Literatura fundacional: mano que salva del abismo

En cada hombre late la posibilidad de ser o, más exactamente, de volver a ser, otro hombre

Octavio Paz / El Laberinto de la soledad

Esta cita del gran poeta mexicano sirve como fundamento para reflexionar sobre la naturaleza de los textos fundacionales, que se escribieron en América Latina durante el período colonial y los primeros tiempos posteriores a la Independencia de España. 

La búsqueda de un sentido, la explicación de una historia, la articulación de un destino son objetivos que se transforman en metas concretas, pero principalmente son emociones, pulsiones psicológicas que nacen en el individuo y se proyectan en lo social, a través de una narrativa explicativa, un ansia de respuestas a dilemas complejos de la existencia.

El caos individual se produce por un sentimiento de desarraigo, que tiene su génesis cuando se comprende que el “yo” es diferente al “otro”. Y esa diferencia, que solo puede asimilarse en la soledad reflexiva, muchas veces es negada antes de ser comprendida, hay un rechazo instintivo al sentimiento de individualidad.  Esta realidad intrínseca en el Ser Humano es sublimada con diversas estrategias, generalmente respondiendo a mecanismos inconscientes, y algunas de ellas son las responsables del arte, y en grado superlativo de la Literatura. 

En América los procesos de conquista, luego la colonia y finalmente la independencia constituyen un fenómeno poderosísimo, que abre una suerte de caja de Pandora, de donde emergen infinidad de complejidades que marcan el alma de aquello que surge, cincelándola con formas y tamaños que por ser novedosos determinan desde su génesis una “otredad”, la tensión irredimible entre lo convencional  y lo que por nuevo ansía una explicación, alguna respuesta que le dé sentido y le permita aproximarse a sentimientos naturales, como el orgullo y la satisfacción de ser. En pocas palabras, que la novedad no produzca rechazo por sus rasgos diferentes y pueda insertarse en la comprensión globalizada del mundo, con cierta armonía, con identidad propia.

La búsqueda de esta identidad es la pulsión dominante del ser cuando se percibe diferente, porque la diferencia en un primer momento marginaliza, produce inseguridades que deben ser compensadas con algún sentimiento que ofrezca consuelo y salve al ser del abismo existencial al que estaría condenado de no conseguir un equilibrio entre la percepción del “yo” y el entendimiento que se tiene del “otro”.

En la colonia, los criollos se vieron excluidos por los peninsulares en el acceso a ciertas posiciones de poder. Los segundos necesitaban conservar sus privilegios y para ello se inventaron toda suerte de justificaciones. Como “la raza” no podía ser un argumento, al fin y al cabo, los nacidos en América de padres españoles tenían un aspecto similar a sus progenitores, entonces se tuvo que inventar que el medio ambiente y la leche de las nodrizas indígenas hacían inferiores a los criollos respecto a los que nacieron en la península. Aquí vemos una demarcación primigenia entre los “unos” y los “otros”, entre “nosotros” y “ellos”; la “otredad” que marca la línea limítrofe entre dos universos existenciales que, pudiendo ser el mismo, opta porque no lo sea. Y cuando la línea se marca, y se produce la separación, entonces se problematiza lo simple, se crea una trampa artificial que produce fracturas irreconciliables.   Si los criollos son unos y los peninsulares son otros, la dialéctica busca su resolución a partir de un conflicto. Al principio son tensiones, pero éstas se vuelven insoportables y entonces surgen las revoluciones y las guerras. 

Esa misma tensión es la que se creó entre los criollos y los indios, los criollos y los negros; los indios y los negros; los realistas y los patriotas; los unitarios y los federales; los blancos y los gauchos; los nacionales y los extranjeros; y finalmente entre el abanico de mezclas que se produjo. Así, a partir de la conquista española, nace una sociedad que tiene la tensión de la “otredad” en su código genético. El drama latinoamericano, la profunda crisis que aún no se resuelve, debe revisarse antropológicamente en un arquetipo causado por el ADN que tiene impreso esta dialéctica.

La percepción de lo diferente activa ciertas preguntas que merecen reflexiones profundas. Pero la reflexión implica un ejercicio interior e individual que amerita esfuerzo y confrontación con uno mismo, con el propio abismo. Y la reacción natural es la evasión, el abrazo con respuestas fáciles que protejan del espejo, un escape, una huida hacia adelante.

