Ditirambos Dionisíacos

Autor: Friedrich Nietzsche


Traducido por Guillermo T. Schuster y Juan Carlos Prieto Cané

Los libros de Orfeo, Buenos Aires, 1994 / Título original: “Dionisos–Dithyramben, 1888


Prólogo

Los Ditirambos Dionisíacos constituyen el único libro de poesía que deja publicado Nietzsche, ya que tanto los Idilios de Messina como Bromas, ardides y venganza son agregados a La Gaya Ciencia, perdiendo ambos autonomía. Los Ditirambos fueron el último libro que destinó a la imprenta, mientras ya enviaba en su desdoblamiento de los días iniciales de la locura, cartas y mensajes sin sentido firmados como el Crucificado, Dionisio, César.

Los Ditirambos Dionisíacos constituyen el único libro de poesía que deja publicado Nietzsche.

Los Ditirambos fueron el último libro que destinó a la imprenta, mientras ya enviaba en su desdoblamiento de los días iniciales de la locura, cartas y mensajes sin sentido firmados como el Crucificado, Dionisio, César.

Por estos días copiaba afanosamente el manuscrito que había elaborado durante la época de Así hablaba Zaratustra y durante el curso del último otoño pasado en Turín, revisándolo y efectuando correcciones y añadidos a los poemas iniciales.


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Esta obra debe juzgarse a la luz del análisis de su filosofía, su poesía, y el tránsito a la locura que la acompaña, (debida una enfermedad venérea contraída en su juventud). Su conclusión sigue de cerca la de Ecce Homo, obra en la que el interés por problemas objetivos se da en una combinación sobreexcitada de la propia persona, que resulta el compendio visible de tales problemas.


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Giorgio Colli (1) ve un acontecimiento entre lo místico y lo patológico, que se encuentra en la base de este último proceso evolutivo. El proyecto de elaborar una filosofía sistemática se disuelve en Nietzsche imprevistamente, cayendo sin que se vislumbre ninguna turbación mayor.

Ve una saciedad ante los tormentos y la seducción de la razón, la ansiedad por desnudar las raíces del obrar humano extinguida. Nietzsche no se deprime, por el contrario, manifiesta un estado de ligereza, una euforia visible. Aquí se insertaría lo patológico, puesto que un ímpetu visionario presenta la frustración como conquista mediante una trasposición que tiende frenéticamente a rápidas realizaciones literarias.

El aspecto místico de la cuestión, en tanto, es la sustitución casi material de los problemas por la propia persona. Alucinado, Nietzsche se ve a sí mismo como separado de sí. Y así me contaré mi vida se dice al comienzo de Ecce Homo. Colli percibe estancada la lucha filosófica por abrazar un universo de relaciones, el tormento convertido en ligereza, dado que el severo sujeto ha sido suprimido, se ha vuelto un objeto dócil que se deja narrar.

Los Ditirambos son el último producto de esta inversión. Ahora que Nietzsche toma el puesto de todos los objetos es inevitable una efusión lírica en la cual la comunicación no concierne de manera primaria a los estados interiores del poeta sino al “aspecto” que estos adoptan a los ojos del espectador que contemple al personaje Nietzsche–Zaratustra.

Esta separación de lo que está unido, este mirarse al espejo en una suspensión crepuscular, concuerda con la insólita forma lírica de los Ditirambos donde no utiliza el “yo” sino el “tú” e intercala diálogos que dramatizan el contexto lírico, dirigiéndose burlón o comprensivo, con tono admonitorio, exhortativo a Nietzsche–Zaratustra, no Nietzsche mismo, sino una voz que habla a través de él; la voz del dios del que los Ditirambos toman el nombre.

En los Ditirambos la exaltación refluye a veces en actitudes soñadoras, y el tema del fracaso, que en su primera versificación permanecía inadvertido, ha de manifestarse en los tonos melancólicos, en el consumirse de la soledad, en el presagio de un ocaso inminente.

El contenido remite a su filosofía de modo disperso; la base está dada por una serie de anotaciones de estados anímicos: la forma del verso es utilizada con libertad en un marco rítmico que remite al modelo griego, alcanzando un lenguaje único e inconfundible que expresa una visión y un temperamento genialmente personales, donde el coro queda traspuesto y es la voz de Dionisio que habla a lo plural, la que nos habla al hablar a Zaratustra o a Ariadna.

La poesía de Nietzsche se une intrínsecamente a toda su prosa y a su vida, no es autónoma, debe vérsela enmarcada por su obra filosófica.

La poesía de Nietzsche se une intrínsecamente a toda su prosa y a su vida, no es autónoma, debe vérsela enmarcada por su obra filosófica.

Su lírica deriva de la emoción, abarcando al alma humana en su totalidad, comprendiendo un pensamiento inquisitivo, angustiado, absorbido por las polaridades del ideal y la realidad, el dolor y la felicidad, aspirando a una felicidad ideal de la que depende poder penetrar con su entendimiento la razón de ser de la existencia, su misterio que describe como pavoroso, y la muerte.

Nietzsche abreva en la tradición del Romanticismo, pero supera su contenido, su forma y su intensidad.

Nietzsche abreva en la tradición del Romanticismo, pero supera su contenido, su forma y su intensidad.

El contenido filosófico es explícito en él y casi absoluto, la forma más libre, y la intensidad de su emoción expresada en los versos, acaso la cumbre de la expresividad alemana.

El sentimiento se funde a la idea sin abandonar jamás la interrogación frente al secreto de la vida universal, interrogante que absorbe las funciones de su emotividad, expresada en acentos ásperos, irónicos, disolventes, oníricos, en pasajes rítmicos.

Esta expresión restaura la abstracción con una fuga desde la interioridad en los Ditirambos, ya que en ellos el nexo con el pensamiento abstracto está oculto, como oculta está esa verdad ansiada a la que Nietzsche dirige su poesía hecha llama, que Zaratustra enciende, erguida de impaciencia, interrogante y sin respuesta.



Nietzsche rompe con las trabas de la lógica en su lirismo. Su pensamiento, acuciado por un ideal de visión perfecta de la verdad oculta avanza en su, expresión a saltos, con bruscas sacudidas, convulsiones, desmayos y arrobamientos: pensamiento fraccionado, disuelto por la pasión de pensar en rugidos, en carcajadas sarcásticas, en violentas imprecaciones, en un lirismo rumoroso, en los que palpita la visión de una dicha ansiada.

Por momentos Nietzsche quiebra la razón, la reflexividad, aún la construcción gramatical, empleando una doble discursividad merced a la polisemia, que es imposible traducir.

Sin embargo su poesía sigue los cánones del ideal poético, aspirando a que la musicalidad y la emotividad sean llevadas al extremo, pero añadiéndole una carga de contenido hasta entonces inédita, pues aun en los momentos de quiebre de la razón deja en pie el sentido.

En él ya no es el sentimiento, como en los románticos, lo que destruye la razón y la lógica, sino que es el propio pensamiento trocado en pasión el que destruye las formas tradicionales del discurso lógico y gramatical, como correlato de su ataque a las antinomias metafísicas, a las oposiciones de azar, de libertad, de destino.

