeza de un mundo misterioso que nos traerá dicha. 

Para los religiosos, en ese mundo habita Dios, y el cuerpo místico, la poesía, es una forma de sentirlo. El laico, quizás no lo interprete de esa forma, pero el éxtasis que le produce el cuerpo místico, emula a cualquier experiencia religiosa, porque le permite trascenderse a sí mismo y entrar en contacto con algo superior a su propia persona, que no logra explicar del todo. 

En la medida que el poeta entiende la inutilidad de darle sentido final a su poesía, el ansia por continuar develando secretos le impulsa a continuar su peregrinaje, haciendo más poesía. El misterio se conserva vivo, y así la Mística sobrevive, retroalimentándose con nuevas experiencias y definiciones.

El poeta se convierte en héroe, en la medida en que esa consciencia de futilidad le impulse a seguir creando versos. En lugar de frustrarse, y quizás hasta ponerle fin a su vida, el artista crea más arte. Así, el cuerpo místico se nutre y se vuelve más seductor y misterioso.

¿Y qué pasa con el lector del poema? ¿También vive la experiencia mística?  Pensamos que sí.  El poema es el cuerpo místico, cuya cabeza, tronco y extremidades lo constituyen los versos. De allí emana su encanto en una doble vía, igual que una emoción poderosa, como el amor y el erotismo. Es un cuerpo que enamora y erotiza al poeta. Y lo mismo logra con el lector de alma poética, capaz de conectarse con los hilos más finos de su vida sensible.  “Amor sin erotismo no es amor y erotismo sin sexo es impensable e imposible[7]. Vemos que la Mística es un cuerpo amado. La poesía es el sexo entre el poeta y el cuerpo místico (el poema); y entre ese poema y el lector.  Quien lee un poema se fusiona con ese cuerpo místico, partiendo de su propio universo interior, tan misterioso como el mundo del autor de los versos. Esa región abismal, inefable, posee infinitas variables subjetivas y como las teclas de un piano es capaz de producir todas las melodías. Así se levanta el andamiaje sensorial y se capta el sentido del poema, produciendo empatía y catarsis anímica. Y esa sensación es el éxtasis, la pulsión interior que hace vivir momentos trascendentes. El poema es el tren que atraviesa los campos sensitivos, donde no hay explicación definitiva en el plano de la consciencia. 

Como sucede al poeta, el lector que disfruta de sus versos pronto entenderá que no existe una episteme final. Cada vez que lea el poema, surgirán en su interior emociones nuevas, y nacerán otros significados, lo que avivará el deseo, como una llama que no se apaga.  Y este proceso es infinito, porque el deseo es tan poderoso como la libertad.

El mito de Sísifo se tatúa como la metáfora perfecta del fenómeno.  El lector del poema se identificará con el cuerpo místico, pero solo hasta los límites de su experiencia individual, marcada por un estado anímico temporal y transitorio.  Así, en el futuro habrá otros ánimos diferentes, igual de mutantes que los primigenios, y el peregrinaje continuará. El perseguir a esa primera sensación que sintió en el pasado, le volcará a repetir la experiencia. Y entonces se dará cuenta que el misterio no se devela. Al contrario, se profundiza; manteniéndose intacto, quizás mucho más intensamente que la vez anterior. 

La Mística es misterio, un fantasma danzarín; el humo que emana de un volcán mágico. En un juego sensual, se hace cuerpo con la poesía, despertando apetencias y seduciendo con sus formas, en una danza eterna que se renueva una y otra vez, conservando vivo el fuego del deseo.


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Bibliografía consultada

CAMUS, Albert. El mito de Sísifo. Alianza editorial. Bibliotecas de autor. Madrid. 2004.

DE JESÚS, Teresa. Ya toda me entregué. En: https://bit.ly/2KE1Lik

DE LA CRUZ, sor Juana. Primero sueño en: https://bit.ly/1pQR40n

DE LA CRUZ, Juan. Llama de amor viva. En: https://bit.ly/2IHx4Hl

GARCÍA DE LA CONCHA, Víctor. Filología y mística: San Juan de la Cruz: Llama de amor viva. En: https://bit.ly/2NdjyPl

PAZ, Octavio. Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe. Fondo de cultura económica. México, D.F. Vigésimo segunda reimpresión. 2015.

PAZ, Octavio. La llama doble. Amor y erotismo. Galaxia de Gutenberg, S.A. Barcelona, España. 1997


[1] De la Cruz, sor Juana. Poema Primero sueño en:https://bit.ly/1pQR40n

[2] PAZ, Octavio. Sor Juan Inés de la Cruz o Las trampas de la fe. Fondo de cultura económica. México, D.F. Vigésimo segunda reimpresión. 2015. p. 472,473 y 485.

[3] De Jesús, Teresa. Poema Ya toda me entregué. En: https://bit.ly/2KE1Lik

[4] GARCÍA DE LA CONCHA, Víctor. Filología y mística: San Juan de la Cruz: Llama de amor viva. En: https://bit.ly/2NdjyPl

[5] PAZ, Octavio. La llama doble. Amor y erotismo. Galaxia de Gutenberg, S.A. Barcelona, España. 1997, p. 123

[6] Idem. p. 103

[7] Idem.