Los aventureros

Don Rómulo Gallegos, nació en Caracas, el dos de agosto de 1884 y falleció allí, el cinco de abril de 1969.  Comenzó a publicar ensayos y cuentos en la revista “El cojo ilustrado”[1], así como en el medio impreso del grupo literario del que formó parte: “La alborada” – constituido en 1909 y que tuvo en su seno a personajes como Julio Planchart, Julio Horacio Rosales. Salustio González Rincones, Enrique Soublette, entre otros –.

Se desempeñó como profesor de matemáticas desde 1918 en la Escuela Normal, y de 1922 a 1933 fue subdirector del Liceo de Caracas, que posteriormente se llamó Liceo Andrés Bello. 

Al morir Juan Vicente Gómez, el General Eleazar López Contreras le nombra Ministro de Educación. Allí comienza una carrera política que le lleva lejos, siendo el primer presidente de Venezuela elegido por el voto universal, directo y secreto (1947).  Un año después, es derrocado por un golpe militar y vivió en el exilio hasta la caída de Marcos Pérez Jiménez, en 1958. 

Su obra “Doña Bárbara”, publicada en 1929, le coloca en el radar literario a escala mundial, como un escritor representativo de la prosa Latinoamericana, con tintes modernistas, criollistas y regionalistas.  Fue autor de una narrativa amplia y variada. Escribió novelas, cuentos y ensayos. 

Además de la novela que le dio fama internacional, publicó: Reinaldo Solar (1920 y 1933); El Forastero (1922 y 1942); La trepadora (1925); Cantaclaro (1934); Canaima (1935); La briza de paja en el viento (1951) y Tierra bajo los pies (1973). 

Con respecto a sus cuentos, Los aventureros es publicado por vez primera en 1911, en la revista “El cojo ilustrado”.  Luego, en 1913, fue incluido en el volumen que recibió ese título, y además de dicho cuento, recogió otros tantos.

Luego publicó dos conjuntos de cuentos, publicados en 1946 (“La rebelión y otros cuentos”) y 1957 (“La doncella y el último patriota”) respectivamente[2].

A continuación, haremos un repaso de su cuento Los aventureros. Es importante señalar, que esta pieza se publica cuando Venezuela todavía se encuentra subsumida en el atraso más desolador.

Tras más de un siglo de guerras, montoneras y caudillismo, el país comienza a ser organizado por Juan Vicente Gómez, un militar que llegó al poder a partir de un golpe de Estado (1908), dado a su compadre, el General Cipriano Castro, apodado “El cabito”. 

Venezuela es una nación totalmente empobrecida y aislada del mundo. Algunas empresas trasnacionales habían mostrado algún interés en nuestra riqueza minera, pero todavía no había despertado la sed petrolera, que eventualmente – a partir de 1922  – abrió las puertas del progreso.

El cuento Los aventureros es una radiografía de ese país.  Aquí Gallegos describe una tierra aislada, y pobre, donde la mayor ambición de un hombre es transformarse en caudillo y conquistar el poder, a partir de la fuerza y el carisma, rodeado de letrados arribistas y aduladores.

El autor nos presenta a dos personajes contrastantes: Jacinto Ávila y Matías Rosalira. Ambos son arquetipos que simbolizan la realidad de Venezuela, sus grietas, pesares, ambiciones y expectativas.

Ávila es abogado y representa en la obra el símbolo de la civilización. Tiene mucho resentimiento acumulado y el afán de ser alguien en la vida.

Así nos lo describe Gallegos:

El doctor Jacinto Ávila estaba ya en su camino; y tal vez muy cerca de realizar la única y grande aspiración de su vida: llegar. ¡Llegar! Por ello había abandonado su provincia nativa cuando comprendió que en su pobre ambiente jamás pasaría de ser un talento sin gloria ni provecho, si era que no se quedaba en la oscura mediocridad, y enderezó sus pasos a la Capital propicia, y ya en ella, en la Universidad que da prestigio y esplendor vinculados a un título que abre todas las puertas y allana los caminos; y por ello padeció necesidades: comió mal, vistió peor, sufrió humillaciones y desprecio, ambicionó mucho y envidió más. Y logró llegar hasta el título[3].

El autor, nos dibuja un personaje inescrupuloso, lleno de ambición, buscando triunfar a toda costa. Ávila llega a posiciones altas gracias al efectismo de su palabra, pero ciertas circunstancias – reveses de la fortuna o torpeza para calcular[4] –  hacen que caiga en desgracia.

