Inés

Contigo nada lucía imposible.

Explorabas misterios, curiosa de lo que se escondía detrás de lo invisible.

Te conocí a los dieciséis y me enamoré para siempre. Amé a la Naturaleza, porque tú te fundías con ella como una flor, la más perfecta.

Tu mirada contenía al universo. ¡Y esa sonrisa! Con ella iluminaste cualquier oscuridad.

Muy jóvenes contrajimos matrimonio. Y demostraste la fuerza espiritual que te hizo una esposa maravillosa. Fiel a toda prueba. En los momentos duros respondiste con amor y sabiduría. No lo tuviste fácil, pero afrontaste los problemas con gracia y fe.

Penetrabas las cuevas de la duda y la disipabas con la certeza que solo tienen las almas antiguas, que han recorrido mundos y nos visitan para marcar caminos.

Madre y ¡qué madre! Nuestros hijos crecieron sabiéndose amados. Jamás les faltó tu presencia. Los colmaste de recuerdos memorables, obsequiándoles la brújula para atravesar los laberintos de la existencia. 

Hija, el orgullo de tus padres. Hermana, la gran aliada.

Amigas, te adoraron. Las conquistaste con bondad, dulzura y lealtad.

Tu talento y vocación para el trabajo fueron ejemplares.  

En causa alguna hiciste silencio, si callar significaba cobardía.

Y entonces te llamó el cielo. Pero primero te sometió a la prueba más dura y brillaste como el sol.

Tiempos enaltecidos por tu valor, dignidad y belleza espiritual.

¡Qué honor fue acompañarte! Así sentí mayor respeto y el más elevado aprecio por el significado de ser humano.

Te hiciste inmortal y respiras en nuestros corazones.

Tu legado nos enseña a ser mejores.     

JC