La confrontación con uno mismo es una guerra que muchos evitamos. Para resguardarnos del peligro, buscamos aliados que tiendan la mano, generándose una ilusión de seguridad que disfraza el delirio.  El fenómeno se repite masivamente y así surge la sociedad, con sus rasgos específicos.  Pero como su nacimiento está impulsado desde la confusión, el miedo prevalece y se oculta con artificios: raza, poder económico, apellidos, nacionalidad, ubicación geográfica, clima, etc.  Son artificios que levantan un teatro para esconder el abismo. Los actores, el ruido, las ilusiones… son instrumentos para resolver la dialéctica de la “otredad”, para darse una respuesta que silencie el grito ahogado de una angustia existencial irresoluta. 

Y como la génesis misma de la sociedad vino contaminada de delirios, de fantásticas sublimaciones del “yo” temeroso, las respuestas nunca son finales; siempre ameritan más explicaciones, otras respuestas, elevados entendimientos. Es una lucha constante para mantener el equilibrio dialéctico que nos proteja de la fractura, o quizás del salto definitivo al abismo, la muerte. 

La Literatura fundacional es precisamente la búsqueda de una respuesta al problema irresoluto de la “otredad”. Constituye un arma poderosa porque permite darle rienda suelta a la imaginación y la especulación, dibujando escenarios nuevos, que recojan nuestras angustias y proporcionen algo de paz a los intelectos inquietos por la duda.

¿Qué soy? ¿Qué somos? ¿Cuál es mi identidad? ¿Cuál es nuestra identidad? ¿Quién es el otro? ¿Cómo convivo conmigo mismo y resuelvo la convivencia con el diferente?

El ejercicio que se propone la Literatura fundacional es una tarea ambiciosa y quizás de imposible realización por su carácter implícitamente subjetivo. Es tarea de dioses separar un texto del escritor que lo produce. Se hace baladí la pretensión de unas ideas vacunadas de angustia, curadas de los íntimos demonios de quien las escribe.

Dice Octavio Paz:

El escritor es un hombre que no tiene más instrumento que las palabras. A diferencia del artesano, del pintor y del músico, las palabras están henchidas de significaciones ambiguas y hasta contrarias. Usarlas quiere decir esclarecerlas, purificarlas, hacerlas de verdad instrumentos de nuestro pensar y no máscaras o aproximaciones. Escribir implica una profesión de fe y una actitud que trasciende al retórico y al gramático; las raíces de las palabras se confunden con las de la moral. Todo estilo es algo más que una manera de hablar: es una manera de pensar y, por tanto, un juicio implícito o explícito sobre la realidad que nos circunda. Entre el lenguaje, ser por naturaleza social, y el escritor, que solo engendra en la soledad, se establece así una relación muy extraña: gracias al escritor el lenguaje amorfo, horizontal, se yergue e individualiza; gracias al lenguaje, el escritor moderno, rotas otras vías de comunicación con su pueblo y su tiempo, participa en la vida de la Ciudad[1].

Acierta Octavio Paz al entender que escribir implica una profesión de fe y que las raíces de las palabras se confunden con las de la moral. Pero no comparto su optimismo acerca de las palabras como resultado de un ejercicio puro del pensamiento. Para lograr eso, habría que considerar las ideas como una cápsula aislada de la complejidad del ser, de sus miedos, de sus anhelos y frustraciones, independientes de ese cuarto oscuro donde el individuo persigue una luz a partir de su tenebrosa soledad. Todo pensamiento y, en consecuencia, los textos que se producen a partir del mismo, llevan consigo la fatalidad de la máscara, la implícita estrategia inconsciente de darle substancia a la individualidad, para que ésta pueda confrontar al “otro”. En este sentido, el escritor fundacional pretende erigir un teatro sobre su propio abismo, y que ese teatro interprete la obra que cure su angustia existencial.  Se forma un juego de espejos psicológico, donde las letras reflejan los miedos personales, convertidos en mercancía potable para terceros: una ideología, un sentimiento colectivo que absorba muchas angustias y les tienda una mano salvadora, que es la del propio escritor salvándose a sí mismo. 

Ejemplos podemos encontrarlo en la literatura fundacional que se produjo en Latinoamérica durante el Siglo XIX.  Tomemos el caso de México y al escritor José Joaquín Fernández Lizardi con su obra “El Periquillo Sarniento”.  Su sentimiento de otredad con respecto a España y las instituciones coloniales, le llevaron a construir un mundo fabulado, rico en sátira, dobles sentidos y humor negro que contenía una crítica feroz al orden establecido, a unas instituciones coloniales que no respondían a los anhelos íntimos, a la necesidad de conseguir una harmonía con el entorno, donde el “yo” consiguiese canales de expresión óptimos. La realidad se cuestiona, no se acepta como es porque se opone a las expectativas del “yo”, que no consigue identificación con lo que se impone del “otro”.