El nihilismo es visto como el agotamiento progresivo de los significados, donde ya nada vale, donde crece el desierto en una agonía infinita, un interminable crepúsculo, un naufragio.

El nihilismo es visto como el agotamiento progresivo de los significados, donde ya nada vale, donde crece el desierto en una agonía infinita, un interminable crepúsculo, un naufragio.

Nietzsche opone al hombre gregario, uniformizado, que encuentra en ello la felicidad, la imagen opuesta del superhombre, desligado del nihilismo.

El superhombre —que no es Zaratustra, quien es sólo su profetano sería la realización de la esencia del hombre, sino de la esencia de la vida, es la realización de la voluntad de poder realizada en el arte; es el gobierno del artista dado por la transmutación de los valores, que jerarquiza al arte y abole la dominación platónica de la ciencia sobre éste, identificando al instinto de muerte con la ciencia y la identidad individual, y al arte con la ruptura de estos límites.

El superhombre —que no es Zaratustra, quien es sólo su profetano sería la realización de la esencia del hombre, sino de la esencia de la vida, es la realización de la voluntad de poder realizada en el arte

El arte tendría primacía original, el conocimiento siempre sería derivado de una creación artística olvidada. Su búsqueda es la de esa sabiduría dionisíaca de los griegos anteriores a Platón que posibilita la inocencia del devenir, que quiebra los límites de la identidad individual construida por ese saber fúnebre que se opone a la vida.

El arte tendría primacía original, el conocimiento siempre sería derivado de una creación artística olvidada.

Así, elabora la doctrina del eterno retorno para superar el pensamiento de Anaximandro —en el origen mismo de la filosofía griega según el cual el devenir es culpable y la muerte de los seres es el castigo por la culpa de haber nacido.

Para Nietzsche la voluntad debe desprenderse de la voluntad del “no” para convertirse en pura voluntad del “sí” afirmando el tiempo mismo, el pasado transcurrido en cuanto paso, para ser paso continuo, paso siempre presente, eterno retorno.

Para Nietzsche la voluntad debe desprenderse de la voluntad del “no” para convertirse en pura voluntad del “sí” afirmando el tiempo mismo, el pasado transcurrido en cuanto paso, para ser paso continuo, paso siempre presente, eterno retorno.

Habría una conversión de la voluntad que querría el retorno de lo mismo, el deseo de volver a vivir nuevamente de modo idéntico lo vivido. Este pensamiento sólo podría ser soportado por los fuertes, y estaría sostenido por la alegría, que podría querer el mismo dolor, la muerte como parte de la vinculación eterna, su teoría del eterno retorno como “ser realizado’’ y la voluntad de poder como “ser más’’ encuentra el querer que ama la necesidad, el vínculo que une, descartando la contradicción entre determinismo, libertad y contingencia para un querer que es amor a la necesidad hasta el punto de constituir su propia necesidad. Y aquí, por supuesto no habla de necesidad de la naturaleza o mecanicista, sino de este nuevo concepto que engloba los contrarios lógicos: el azar y la ley, el caos y la forma.



Para Michel Haar (2) el pensamiento del retorno al borrar las diferencias en que se fundan el lenguaje y la historia nos brinda una suprema aporía que permite una visión distinta, mas sugestiva que la brindada por Colli sobre el tránsito de Nietzsche a la locura, pues si la afirmación del eterno retorno a lo idéntico destruye todas las identidades parciales, en particular la del yo opuesto a la identidad del mundo, y Nietzsche en su locura afirma “en el fondo yo soy todos los hombres de la historia”, tendríamos que todas las identidades, incluida la del yo y la del nombre propio, se reducen a una máscara intercambiable vinculada al juego universal, al infinito deslizamiento de las máscaras.

Aquí habría una abolición de la antítesis, que lo reduce al silencio, dado que el lenguaje sirve para que el yo se procure un centro ficticio, una identidad arbitraria. Así, Nietzsche al ver coincidir su yo con la totalidad de la historia, se priva de la palabra y de la escritura. Dionisio es su última identidad, y como él su yo se desperdiga.

Juan Carlos Prieto Cané


(1) Introducción a Nietzsche. Giorgio Colli, Ed. Folios, México. 1983. (2) Nietzsche. Michel Haar, en “La filosofía en el siglo XIX”, tomo 8 de la Historia de la Filosofía de Ed. Siglo XXI, México, 1979.


Dionysos–Dithyramben Ditirambos Dionisíacos (1888)

Versión: Guillermo Teodoro Schuster y Juan Carlos Prieto Cañé

¡Solamente loco! ¡Solamente poeta!

Con el desvanecerse de la luz, cuando ya el consuelo del rocío se filtra en la tierra, invisible, inaudible —pues delicado calzado lleva el consolador rocío, como todo dulce consuelo— entonces recuerdas, tú recuerdas, ardiente corazón cuan sediento estuviste de lágrimas celestes y gotas de rocío, abrasado, cansado, sediento, mientras en sendas de amarilla greda miradas malignas del sol crepuscular a través de la negra arboladura en torno a ti corrían, deslumbrantes, maliciosas, abrasadoras miradas del sol.

«¿Tú el pretendiente de la verdad?» —así se burlaban—. «¡No! ¡Sólo un poeta! un animal astuto, saqueador, rastrero, que ha de mentir, que premeditadamente, intencionadamente ha de mentir, multicolor enmascarado, máscara para sí mismo, presa de sí mismo, ¿es eso el pretendiente de la verdad?…

¡Solamente loco! ¡Solamente poeta! solamente un multicolor hablar, hablar polícromo de enmascarado bufón, que trepa por mendaces puentes de palabras, sobre un arcoiris de mentiras entre falsos cielos deslizándose y divagando. ¡Solamente loco! ¡Solamente poeta!…

¡Solamente loco! ¡Solamente poeta! solamente un multicolor hablar, hablar polícromo de enmascarado bufón, que trepa por mendaces puentes de palabras…

¿Es eso el pretendiente de la verdad?… No inmóvil, rígido, liso, frío, trocado en estatua, pilar de dios; no erigido ante templos, atalaya de dios; ¡no! Hostil eres a tales ejemplos de virtud, más recogido te hallas en el desierto que en los templos, audaz como los gatos saltas por todas las ventanas ¡husch! y en toda oportunidad, husmeas toda selva virgen, tú que por selvas vírgenes entre fieras de polícromos pelajes pecadoramente sano y bello y multicolor corrías, con lascivos belfos, feliz con el escarnio, feliz en el infierno, feliz y sanguinario furtivo, ladrón, mentiroso corrías…

O semejante al águila que fija su mirada largamente en los abismos, en sus abismos… —¡oh, girar como ella hacia abajo, hacia el fondo, hacia adentro, hacia profundidades más profundas cada vez!