Entonces, se le ocurre buscar a un caudillo que pueda conducirlo al lugar donde pueda saborear las mieles del poder.

Y así, Ávila decide irse a las montañas y acechar a Matías Rosalira, para susurrarle al oído el canto de las sirenas, la música que despierte la ambición del hombre fuerte.

Entonces fue cuando llegó a sus oídos la fama que cobraba Matías Rosalira y resolvió ir en su busca para intentar junto con él, y a su amparo, la gran aventura. Buen conocedor de su medio, por instinto y por experiencia, sabía que sólo con un apoyo de esta suerte podría hacerse carrera por los caminos del éxito y para lograrlo resolvió hacerse espaldero del Caudillo. Éste era la fuerza, el instinto cerril, impetuoso y dominador, la energía acostumbrada a imponerse, la única energía de la raza blindada de barbarie pero íntegra, pura como un metal nativo; a su vez él se reconocía el aliento de la gran aspiración, de la audacia aventurera, que también es una fuerza, y si el otro tenía con su instinto la fortaleza de la garra dominadora, él podía prestar con su inteligencia el ímpetu del vuelo que levanta y dilata la potencia de la garra[5].

Gallegos entonces nos narra la vida de Rosalira, sus amores y procederes. Se trata del típico hombre hecho a sí mismo, temido por los demás, pero también admirado. Rosalira es un sujeto que representa el mundo salvaje, donde las cosas se consiguen por la fuerza y la determinación de un espíritu indomable. Este particular universo, está descrito por Gallegos en un ejercicio literario de gran virtuosismo. El autor dibuja con precisión fotográfica el ambiente de la montaña: Para Rosalira la patria era su montaña y el patriotismo no dejar pasar el ferrocarril[6]

Gallegos describe al detalle los rasgos de su personaje, tanto físicos como de carácter:

Decíase de él que tenía un exterior atractivo, y que por las buenas era una excelente persona, afable en su trato, comedido con los extraños, generoso con los suyos y hasta noble y leal: y aún bien que por lo que se daba a entender tales lealtad e hidalguía no le obligaban a mucho y sólo consistían en no haber herido nunca a mansalva, ni cometido traición o alevosía, ni en el débil haberse ensañado, a ellas debía el gran ascendiente que tenía sobre los montañeses. Además, era gran derrochador, servicial, obsequioso y tan amigo de tener la casa llena de los suyos en fiesta, como de acudir donde las ajenas con su socorro cuando fuera menester. Todas las que, con otras cualidades suyas, le hacían tan popular que no había persona de las que le trataran que no le fuera afecta, no siendo parte a disminuirle el que le tenían sus adictos, ni la autoridad que sobre ellos ejercía, ni el vasallaje a que los obligaba. Disfrutaba, así mismo, del favor de las mujeres, aunque era cosa sabida que no las trataba blandamente así que le pertenecían, ni les era fiel por mucho tiempo; mas, como era insinuante, buen mentidor y amigo de enamorarlas y adquirirías por modos extraordinarios, casi siempre novelescos, nunca hubo una a quien requiriera inútilmente.

Su última aventura galante tuvo gran resonancia. Era ella de una de las más acomodadas y campanudas familias de un pueblo de los que había a las faldas de un monte, y enamorose de él con tanta vehemencia que no valieron razones, ni ruegos, ni amenazas de los suyos, y así, cuando El Baquiano quiso tomarse lo que no querían darle buenamente, encontró la voluntad de la muchacha tan rendida a la suya, que a poco de proponérselo ya estaba ella con él, camino de la montaña[7].

El autor también nos hace una semblanza del carácter letrado de un porcentaje de la población venezolana – a partir de Avilita-  y del retraso que pesa sobre la periferia, la montaña, a través de Rosalira.

Y nos descubre el recelo y suspicacias hacia la figura del extranjero, simbolizada por el Ferrocarril. Representa la amenaza extranjera, el símbolo del explotador, que tanto fue denunciado en su momento por escritores que le precedieron, como el cubano José Martí y el venezolano Manuel Díaz Rodríguez[8].

