Por el camino de Swann: El Tiempo

En Marcel Proust el tiempo fluye en un espacio sin asidero. En Du côté de chez Swann observamos cómo el texto se desarrolla entre el sueño y la vigilia. El YO NARRATIVO se erige como el protagonista. En la primera parte de la obra, el YO NARRATIVO es el protagonista, y nos lleva al pasado a partir de los caminos recorridos: el beso de la madre. No hay una linealidad en la evocación.



La habitación se convierte en el locus del texto, donde se delimitan los recuerdos: evocaciones, memoria y una ruptura total a nivel temporal. Nos encontramos exclusivamente en el recuerdo del personaje, las habitaciones dónde él ha dormido: casa del abuelo, hoteles de verano, casa militar durante los inviernos, París y Venecia. El espacio pierde sus dimensiones reales y se transforma en un espacio onírico, el mundo del sueño, y así el Yo Interno se vuelve polifónico para proporcionar una visión totalizadora de la obra:


Mais j′avais revu tantôt l′une, tantôt l′autre, des chambres que j′avais habitées dans ma vie, et je finissais par me les rappeler toutes dans les longues rêveries qui suivaient mon réveil; chambres d′hiver où quand on est couché, on se blottit la tête dans un nid qu′on se tresse avec les choses les plus disparates: un coin de l′oreiller, le haut des couvertures, un bout de châle, le bord du lit, et un numéro des Débats roses, qu′on finit par cimenter ensemble selon la technique des oiseaux en s′y appuyant indéfiniment; où, par un temps glacial le plaisir qu′on goûte est de se sentir séparé du dehors (comme l′hirondelle de mer qui a son nid au fond d′un souterrain dans la chaleur de la terre), et où, le feu étant entretenu toute la nuit dans la cheminée, on dort dans un grand manteau d′air chaud et fumeux, traversé des lueurs des tisons qui se rallument, sorte d′impalpable alcôve, de chaude caverne creusée au sein de la chambre même, zone ardente et mobile en ses contours thermiques, aérée de souffles qui nous rafraîchissent la figure et viennent des angles, des parties voisines de la fenêtre ou éloignées du foyer et qui se sont refroidies;—chambres d′été où l′on aime être uni à la nuit tiède, où le clair de lune appuyé aux volets entr′ouverts, jette jusqu′au pied du lit son échelle enchantée, où on dort presque en plein air, comme la mésange balancée par la brise à la pointe d′un rayon—; parfois la chambre Louis XVI, si gaie que même le premier soir je n′y avais pas été trop malheureux et où les colonnettes qui soutenaient légèrement le plafond s′écartaient avec tant de grâce pour montrer et réserver la place du lit; parfois au contraire celle, petite et si élevée de plafond, creusée en forme de pyramide dans la hauteur de deux étages et partiellement revêtue d′acajou, où dès la première seconde j′avais été intoxiqué moralement par l′odeur inconnue du vétiver, convaincu de l′hostilité des rideaux violets et de l′insolente indifférence de la pendule qui jacassait tout haut comme si je n′eusse pas été là;—où une étrange et impitoyable glace à pieds quadrangulaires, barrant obliquement un des angles de la pièce, se creusait à vif dans la douce plénitude de mon champ visuel accoutumé un emplacement qui n′y était pas prévu;—où ma pensée, s′efforçant pendant des heures de se disloquer, de s′étirer en hauteur pour prendre exactement la forme de la chambre et arriver à remplir jusqu′en haut son gigantesque entonnoir, avait souffert bien de dures nuits, tandis que j′étais étendu dans mon lit, les yeux levés, l′oreille anxieuse, la narine rétive, le cœur battant: jusqu′à ce que l′habitude eût changé la couleur des rideaux, fait taire la pendule, enseigné la pitié à la glace oblique et cruelle, dissimulé, sinon chassé complètement, l′odeur du vétiver et notablement diminué la hauteur apparente du plafond. L′habitude! aménageuse habile mais bien lente et qui commence par laisser souffrir notre esprit pendant des semaines dans une installation provisoire; mais que malgré tout il est bien heureux de trouver, car sans l′habitude et réduit à ses seuls moyens il serait impuissant à nous rendre un logis habitable.