— Entonces, súbitamente, en vuelo vertical, trazo precipitado, caer sobre corderos, hacia abajo, voraz, ávido de corderos, odiando toda alma de cordero, odiando furiosamente todo lo que parezca virtuoso, borreguil, de lana rizada, necio, con leche de oveja satisfecho…

Así, aguileños, leopardinos, son los anhelos del poeta, son tus anhelos entre miles de máscaras, ¡tú, loco!, ¡tú, poeta!…


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Tú que consideras al hombre tanto dios como oveja—, desgarrar al dios en el hombre como a la oveja en el hombre y desgarrando reír— ¡ésa, ésa es tu felicidad! ¡felicidad de leopardo y águila, felicidad de loco y de poeta!»…

Así, aguileños, leopardinos, son los anhelos del poeta, son tus anhelos entre miles de máscaras, ¡tú, loco!, ¡tú, poeta!…

Tú que consideras al hombre tanto dios como oveja—, desgarrar al dios en el hombre como a la oveja en el hombre y desgarrando reír— ¡ésa, ésa es tu felicidad! ¡felicidad de leopardo y águila, felicidad de loco y de poeta!»…

Con el desvanecerse de la luz, mientras la hoz de la luna se desliza verde y envidiosa entre rojos purpúreos, —hostil al día, segando a cada paso las guirnaldas de rosas con sigilo, hasta que se hunden, pálidas, en el seno nocturno: así caí yo mismo alguna vez desde mi desvarío de verdad, desde mis días afanosos, del día cansado, enfermo de luz, —caí hacia abajo, hacia la noche, hacia las sombras, abrasado y sediento de una verdad. ¿Recuerdas aún, recuerdas tú, ardiente corazón cuan sediento estuviste?—¡sea yo desterrado de toda verdad! ¡Solamente loco! ¡Solamente poeta!…

¿Recuerdas aún, recuerdas tú, ardiente corazón cuan sediento estuviste?—¡sea yo desterrado de toda verdad! ¡Solamente loco! ¡Solamente poeta!…


Crece el desierto: ¡ay de quien desiertos alberga! ¡Ah! ¡Solemne! ¡Un digno comienzo! ¡Africanamente solemne! digno de un león o de un moral mono aullador… —pero inconveniente para vosotras, amadísimas amigas, a cuyos pies yo, un europeo, bajo las palmeras, tengo el placer de sentarme.

Así. ¡Asombrosamente cierto! Heme aquí sentado, al desierto cercano y a un tiempo lejos del desierto, en absoluto desértico todavía, pues tragado por este pequeño oasis —acaba de abrir en un bostezo su adorable boca, la más fragante de todas las boquitas: caí dentro entonces, hacia abajo, a través —entre vosotras ¡amadísimas amigas! Así. ¡Salve, salve sea aquella ballena si permite a su huésped estar a gusto! —¿comprendéis mi docta alusión?… Salve a su vientre si es que fue un vientre–oasis tan delicioso como éste: lo cual pongo en duda.



Pues vengo de Europa, que es la más neciamente desconfiada de todas las esposas. ¡Quiera Dios mejorarla! Amén. Heme aquí sentado en este mínimo oasis, a un dátil semejante, tostado, almibarado, definitivamente áureo, ávido de una redonda boca de muchacha, ávido aún más de dientes incisivos, gélidos, níveos, cortantes dientes de muchacha: pues de ellos está ansioso el corazón de todo ardiente dátil.

Así. A los llamados frutos del sur similar, demasiado similar, heme aquí cercado de pequeños coleópteros alados que bailan y juegan a mi alrededor análogos aún a sutiles, insensatos, maliciosos deseos y ocurrencias— rodeado por vosotras, colmadas de presentimientos, silenciosas muchachas–gatas Dudú y Suleyka, —esfingeado, quiero llenar de excesivo sentido cada palabra (-¡Dios me perdone este pecado de lenguaje!…) —sentado aquí, aspirando el mejor aire, verdadero aire paradisíaco, aire diáfano, ligero, veteado de oro, un aire así sólo antaño caía de la luna ¿sucedió por azar o por una loca alegría? como narran los viejos poetas. Yo, escéptico, lo pongo en duda, pues vengo de Europa que es la más neciamente desconfiada de todas las esposas.

¡Quiera Dios mejorarla! Amén. Aspirando este aire, el más hermoso, las aletas de la nariz dilatadas como cráteres, sin porvenir, sin recuerdos, así estoy aquí sentado, amadísimas amigas, mirando cómo se inclina la palmera como una bailarina, se dobla, cimbrea y balancea la cadera —termina uno imitándola si la mira mucho… ¿es, como yo imagino, una bailarina que lleva demasiado tiempo y peligra, siempre, siempre apoyada sobre una sola pierna? —¿olvidó, como yo imagino, la otra pierna? Yo, al menos, busqué en vano la extraviada joya gemela —es decir, la otra pierna— en la sagrada cercanía de su tierna, de su adorable faldilla de abanico de vuelo de oropel. Sí, hermosas amigas, si me queréis creer, la ha perdido… ¡Jo, jo, jo, jo, jo!… ¡Desapareció, desapareció eternamente la otra pierna! ¡Lástima, esa otra adorable pierna! ¿Dónde esperará y se afligirá abandonada la pierna solitaria?


¿Atemorizada quizá ante una feroz fiera leonina de rizos rubios? o incluso roída ya, mordisqueada— ¡infeliz! ¡qué dolor! ¡qué dolor! ¡mordisqueada! Así. ¡Oh, no me lloréis, tiernos corazones!

¡No me lloréis corazones de dátil! ¡Senos de leche! ¡Taleguitas de corazón de palo dulce! ¡Sé como un hombre, Suleyka! ¡Valor, valor! ¡No llores más, pálida Dudú!

—¿O acaso debería haberme decidido por algo más fuerte? ¿Un fortalecedor del corazón ? ¿una palabra balsámica? ¿un reconfortante consuelo?…

¡Ah! ¡Arriba, dignidad! ¡Sopla, sopla de nuevo, fuelle de la virtud! ¡Ah! Nuevamente rugir, moralmente rugir, rugir como el león más moral ante las hijas del desierto.

—¡Pues el rugido de la virtud, amadísimas muchachas, es sobre todo ardor europeo, avidez europea! Y heme aquí ya, como europeo, no puedo ser de otra manera. ¡Dios me valga!* ¡Amén!

Crece el desierto: ¡ay de quien desiertos alberga! La piedra cruje junto a la piedra, el desierto serpentea y extermina. La muerte monstruosa mira con ardor pardo y masca —su vida es mascar… No olvides, hombre, el placer extinto: Tú —eres la Piedra— el desierto, eres la muerte…

*Frase inicial de Lutero en su ruptura con la Iglesia Católica.


Última voluntad

Morir así, como un día vi morir al amigo, que con rayos y miradas divinas iluminó mi oscura juventud: —turbulento y profundo, bailarín incluso en la batalla—, el más sereno entre los guerreros, el más grave entre los vencedores, forjando un destino sobre su destino, fuerte, pensativo, ensimismado—: estremeciéndose porque vencía, jubiloso porque al morir vencía—: dando órdenes mientras moría, —órdenes de aniquilar… Morir así, como un día le vi morir: venciendo, aniquilando…


Entre aves de presa

¡Qué veloz engulle el abismo a quien aquí quiere descender! —Pero tú, Zaratustra, ¿amas aún, como el abeto, el precipicio?