Esta afirmación puede apreciarse a través del siguiente extracto:

Dijéronle que eran ingenieros de una compañía extranjera que hacían el trazo de un ferrocarril que pronto atravesaría la montaña, con lo que Matías se enfureció tanto que por poco abofetea al que tal le dijo, pero no se quedó sin jurarles que no llevarían a cabo su empresa (…) Entretanto, de la ciudad venían noticias alarmantes: el ferrocarril adelantaba, los trabajos iban ya entrando a la montaña. Y entraron por fin. Fue una invasión inusitada: todo el día estuvieron llegando escuadrillas de peones y se diseminaban por las laderas, a lo largo del trazo, y comenzaron a plantar campamentos. Después empezaron los trabajos: centenares de picos rompían la tierra, los petardos explotaban a cada rato despedazando los macizos roqueños; talaban las selvas, en los barrancos comenzaban a levantarse parapetos audaces, por las laderas bajaban continuamente aludes devastadores, con un clamor como de aplausos formidables que subía hasta las cumbres. En las noches, en los campamentos había algazara y guitarras, hasta que Matías empezó a cumplir lo que había prometido, y ya no los hubo más sino expectación y silencio, porque desde entonces no hubo noche sin asalto. Todo el día se lo pasaba El Baquiano, viendo los trabajos desde su alto riscal, maquinando planes para la noche, y cuando ésta cerraba, él bajaba con su montonera a atacar los campamentos, o a destruir las obras, muchas veces con los mismos petardos de los que las construían. Después, ya no esperaba la noche, sino que los atacaba en pleno día, con lo que se pasaba la mayor parte de éste en expectación y refriega, y el trabajo no adelantaba, y a poco se suspendió por falta de braceros. Matías parecía salirse con la suya. La Compañía envió comisionados a ofrecerle acciones de la empresa para que la dejara en paz, pero él no las aceptó; llegaron a ofrecerle una suma considerable y la rechazó también. Lo que quería no era dinero, con lo que le daba la montaña tenía de sobra; su punto era no dejar pasar el ferrocarril, porque era cosa de extranjeros, y él los odiaba cordialmente. Recurrieron estos a otros arbitrios, y el gobierno mandó gente armada para proteger las obras. Recomenzaron éstas y con ellas el estado de guerra en la montaña. Matías Rosalira fue declarado faccioso. (…) porque eso del ferrocarril es contra las leyes; todos los pueblos de la montaña se arruinarán, y se morirán de hambre los pobres que no viven sino de sus cargas (…) ¡Abajo el ferrocarril! ¡Muera el Gobierno! ¡¡Mueran los musiúes!! -gritaron entonces los amotinados, y con gran tumulto salieron al camino…[9]

Otro rasgo resaltante en este cuento, es la forma como Gallegos diferencia el hablar civilizado del salvaje. Mientras Ávila se expresa en un castellano libre de muletillas y errores gramaticales, el caudillo muestra su falta de escolaridad en la rudeza de su hablar.

A continuación, transcribimos un diálogo entre ambos personajes, que evidencia la técnica que emplea el autor para mimetizar la dialéctica civilización – barbarie:

-Debe ser muy agradable vivir en estos lugares altos.

-Según y conforme. Todo está en el acomodo de uno; pa usté, en comparación, no sería muy propio, acostumbrao a las comodidades de la ciudad.

-Tal vez…

-¡Eso sí! Pa la salú le sirve hasta más útil que la ciudad; aquí tiene uno el pulso y la juerza que estorba. Yo, le soy franco, el día que tuviera que irme de la montaña, me moriría de rabia, como el querrequerre enjaulao.

-Depende de la manera cómo salga usted de ella.

-Ahora parece que me quieren sacá por la juerza. Pero, ¡caray! como que no les va a sé muy fácil. Usté perdone la interjección, pero es que cuando me acuerdo… Mire, es que me dan ganas de… de estrangularlos a todos… Usté sabe… los de abajo, los musiúes esos.

-Los del ferrocarril. Sí.

-Je, je… Esta risa no es ni mía[10].

La prosa modernista, de la que Díaz Rodríguez fue su gran exponente, es también característica de Gallegos, notable en Los aventureros.  