Entonces, Fernández Lizardi propone un mundo nuevo, su isla de Sauchofú, donde se refleja el “yo”, lo contrario a lo establecido por el “otro”, el deber ser que salvaría a Fernández Lizardi de su propio sentimiento de marginalidad y, con ese salvavidas, también podrían salvarse sus congéneres.  Su literatura funda una comunidad imaginada[2], con pretensión de volverse real en algún momento, y esa ambición en el fondo constituye el abrigo de una esperanza, que al final no es otra cosa que la protección contra el abismo.

Toda la Literatura fundacional tiene esa pretensión.  La tuvo en Argentina Esteban Echeverría con su dogma socialista. Su texto El Matadero es una expresión de un “yo” que necesita imponerse al “otro”, al salvaje que no responde a las expectativas que se tienen de sí mismo.

Igual hizo Domingo Faustino Sarmiento con su Facundo, al exponer su plan nacional, un personalísimo proyecto de ciudad imaginada que debía materializarse para salvar a la Argentina de la barbarie. ¿No era acaso ese peligro barbárico la manifestación evidente de un “yo” en la búsqueda de un entorno que lo reflejara con justicia, sin las odiosas distorsiones que nacen de lo diferente?

¿Acaso Juan León Mera cuando escribe Cumandá no está buscando algo que justifique la supremacía del hombre evangelizado, la victoria del “yo” sobre el “otro”, representado por los záparas y los jíbaros?

¿No es Cielitos y diálogos patrióticos, de Bartolomé José Hidalgo, una búsqueda por entender al “otro” y tratar de acercarlo al “yo”, darle forma potable al gaucho para disminuir la angustia creada por un espejo que no refleja lo que se desea?  

La misma dialéctica, esa tensión que pide a gritos un equilibrio, podemos encontrarla en José Joaquín de Olmedo y su Canto a Junín; también en Peregrinaciones de una Paria de Flora Tristán; Martín Fierro de José Hernández; Martín Rivas de Alberto Blest Gana; y en Tabaré de Juan Zorrilla de San Martín.

En todos estos casos, sea México, Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Uruguay; independientemente de las corrientes literarias que pudieron influenciar esas letras: barroco; neoclasicismo; romanticismo; costumbrismo; naturalismo y/o realismo; lo que priva en esas obras es la necesidad de darle sentido a la “otredad”, de construir una identidad propia que se oponga al sentimiento de marginalización, el aislacionismo que tuvo su génesis en la respuesta equivocada que se elaboró a partir de la novedad implícita en lo diferente.  

La ciudad letrada[3] – como El Salón literario[4] – y las comunidades imaginadas por autores latinoamericanos que pretendieron usar la literatura como un instrumento de construcción de naciones, el empleo de las letras como cincel y martillo de la escultura social, no es otra cosa que una respuesta a la angustia primigenia que causa el sentirse distinto.

Hay vacío de identidad creado por la ausencia de un reflejo convencional que proporcione la respuesta rápida, la solución expedita a la pregunta existencial que nace con la consciencia del “yo” frente al “otro”. 

Las comunidades imaginadas por la Literatura fundacional están irremediablemente destinadas a ser una utopía constante. Representan un elemento idiosincrático del ser latinoamericano y su marca genética de “otredad”, que le impulsa a explicarse a sí mismo para no perderse en una individualidad que confronta complejos atavismos culturales.

Esta utopía no es un delirio febril que deba ser curado. Al contrario, es una sana expectativa de progreso que delimita los retos de la existencia. Quizás nunca se materialice como una realidad tangible. Pero el solo hecho de poder ser imaginada, transforma lo imposible en esperanza…la mano que salva al hombre de su propio abismo.


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[1] Octavio Paz. El laberinto de la soledad. Fondo de Cultura Económica. México. 2004. Pág. 177

[2] La comunidad imaginada es un concepto acuñado por Benedict Anderson, que sostiene que una nación es una comunidad construida socialmente, es decir, imaginada por las personas que se perciben a sí mismas como parte de este grupo. En su libro Comunidades imaginadas (1983), Anderson explica el concepto en profundidad. Ver: http://bit.ly/2iFl7Z9

[3] Ver Ciudad Letrada, de Ángel Rama: http://bit.ly/2jtgLFh

[4] Salón Literario se le llamó en Buenos Aires, Argentina a las reuniones que en 1837 realizaban para el intercambio de ideas los intelectuales de la época, conocidos como la Generación del 37, que estaban gestando el movimiento romántico en dicha ciudad. Ver. http://bit.ly/2jq8Ad4

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