Se arraiga el abeto allí donde la roca misma estremeciéndose mira al abismo—, se detiene ante precipicios donde todo en derredor quiere caer: entre la impaciencia de avalanchas, de arroyos despeñados, soporta pacientemente, tenaz y silencioso, solitario…

¡Solitario! ¿Quién se atrevería a ser huésped aquí, a ser tu huésped?…

¡Qué veloz engulle el abismo a quien aquí quiere descender!

Un ave de presa acaso colgaría cómoda, maliciosa, del pelo de quien soporta con firmeza, con locas carcajadas, carcajadas de ave de presa… ¿A qué tanta firmeza? —se burla cruel: cuando se ama el abismo hay que tener alas. no hay que quedar colgado, como tú, ¡ahorcado!—

¡Oh Zaratustra, cruelísimo Nemrod! ¡Hasta hace poco cazador de Dios, red para atrapar toda virtud, flecha del mal!—

Ahora cazado por ti mismo, presa de ti mismo, adentrado en ti mismo…

Ahora— solitario contigo, desdoblado en tu propio saber, entre cien reflejos ante ti mismo falso, entre cien recuerdos inseguro, fatigado por todas las heridas, frío por todas las heladas, ahorcado en tu propio lazo.

Ahora— solitario contigo, desdoblado en tu propio saber, entre cien reflejos ante ti mismo falso, entre cien recuerdos inseguro, fatigado por todas las heridas, frío por todas las heladas, ahorcado en tu propio lazo.

¡Conocedor de ti mismo! ¡Verdugo de ti mismo! ¿Qué has asido con el lazo de tu sabiduría? ¿Qué atrapaste en el paraíso de la antigua serpiente? ¿Qué has introducido en ti mismo, en ti —en ti?…

¡Conocedor de ti mismo! ¡Verdugo de ti mismo! ¿Qué has asido con el lazo de tu sabiduría? ¿Qué atrapaste en el paraíso de la antigua serpiente? ¿Qué has introducido en ti mismo, en ti —en ti?

Ahora enfermo, por el veneno de la serpiente enfermo: ahora, cautivo arrastrando el más mísero destino: en tu propio pozo trabajando encorvado, en tu propia cueva abismado, enterrándote a ti mismo, sin socorro, rígido cadáver—, agobiado por cien lastres, sobrecargado por ti mismo, ¡el que sabe! ¡el conocedor de sí mismo! ¡el sabio Zaratustra!


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Buscabas la más pesada carga: y te encontraste—, no te librarás de ti mismo…

Buscabas la más pesada carga: y te encontraste—, no te librarás de ti mismo…

Acechando acuclillado, ¡quien ya no se mantiene erguido! ¡Y aún crees que me absorberá tu tumba, espíritu deforme!…

¡Y rejuveneces aún tan soberbio, sobre todos los soportes de tu orgullo! ¡Rejuveneces aún, anacoreta sin Dios, bicoreta con el diablo, Príncipe escarlata de toda insolencia!

¡Y rejuveneces aún tan soberbio, sobre todos los soportes de tu orgullo! ¡Rejuveneces aún, anacoreta sin Dios, bicoreta con el diablo, Príncipe escarlata de toda insolencia!

Ahora— entre dos nadas encorvado, signo de interrogación, fatigado acertijo— acertijo para aves de presa… —ellas te van a «adivinar», hambrientas están de tu «adivinanza», en torno a ti, ¡ahorcado!…

¡Oh Zaratustra!… ¡Conocedor de ti mismo!… ¡Verdugo de ti mismo!…

Acechando acuclillado, ¡quien ya no se mantiene erguido! ¡Y aún crees que me absorberá tu tumba, espíritu deforme!…


Signo de fuego

Aquí, donde entre mares surgió la isla como un altar de ofrenda inesperada, aquí, bajo un cielo ennegrecido enciende Zaratustra sus fuegos que se elevan,— señales de fuego para naves perdidas, signos de interrogación para quienes tienen respuesta…

Esta llama de vientre blanquecino —dirige su avidez hacia frías lejanías, alza el cuello hacia más puras alturas— serpiente erguida de impaciencia: este signo he colocado ante mí.

Mi propio espíritu es esta llama: insaciable de nuevos horizontes, asciende, asciende su sereno ardor. ¿Por qué huyó Zaratustra de hombres y animales? ¿Por qué escapó bruscamente de toda tierra firme? Seis soledades conoce ya—, pero incluso el mar no fue para él bastante solitario, la isla le permitió crecer, se tornó en llama sobre la montaña, persiguiendo una séptima soledad arroja anhelante ahora el anzuelo por sobre su cabeza. ¡Naves perdidas! ¡Ruinas de antiguas estrellas! ¡Mares del porvenir! ¡Cielos inexplorados!

Mi propio espíritu es esta llama: insaciable de nuevos horizontes, asciende, asciende su sereno ardor.

A todos los solitarios lanzo ahora el anzuelo: ¡Responded a la impaciencia de la llama, pescad para mí, pescador en las altas montañas, mi séptima, mi última soledad!

A todos los solitarios lanzo ahora el anzuelo: ¡Responded a la impaciencia de la llama, pescad para mí, pescador en las altas montañas, mi séptima, mi última soledad!


El sol declina

¡Pronto cesará tu sed, ardiente corazón! Sofoca el aire, desde bocas desconocidas un soplo me alcanza, —comienza a refrescar…

Mi sol ardía sobre mí a mediodía: ¡Bienvenidos seáis, vientos inesperados, gélidos espíritus del atardecer! La brisa se desliza extraña y pura.

¿No me estará haciendo guiños la noche con su oblicua mirada seductora? ¡Permanece firme, valiente corazón! No preguntes por qué. ¡Día final de mi vida! El sol declina. Ya la superficie del agua está dorada. Cálida respira la roca: ¿durmió sobre ella la dicha su siesta a mediodía?

Entre verdes reflejos aún prueba suerte el oscuro abismo. ¡Día final de mi vida! Ya anochece. Ya brillan tus ojos semicerrados, ya vierten gota a gota lágrimas de tu rocío. ya sobre la blancura de los mares se extiende tu purpúreo amor, tu última felicidad tardía.

¡Ven, áurea serenidad ¡De la muerte misterio, dulce, anticipado goce! —¿Recorrí demasiado presuroso mi senda?

¡Ven, áurea serenidad ¡De la muerte misterio, dulce, anticipado goce! —¿Recorrí demasiado presuroso mi senda?

Justo ahora, que mis pies están cansados me alcanza tu mirada, me alcanza tu felicidad. Sólo olas y juego alrededor, todo lo que fue fatigoso una vez se ha hundido en azul olvido. Ociosa está mi nave. ¡Travesía y borrasca ha olvidado detrás!