La presencia de esa estética literaria, en sus vertientes artística y criollista (naturalista – realista), está presente a lo largo del cuento, y podemos apreciarla en el siguiente extracto, donde resalta el cuidado estilístico de la palabra, aunado a la cruda realidad que describe a lo largo de la obra:

Avilita, al azar cogió hacia la derecha; caminaba sobre el filo de la montaña por un terreno de rocas entre las que crecían frailejones y helechos, tan pulidas como si el suave  y perenne rodar de las nieblas las hubiera aromado. De allí a poco, desvaneciéronse las brumas, apareciendo primero el mar, a lo lejos, desmesurado y azul, y luego el macizo de montañas: las hondonadas vertiginosas, los cangilones donde se apretujaban almácigos de selvas vírgenes, los caseríos esparcidos por las laderas, los plantíos surcados de valladares de piedras, y luego, por encima de la cresta ríspida, hasta donde alcanzaba la vista, la formidable cordillera que se metía, tierra adentro, en una sucesión de cumbres y de azules, hasta el más desvaído sobre la más remota; y la llanura urente, al fin, como un celaje[11].

En definitiva, tenemos que Los aventureros es una obra que retrata la realidad sociológica, económica y política de la Venezuela de principios de siglo XX. 

A través de la descripción de sus personajes, sus condiciones de vida y formas de hablar, su pensamiento, el ambiente recreado, el asomo de una amenaza venida de afuera (el extranjero), y las luchas montoneras; son indicativos de una Venezuela retrasada, con una fractura visible entre dos mundos distantes – civilización y barbarie – que sin embargo se necesitan recíprocamente y terminan fusionándose, con el único fin de alcanzar el poder por el poder mismo, y no como instrumento de construir una nación desarrollada.

Matías a la cabeza y a su lado el doctor Jacinto Ávila, ahora bien montado y convertido en respaldero intelectual del Caudillo, bajaba la horda por los senderos fragosos como un alud que nadie sabía adónde iría a parar, ni cuántos estragos haría, mientras en la noche remisa de las hondonadas los gallos desperezaban sus clarines en dianas triunfales. Sobre los picos enhiestos en la fría claridad, suaves oros de sol; abajo: la madrugada azul; blancura de brumas sobre la llanura y sobre las ciudades hacia donde bajaba la montonera bisoña, ávida de sangre y botín…[12]


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[1] Revista cultural de singular belleza y calidad artística y literaria, que circuló en Caracas a partir del 1° de enero de 1892 y hasta el año 1815.Su director fue Jesús María Herrera Irigoyen y su nombre proviene de una fábrica de cigarrillos que llevó el nombre de “El Cojo” y en cuyas instalaciones Herrera Irigoyen instala un taller tipográfico para imprimir un periódico y luego la magistral revista.Es una revista quincenal, bellamente ilustrada con grabados, dibujos, fotografías, donde participa una generación de hombres de la talla de Urbaneja Achepohl, Pedro César Dominici, Gonzalo Picón Febres, Pedro Emilio Coll, José Gil Fortoul, Manuel Díaz Rodríguez, entre otros.Cuenta además con la colaboración de literatos y académicos extranjeros como José Enrique Rodó, José María Vargas Vila, Ismael Arciniegas, Amado Nervo, Rubén Darío, entre otros.En sus páginas hacen vida distintas tendencias literarias, especialmente el modernismo. Las generaciones de venezolanos que se dan cita en la revista están fuertemente influenciados por las nuevas corrientes como el Positivismo que apuestan por la lucha de la civilización contra la barbarie.El Cojo Ilustrado representa una revista de vanguardia que no escatima esfuerzos para utilizar la imagen y la palabra escrita para llevar a un público no sólo venezolano sino latinoamericano, los últimos avances de la tecnología y el progreso. (Extracto tomado literalmente de: https://bit.ly/2s0lIYR).

[2] Idem. cuento Los aventureros, p. 135-136.

[3] Idem. p.136.

[4] Idem.

[5] Idem. p. 135.

[6] Esta nota biográfica fue extraída del libro que utilizamos como referencia en todo el reporte.

[7] Idem. p.123.

[8] Particularmente en las obras Nuestra América (Martí, 1891) y Sangre Patricia (Díaz, 1902).

[9] Idem. p.128,129,138.

[10] Idem. p.133.

[11] Idem. p.131.

[12] Idem. p.138.

Bibliografía

GALLEGOS, Rómulo. Cuentos completos. Editorial CEC, SA. Primera edición. Junio 2013.

TORO, Maribel. Literatura venezolana II. Escuela de Letras. UCAB. Apuntes JCSA


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