Du côté de chez Swann / Première partie



El YO NARRATIVO divaga, elucubra, recuerda y resuena a través de la soledad y de la ausencia de los otros. Surge así la memoria consciente y la involuntaria, que subyace y surge de manera abrupta (Por ejemplo, con el olor de la Magdalena).



Así se ubica en las nociones del psicoanálisis freudiano, descubriendo a través de los sueños el mundo del pensamiento y las sensaciones que guardamos y que se pueden disparar involuntariamente a partir de determinados objetos, olores, texturas.



Así, Proust ficcionaliza lo referente al consciente e inconsciente, e inspirado en el filósofo Henri Bergson, ficcionaliza el tiempo (Lo que se percibe siempre es relativo a la persona individual que lo percibe) y construye su mundo como un caleidoscopio por el manejo de las presencias subjetivas, y así los objetos pasan a ser personajes. El tiempo, a diferencia de la novelística del siglo XIX, en Proust nunca es un fluir continuo.


Es el YO NARRATIVO el que ubica al personaje dentro de un presente constante. La duración fija es el instante. No existe el tiempo lineal. Existen solo los fragmentos del presente que se ha convertido en un recuerdo al evocarlo para la escritura, que es la que lo hace presente.



El tiempo evoca al recuerdo y se extiende hasta la memoria involuntaria. Es un tiempo construido desde la sensación. Nunca es lineal, como dijimos. Se trata de lo que denominó Ortega y Gasset: El intracuerpo del tiempo. (Como ya afirmamos, no es el tiempo que transcurre lineal, como en la novela del siglo XIX), sino que se trata del tiempo detenido en el instante, y así poder revivir la historia.



La forma expresiva de Proust es la estética, que utiliza como un elemento vital para poder explorar el recuerdo. Su novela es psicológica, donde hay una capacidad de análisis para poder llegar a las zonas más inconscientes del personaje, involuntarias de la memoria. No se explora la personalidad, sino el recuerdo.



La personalidad emerge de forma colateral (no directa como en el siglo XIX), a través de la reflexión. El tiempo se convierte en creador y la temporalidad asume un sentido existencial, surgiendo nuevas técnicas narrativas. El instante pasa a ser el pasado de inmediato. El personaje se va reconociendo a partir de signos que va dando el YO NARRATIVO, y esto nos permite estar con Marcel niño, joven y adulto, totalmente entremezclados entre sí.

El mundo se hace de la obra, siendo cuatridimensional. Por ejemplo, en la visita a la catedral, se habla de la historia de la catedral, entremezclada con la historia del tiempo. Se crea un universo donde los elementos son interdependientes, viéndose así los temas de manera multidisciplinaria: historia, sociología, política, etc.



El tiempo que se trae a la memoria no es el tiempo que se vive, sino que se busca el tiempo perdido en algún lugar de la memoria, que se vuelve presente a través de la memoria involuntaria (otra vez el olor de la Magdalena, por ejemplo).

Se crea una nueva temporalidad, que se trabaja como presente para lograr la búsqueda del ser. Así, vemos en la primera parte del libro, cómo una habitación puede convertirse en múltiples habitaciones, y así poder manejar el mundo onírico.  



A diferencia de esto, vemos que, en la novela del siglo XIX, el tiempo siempre es lineal, sigue una secuencia temporal lógica y las descripciones son externas y minuciosas, lográndose visualizar nítidamente las acciones descritas. El tiempo en Proust nunca es objetivo, sino siempre subjetivo. La frontera espacio tiempo se rompe y así entramos en un mundo desconocido, una suerte de salto a la nada.



Todo es una proyección de la consciencia. En su obra, Proust plantea un universo pluridimensional, donde la dimensión espacio tiempo se fracciona, dividiéndose y volviéndose dos mundos diferentes.

Proust es un emblemático símbolo del Siglo XX y la Modernidad en la narrativa. En su obra se concentran las tesis de Freud sobre el mundo de los sueños. De Einstein recoge la noción de la relatividad; y de Platón, Kant y Bergson la vulnerabilidad de la realidad, el cómo todo lo que vemos, sentimos y comprendemos no es otra cosa que la proyección de aquello que construimos subjetivamente, a partir de nuestras muy singulares experiencias y contextos existenciales.


Nota del autor: Con especial agradecimiento a Alma Añez Uzcátegui



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