Ahogados deseo y esperanza, calmos están el alma y el mar. ¡Séptima soledad! Nunca sentí tan cercana la dulce certeza, tan cálida la mirada del sol. —

Ahogados deseo y esperanza, calmos están el alma y el mar. ¡Séptima soledad! Nunca sentí tan cercana la dulce certeza, tan cálida la mirada del sol. —

¿No resplandece aún el hielo en mi cima? Plateado, leve, un pez ahora desliza mi pequeña barca hacia afuera…


Lamento de Ariadna*

¿Quién me da calor, quién me ama todavía? ¡Dadme manos cálidas! ¡Dadme un anafre para el corazón! Tendida, estremecida, como una tenue mortecina a quien calientan los pies, agitada ¡ay! por fiebres desconocidas, temblando ante afiladas, gélidas flechas de hielo, acosada por ti ¡pensamiento! ¡innombrable! ¡oculto! ¡atroz! ¡cazador tras las nubes! Hundida por tu rayo, ojo sarcástico que me mira en la penumbra. Así yazgo, me encojo, me retuerzo, atormentada por todos los martirios perpetuos, herida por ti, el más cruel cazador, tú desconocido —Dios…


*Nietzsche daba el nombre de Ariadna a Cósima Wagner.


¡Hiere más adentro! ¡hiere una vez más! ¡Desgarra, desgarra este corazón! ¿Qué es este martirio de flechas afiladas como dientes? ¿Qué miras de nuevo sin fatigarte ante el dolor humano, con maliciosos ojos de dios relampagueante? No es matar lo que deseas, sólo martirizar, martirizar.

¡Hiere más adentro! ¡hiere una vez más! ¡Desgarra, desgarra este corazón! ¿Qué es este martirio de flechas afiladas como dientes?

¿Qué miras de nuevo sin fatigarte ante el dolor humano, con maliciosos ojos de dios relampagueante? No es matar lo que deseas, sólo martirizar, martirizar.

¿Para qué me martirizas, malicioso dios desconocido? ¡Ajá! ¿Te acercas reptando en semejante medianoche? ¿Qué deseas? ¡Habla!

¿Para qué me martirizas, malicioso dios desconocido? ¡Ajá! ¿Te acercas reptando en semejante medianoche? ¿Qué deseas? ¡Habla!

Me oprimes, me sofocas, ¡Ay! ¡estás ya demasiado próximo! Me sientes respirar, auscultas mi corazón, ¡tú celoso! mas, celoso de que? ¡fuera, fuera! ¿para qué una escalera? ¿quieres penetrar hasta dentro de mi alma, y hasta mis más íntimos pensamientos ascender?

¡Descarado! ¡Desconocido! ¡Ladrón! ¿qué quieres hurtar? ¿qué quieres oír? ¿qué quieres torturar, torturador, dios–verdugo? ¿O debo yo, semejante a un perro, arrollarme a ti, entregada, extasiada, fuera de mí rogándote amor?

¡Descarado! ¡Desconocido! ¡Ladrón! ¿qué quieres hurtar? ¿qué quieres oír? ¿qué quieres torturar, torturador, dios–verdugo?

¡En vano! Sigue hiriendo, ¡cruelísimo aguijón! No soy un perro —sólo soy tu presa, ¡cruel cazador! tu más orgulloso cautiva, ladrón tras las nubes… ¡Habla por fin! ¡Ocultador del rayo! ¡Desconocido! ¡Habla! ¿Qué quieres de mí —salteador?… ¿Cómo? ¿Un rescate? ¿Qué rescate quieres?

¡En vano! Sigue hiriendo, ¡cruelísimo aguijón! No soy un perro —sólo soy tu presa, ¡cruel cazador! tu más orgulloso cautiva, ladrón tras las nubes…

Exige mucho —eso demanda mi orgullo y habla poco —eso demanda mi otro orgullo. ¡Ajá! ¿A mí me deseas? —¿A mí? ¿A mí —toda? ¿Ajá? ¿Y me martirizas, tú, loco, martirizas mi orgullo?


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Dame amor, ¿quién me da calor? ¿Quién me ama todavía? Da manos cálidas, da un anafre para el corazón, dame, a mí, la más solitaria, hielo, ¡ay!, siete capas de hielo, incluso al enemigo, al enemigo enseña a amar, da, sí date, cruelísimo rival, ¡a mí —a ti!…

¡Huye! Desapareció él entonces, mi único gozo, mi gran enemigo, mi desconocido, mi dios–verdugo… ¡No! ¡Vuelve! ¡Con todos tus martirios! Todas mis lágrimas fluyen en su curso hacia ti y para ti arde la postrer llama de mi corazón. ¡Oh, vuelve, mi dios desconocido, mi tormento! ¡Mi última felicidad!

¡Huye! Desapareció él entonces, mi único gozo, mi gran enemigo, mi desconocido, mi dios–verdugo… ¡No! ¡Vuelve! ¡Con todos tus martirios!

Todas mis lágrimas fluyen en su curso hacia ti y para ti arde la postrer llama de mi corazón. ¡Oh, vuelve, mi dios desconocido, mi tormento! ¡Mi última felicidad!

Un relámpago. Dionisio se hace visible con esmeraldina belleza.

Dionisio: ¡Sé astuta, Ariadna!… Tienes orejas pequeñas, tienes mis orejas: ¡Alberga en ellas una palabra sagaz! ¿No debe uno odiarse primero para luego poderse amar?… Yo soy tu laberinto…

¿No debe uno odiarse primero para luego poderse amar?… Yo soy tu laberinto…


Gloria y eternidad

¿Cuanto tiempo llevas descansando ya sobre tu infortunio? ¡Atiéndeme! Tú incubarás para mí un huevo, un huevo de basilisco, nacido de tu largo lamento.

¿A qué Zaratustra ese sigiloso andar por las montañas? Desconfiado, herido, ensombrecido, paciente aguardaste—, pero de súbito, un rayo, claro, terrorífico, un azote contra el cielo desde el abismo: —las montañas mismas se estremecen en sus entrañas…

Donde odio y rayo fueran uno: una maldición—, sobre los montes sopla ahora Zaratustra su ira, arrastrando nubes de borrasca en su camino.

¡Protéjase quien tenga un cobertor aún! ¡Al lecho, vosotros los débiles! Ya se oyen truenos entre las nubes, ya vibran vigas y muros, ya cruzan el espacio rayos y sulfúricas verdades— Zaratustra maldice…

¡Protéjase quien tenga un cobertor aún! ¡Al lecho, vosotros los débiles! Ya se oyen truenos entre las nubes, ya vibran vigas y muros, ya cruzan el espacio rayos y sulfúricas verdades

Esta moneda, con la que todo el mundo paga —la gloria— yo con guantes la toco, con asco la pisoteo. ¿Quién quiere ser pagado?

Esta moneda, con la que todo el mundo paga —la gloria— yo con guantes la toco, con asco la pisoteo. ¿Quién quiere ser pagado?

¡El venal… quien se vende, y extiende sus gordas manos hacia toda gloria universal de hojalata sonora! —¡Quieres tú comprarlos?

Todos se dejan comprar. Pero ¡oferta muy alto! ¡Haz resonar tu bolsa repleta —de lo contrario se fortalecen, fortaleces su virtud…

¡Son todos tan virtuosos! gloria y virtud riman entre sí. Mientras el mundo exista, pagará la virtuosa verbosidad con glorioso bullicio —el mundo vive de este escándalo…

Ante todos los virtuosos quiero yo ser culpado, ¡que se me impute la mayor culpa! Ante todos los portavoces de la gloria mi codicia se transforma en gusano.

Ante todos los virtuosos quiero yo ser culpado, ¡que se me impute la mayor culpa! Ante todos los portavoces de la gloria mi codicia se transforma en gusano.

Entre veleidades semejantes mi ser es el más abyecto… Esta moneda, con la que todo el mundo paga, —la gloria— yo con guantes la toco, con asco la pisoteo.

Esta moneda, con la que todo el mundo paga, —la gloria— yo con guantes la toco, con asco la pisoteo.

¡Silencio! Ante grandes cosas —¡veo grandeza! Debe uno callar o hablar con grandeza. ¡Habla con grandeza, mi entusiasta sabiduría!

¡Silencio! Ante grandes cosas —¡veo grandeza! Debe uno callar o hablar con grandeza. ¡Habla con grandeza, mi entusiasta sabiduría!

Miro hacia arriba— allí giran océanos de luz: ¡Oh noche, oh sosiego, oh sonoro silencio mortal!… Veo una señal— Desde lejanas lejanías cae lentamente hacia mí una brillante constelación.

¡Supremo astro del ser! ¡Eterno escenario de representaciones! ¿Llegas tú hacia mí? Tu muda belleza que nadie ha contemplado ¿no evade mi mirada?

¡Emblema de la necesidad! ¡Eterno escenario de representaciones!

—Tú bien sabes lo que todos odian, lo que solamente yo amo: ¡que tú eres eterna, que eres necesaria!

Tú bien sabes lo que todos odian, lo que solamente yo amo: ¡que tú eres eterna, que eres necesaria!

Mi amor se enciende perpetuo sólo ante la necesidad. ¡Emblema de la necesidad! ¡Supremo astro del ser! —que ningún deseo alcanza, —que ninguno mancilla, eterno Sí del ser, eternamente soy tu Sí: ¡porque te amo, oh eternidad!—

De la pobreza del más rico

Diez años han pasado, Ni una gota me ha alcanzado, ni un viento húmedo, ni un rocío de amor —tierra sin lluvia… Ruego ahora a mi saber que no sea avaro en esta sequía: que él mismo escancie, gotee rocío, sea él mismo lluvia para el amarillento desierto.

Antaño pedí a las nubes que se ausentaran de mis montañas; antaño dije: «¡más luz, tenebrosas!» Hoy quiero seducirlas para que vuelvan: «¡cread la oscuridad en torno mío con vuestras ubres!» —quiero ordeñaros a vosotras, ¡vacas de las alturas! sabiduría de cálida leche, dulce rocío de amor derramo sobre la tierra.

Antaño pedí a las nubes que se ausentaran de mis montañas; antaño dije: «¡más luz, tenebrosas!» Hoy quiero seducirlas para que vuelvan: «¡cread la oscuridad en torno mío con vuestras ubres!»

¡Lejos, lejos de mí, verdades de torva mirada! No quiero sobre mis montañas ver impacientes verdades amargas. Áurea de risa se acerca hoy la verdad a mí, dulcificada por el sol, por el amor ungida,— sólo una madura verdad puedo arrancar del árbol.

Hoy extiendo la mano hacia el azar seductor, suficientemente astuto para conducirlo y embaucarlo como a un niño. Hoy quiero ser acogedor ante lo inoportuno, ante el destino no quiero ser punzante.

Hoy extiendo la mano hacia el azar seductor, suficientemente astuto para conducirlo y embaucarlo como a un niño. Hoy quiero ser acogedor ante lo inoportuno, ante el destino no quiero ser punzante.

—Zaratustra no es un erizo. Mi espíritu, insaciable, con su lengua todo lo bueno y lo malo ya ha lamido, se ha sumergido en todas las profundidades. Pero siempre, como un corcho, retorna a la superficie, flota como aceite sobre oscuros mares: debido a este espíritu me llaman Afortunado.

¿Quiénes fueron mi padre y mi madre? ¿No fue mi padre el Príncipe Abundante y mi madre la Risa Sosegada? ¿No es fruto de tal unión este acertijo que soy, hostil a la luz, pródigo de toda sabiduría, Zaratustra?



Enfermo hoy de ternura, un viento de rocío está Zaratustra aguardando, sentado aguardando sobre sus montañas en su propio jugo se ha cocido y endulzado, bajo sus cumbres, bajo sus hielos, fatigado y satisfecho, a un creador en su séptimo día semejante.

—¡Silencio! Una verdad se cierne sobre mí como una nube,— con rayos invisibles me alcanza. Por amplias y lentas escalinatas asciende su felicidad hasta mí: ¡ven, ven, verdad amada! —¡Silencio! ¡Es mi verdad!

¡Silencio! Una verdad se cierne sobre mí como una nube,— con rayos invisibles me alcanza. Por amplias y lentas escalinatas asciende su felicidad hasta mí: ¡ven, ven, verdad amada! —¡Silencio! ¡Es mi verdad!

Con ojos despaciosos, con escalofríos aterciopelados me alcanza su mirada, amorosa, malvada, mirada de muchacha… Descubrió el fundamento de mi felicidad, me descubrió —¡ah! ¿qué proyecta? Un dragón purpúreo me acecha desde los abismos de su mirada de doncella.

—¡Silencio! Habla mi verdad: ¡Ay de ti, Zaratustra! Parece que hubieras tragado oro: ¡Todavía te rasgarán el vientre!…

Eres demasiado rico, ¡corruptor de muchos! En demasiados causas envidia, a demasiados arruinas… A mí incluso me arroja sombras tu luz—, tiemblo de frío; ¡vete, opulento! ¡Vete, Zaratustra, vete de tu sol!..

Eres demasiado rico, ¡corruptor de muchos! En demasiados causas envidia, a demasiados arruinas… A mí incluso me arroja sombras tu luz—, tiemblo de frío; ¡vete, opulento! ¡Vete, Zaratustra, vete de tu sol!..

Quisieras obsequiar, obsequiar tu exceso, ¡pero tú eres lo más excesivo! ¡Sé hábil, opulento! ¡Comienza por regalarte a ti mismo, oh Zaratustra! Diez años han pasado. ¿Y no te alcanzó gota alguna? ¿ningún húmedo viento? ¿ningún rocío de amor? ¿Pero quién habría de amarte a ti, ubérrimo?

Tu felicidad causa sequía alrededor, hace pobre de amor —tierra sin lluvia… Nadie te agradece ya.

Tu felicidad causa sequía alrededor, hace pobre de amor —tierra sin lluvia… Nadie te agradece ya.

Pero tú agradeces a todo aquel que toma algo de ti: en eso te reconozco, ubérrimo, ¡el más pobre de todos los ricos! Te ofrendas en sacrificio, te tortura tu riqueza, te entregas, no te proteges, no te amas: la vasta angustia te obliga en todo tiempo, la angustia de un granero desbordante, de un corazón [desbordante que ya nadie te agradece.

Has de volverte más pobre, ¡sabio imprudente! si quieres ser amado. Sólo se ama a los que sufren, sólo se da amor a los hambrientos, ¡comienza por regalarte a ti mismo, oh Zaratustra! —Yo soy tu verdad…

Has de volverte más pobre, ¡sabio imprudente! si quieres ser amado. Sólo se ama a los que sufren, sólo se da amor a los hambrientos, ¡comienza por regalarte a ti mismo, oh Zaratustra!


Otros Poemas

A la melancolía

No te enfades conmigo, melancolía, porque aguce la pluma en tu alabanza, y alabándote, incline la frente pensativa, sentado sobre un tronco como un anacoreta.

No te enfades conmigo, melancolía, porque aguce la pluma en tu alabanza, y alabándote, incline la frente pensativa, sentado sobre un tronco como un anacoreta.

Así me contemplaste ayer, como otras muchas veces, bajo los rayos del cálido sol de la mañana: Ávido el buitre graznaba en el valle, soñándome muerta carroña sobre la madera yerta.

¡Te equivocaste, pájaro devastador, aunque casi momificado descansara en mi leño! No viste mi mirada placentera pasear en derredor orgullosa, ufana; y que cuando insidiosa no mira a tus alturas, imposible para las nubes más lejanas, se hunde en lo más profundo de sí misma para iluminar del ser el radiante abismo.

Muchas veces sentado en soledad profunda, encorvado, cual bárbaro oferente, pensaba en ti, melancolía, ¡Penitente pese a mis jóvenes años! Sentado así, me complacía el vuelo del buitre, el rodar tronante del alud, y tú, inepta quimera de los hombres, me hablabas con verdad, mas con aterradora y severa faz.

Muchas veces sentado en soledad profunda, encorvado, cual bárbaro oferente, pensaba en ti, melancolía

Acerba diosa de la naturaleza abrupta, amiga mía, te complaces en manifestarte en torno a mí, y enseñarme amenazante el rastro del buitre y el goce del alud que me aniquila.

En derredor respira rechinando los dientes la apetencia de muerte: ¡angustiante avidez que amenaza la vida! Seductora sobre la inmóvil estructura de la roca la flor suspira por las mariposas.

Todo esto soy —me estremezco al sentirlo— mariposa seducida, flor solitaria, buitre, torrente de hielo repentino, rugido de la tormenta -todo para alabarte, diosa feroz, ante quien postrado inclino la cabeza, mientras suspirando entono gimiente un himno de alabanza, sólo para elogiarte, ¡que por respuestas de vida, vida, vida suspiro!

No te enfades conmigo, divinidad malvada, porque con rimas dulcemente te adorne. ¡Estremeces a aquel a quien acercas tu tremenda faz! ¡Conmueves a quien alcanzas con tu diestra impía!

Y yo aquí temblando balbuceo canto tras canto, y me estremezco en rítmicas figuras: fluye la tinta, salpica la pluma aguda, ¡oh diosa, diosa, déjame — déjame que me rija!


Al mistral

Viento mistral, cazador de nubes, segador de penas, despejador del cielo, rumoroso ¡cómo te amo! ¿No somos tú y yo de un mismo regazo primogénitos, a un mismo destino perpetuamente abocados?

Por resbaladizos caminos rocosos corro danzando hacia ti, danzando, mientras tú silbas y cantas: Tú, que sin barca ni remo, como el más libre hermano de la libertad saltas sobre mares encrespados.

Apenas despierto oí tu llamada, me lancé a los acantilados, al amarillo muro junto al mar. ¡Salve! Ya llegabas tú, cual clara diamantina catarata, victorioso desde las montañas.



Por llanuras celestes vi correr a tus corceles, vi el carro que conduces, vi tu mano estremecerse cuando descargabas el látigo como un rayo sobre el lomo de los potros.

Te vi saltar del carro, y aún más veloz descender, como un dardo te vi vertical tocar el fondo,— como un rayo de oro a través de las rosas al despuntar la aurora. Baila sobre mil espaldas, crestas de olas, ardides de olas— ¡Salve quien nuevas danzas invente!

Bailemos de mil maneras, ¡libre —sea llamado nuestro arte, gaya —nuestra ciencia! ¡Tomemos un capullo de cada flor para nuestra gloria y dos hojas más para la corona!

Bailemos de mil maneras, ¡libre —sea llamado nuestro arte, gaya —nuestra ciencia! ¡Tomemos un capullo de cada flor para nuestra gloria y dos hojas más para la corona!

Dancemos como trovadores entre rameras y santos, ¡entre el mundo y Dios, la danza! Quien con los vientos no baile, quien por lazos esté atado, rengo, senil o lisiado, hipócrita, farsante, necio de honra, ganso virtuoso, ¡huya de nuestro paraíso! Arrojemos el polvo del camino en las narices de todos los enfermos, ¡espantemos sus crías enfermas!

Dancemos como trovadores entre rameras y santos, ¡entre el mundo y Dios, la danza!

Quien con los vientos no baile, quien por lazos esté atado, rengo, senil o lisiado, hipócrita, farsante, necio de honra, ganso virtuoso, ¡huya de nuestro paraíso!

¡Despejemos toda la costa del aliento de pechos estériles y miradas sin coraje!

¡Despejemos toda la costa del aliento de pechos estériles y miradas sin coraje!

Combatamos a los turbadores del cielo, oscurecedores del orbe, formadores de nubes, ¡iluminemos el reino de los cielos! Rujamos…

Combatamos a los turbadores del cielo, oscurecedores del orbe, formadores de nubes, ¡iluminemos el reino de los cielos! Rujamos…

Oh el más libre espíritu de todos los espíritus, a dúo contigo ruge mi dicha como la tormenta.

Oh el más libre espíritu de todos los espíritus, a dúo contigo ruge mi dicha como la tormenta.

—Y eternamente en recuerdo de esta dicha, conserva su legado, eleva contigo la corona. ¡Lánzala alto, más allá, más lejos, asciende por la escala celeste, y cuélgala de las estrellas!


Hacia nuevos mares

Allí quiero ir; aún confío en mi aptitud y en mi comando. El mar se extiende abierto; por el azul navega plácida mi barca genovesa. Todo resplandece nuevo y renovado, el mediodía dormita en el espacio y en el tiempo. Sólo tu ojo —exorbitante me contempla ¡Eternidad!


Declaración de amor (que provocó la caída del poeta en una fosa)

¡Oh maravilla! ¿Vuela aún? Se eleva y están quietas sus alas? ¿Qué le impulsa y le transporta? ¿Cuál es tu meta, qué le guía, ¿qué le frena? Como las estrellas y la eternidad habita alturas de las que huye la vida, compasivo incluso con la envidia— ¡Alto asciende quien contempla su vuelo suspendido! ¡Oh pájaro Albatros! Me incitas con perpetuo impulso hacia lo alto. Pensé en ti: y una lágrima entre lágrimas vertí, —¡Sí, te amo!


Mi dicha

¡Nuevamente las palomas de San Marcos! Queda está la plaza, reposa la mañana. En un dulce frescor despreocupado, lanzo mis cantos como palomas que vuelan hacia el cielo azulado y luego las atraigo, para colgar una rima más en su plumaje.

¡Oh mi dicha, mi dicha! Serena techumbre celestial, de azulada luz, de seda, cómo te extiendes amparando la construcción multicolor que yo —¿qué digo?— amo, temo, envidio…

¡En verdad, con gusto libaría su alma! —¿Se la devolvería alguna vez?¡No, tranquilízate, maravilla de los ojos!

¡Oh mi dicha, mi dicha! Rígida torre, ¡con qué leonino impulso te elevas aquí, vencedora sin esfuerzo!

¡Oh mi dicha, mi dicha! Rígida torre, ¡con qué leonino impulso te elevas aquí, vencedora sin esfuerzo!

La plaza llenas con el profundo son de tus campanas-: ¿Es acaso francés tu accent aigu? Si como tú, aquí permaneciera, sabría por qué sedoso imperativo…

¡Oh mi dicha, mi dicha! ¡Vete, música, vete! ¡Deja que las sombras se espesen y crezcan hasta ser bruñida y tibia noche!

Es demasiado pronto para tu son, aún no brillan los ornamentos de oro con la magnificencia de las rosas, resta mucho día aún, para hacer versos, deambular y musitar a solas ¡Oh mi dicha, mi dicha!


Sils María*

Aquí estuve sentado, esperando, esperando, —sin embar[go… nada, más allá del bien y del mal, gozando a veces la claridad, a veces las sombras, todo juego, todo mar, todo mediodía, todo tiempo sin meta. ¡Y de pronto, amiga! de uno se hizo dos— —Y Zaratustra pasó a mi lado…


CHOCOLATES

$2.00


*Durante el verano de 1881 en Sils María. Nietzsche recibe la revelación, la experiencia en un instante, la certeza del eterno retorno; también surge a su lado su doble: Zaratustra. Esta experiencia es narrada y poetizada por él. (N. del T.)


¡Hombre! ¡Presta atención! ¡Hombre! ¡Presta atención! ¿Qué dice la profunda medianoche1? «Yo dormía, dormía— De un profundo sueño desperté:— El mundo es profundo, recordado aún más profundo que el día.

Profundo es su dolor—, el gozo–más profundo aún que la angustia. Dice el dolor: ¡pasa! Mas todo gozo quiere eternidad, —¡quiere profunda, profunda eternidad!»

Profundo es su dolor—, el gozo–más profundo aún que la angustia. Dice el dolor: ¡pasa! Mas todo gozo quiere eternidad, —¡quiere profunda, profunda eternidad!»

Solitario Graznan las cornejas y en vuelo vibrante van a la ciudad; pronto nevará. ¡Feliz aquel que aún tiene patria! Ahora estás inmóvil y miras hacia atrás ¡cuánto tiempo ha pasado!

¿Por qué, loco, al llegar el invierno has huido por el mundo?

El mundo: una puerta fría y muda, a mil desiertos abierta. Quien ya perdió lo que tú perdiste, no encuentra más sosiego. Ahora estás pálido, condenado a una peregrinación de invierno, semejante al humo, que con continuo afán asciende a cielos más gélidos.

El mundo: una puerta fría y muda, a mil desiertos abierta. Quien ya perdió lo que tú perdiste, no encuentra más sosiego.

¡Vuela, pájaro, grazna tu canción en tono de pájaro desértico! ¡Oculta, loco, tu sangrante corazón en hielo y en desprecio!

¡Vuela, pájaro, grazna tu canción en tono de pájaro desértico! ¡Oculta, loco, tu sangrante corazón en hielo y en desprecio!

Graznan las cornejas y en vuelo vibrante van a la ciudad: —pronto nevará. ¡Infeliz aquel que carece de patria!

Graznan las cornejas y en vuelo vibrante van a la ciudad: —pronto nevará. ¡Infeliz aquel que carece de patria!

¡Esas almas confusas! A esas almas confusas las odio a muerte; todo honor que tributan es un suplicio, sus alabanzas causan pudor. Porque no atravieso los tiempos llevado del ronzal por ellas, dulce y atormentado, el veneno de la envidia me saluda en su mirada. ¡Que me injurien con valor dándome vuelta la espalda! Esos ojos extraviados, implorantes, se engañarán siempre al mirarme.

¡Esas almas confusas! A esas almas confusas las odio a muerte; todo honor que tributan es un suplicio, sus alabanzas causan pudor.

¡Que me injurien con valor dándome vuelta la espalda! Esos ojos extraviados, implorantes, se engañarán siempre al mirarme.

Goethe

Lo imperecedero es mero símbolo; el insidioso Dios deviene poeta. La rueda del Universo da vueltas completas; el odio la llama miseria, el loco dice que es un juego; el juego del mundo caprichoso mezcla el ser con la apariencia. ¡La eterna locura nos mezcla con ella!


La gaya ciencia

Esto no es un libro: ¡qué encierran los libros, esos féretros y sudarios! El pasado es un libro apresado: pero aquí vive un eterno Presente. Esto no es un libro: ¡qué encierran los libros! ¡qué encierran féretros y sudarios! Esto es una voluntad, una promesa, esto es un postrer puente quebrado, esto es un viento marino, un levar anclas, un zumbar de engranajes, un gobernar el timón; ¡brama el cañón, humea blanco su fuego, ríe el mar, la inmensidad!


El solitario

Aborrezco tanto el seguir como el guiar. ¿Obedecer? ¡No! ¿Mandar? ¡Jamás! Quien no es terrible para sí, no inspira terror a nadie, y sólo quien causa terror puede dirigir a los demás.

¡Yo, hasta el dirigirme a mí mismo aborrezco! Semejante a los animales del bosque y del mar, me agrada ensimismarme, acurrucarme a soñar en encantadores desiertos, recordarme a mí mismo lejano, seducirme a mí mismo, hacia mí mismo caminar.

Aborrezco tanto el seguir como el guiar. ¿Obedecer? ¡No! ¿Mandar? ¡Jamás! Quien no es terrible para sí, no inspira terror a nadie, y sólo quien causa terror puede dirigir a los demás.


Entre amigos (Un epílogo)

Hermoso es compartir el silencio, más hermoso es compartir la risa— sobre el musgo, a la sombra del haya tumbado, bajo un cielo de seda reír amenamente entre amigos dejando ver los dientes blanquecinos.

Hermoso es compartir el silencio, más hermoso es compartir la risa— sobre el musgo, a la sombra del haya tumbado, bajo un cielo de seda reír amenamente entre amigos dejando ver los dientes blanquecinos.

Si lo hice bien, callemos, si lo hice mal, riamos, y hagámoslo siempre peor, hagámoslo peor, y maliciosos riamos hasta ascender a nuestra sepultura. ¡Amigos! ¡Sí! ¿Así ha de ocurrir? Hasta la vista. ¡Amén!

¡Ni excusas, ni perdón! ¡Envidiad alegres, entrañablemente libres, el tono, el corazón y la hospitalidad de este libro tan insensato! Creedme amigos, ¡no para ser blasfema me fue dada mi imprudencia! Lo que yo descubro, lo que yo busco, ¿estaba ya en algún libro? ¡Honrad en mí la secta de los locos! ¡Aprended de este libro enloquecido cómo la razón — entra en razón! Así amigos, ¿ha de suceder? Hasta la vista. ¡Amén!






CHOCOLATES

$2.00




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