Don Quijote: símbolo de Libertad

No podemos comprender el significado de la libertad separado de aquello que se entiende por realidad. Ambos conceptos están entrelazados, en una simbiosis orgánica que no admite compartimentos estancos en el análisis, sino que para entender lo que es uno, hay que estar claro en lo que es lo otro. 



La libertad humana es algo que está íntimamente relacionado con la realidad, tanto la interna del individuo, como aquella que está representada por el contexto social en el cual el sujeto se desenvuelve.  Por esta razón, debemos demarcar ambos conceptos: Libertad individual y realidad, de manera que nos permita entender la figura de Don Quijote de la Mancha.



En este sentido, Platón nos brinda reflexiones importantísimas ligadas a ambos conceptos. Pero no solo Platón nos facilita estos análisis. También el pensamiento de Erich Fromm, en especial la obra enmarcada específicamente en la noción de libertad y el miedo a expresarla: El miedo a la libertad. Aparte de Fromm, los pensamientos de los filósofos Viktor Frankl: El hombre en busca de significado, a partir de la realidad creada por él para sobrevivir los campos de concentración nazis; Michel Foucault y su enfoque de Don Quijote, sustentado en la dicotomía entre Las palabras y las cosas; y finalmente, el pensamiento de Slavoj Žižek, quien en su obra El sublime objeto de la Ideología, aborda el tema de la libertad y la realidad desde un enfoque marxista freudiano–lacaniano que se acerca mucho a Platón, pero adaptado al mundo contemporáneo.



De la filosofía platónica se puede inferir que la realidad, tal y como la conocemos, no es algo absoluto y universal para todos los seres humanos, sino que constituye una proyección de aquello que previamente se encuentra en la mente de cada persona, lo que le imprime una naturaleza subjetiva innegable, a partir de la cual se pueden elaborar las más disímiles conjeturas sobre qué cosa representa la libertad en el ser humano.


De la filosofía platónica se puede inferir que la realidad, tal y como la conocemos, no es algo absoluto y universal para todos los seres humanos,



En su obra filosófica, Platón desarrolla la tesis sobre la libertad, la realidad y sus percepciones. En este sentido, en su texto La República, expone el tema de la realidad a partir de una alegoría.

En El Mito de la Caverna, contenido en su obra La República, Platón (1992) afirma:

Supongamos ahora que se les libere de sus cadenas y se les cure de su error; mira lo que resultaría naturalmente de la nueva situación en que vamos a colocarlos. Liberamos a uno de estos prisioneros. Le obligamos a levantarse, a volver la cabeza, a andar y a mirar hacia el lado de la luz: no podrá hacer nada de esto sin sufrir, y el deslumbramiento le impedirá distinguir los objetos cuyas sombras antes veía. Te pregunto qué podrá responder si alguien le dice que hasta entonces sólo había contemplado sombras vanas, pero que ahora, más cerca de la realidad y vuelto hacia objetos más reales, ve con más perfección; y si por último, mostrándole cada objeto a medida que pasa, se le obligase a fuerza de preguntas a decir qué es, ¿no crees que se encontrará en un apuro, y que le parecerá más verdadero lo que veía antes que lo que ahora le muestran?

El filósofo griego establece diversos planos de conocimiento. La tarea del hombre es evolucionar hasta acercarse al conocimiento de las ideas primigenias, de las cuales se proyecta eso que conocemos como realidad. Pero a lo largo de su pensamiento, en las diversas obras de su autoría, nos percatamos que para él dicho conocimiento resulta esquivo para los hombres, pese a que exista el empeño expreso por alcanzarlo.

Así las cosas, para Platón, vivimos en esa suerte de caverna, donde todo lo que creemos que es real, resulta una distorsión ilusoria que asumimos como verdadera. Para él, esa predisposición del hombre de aceptar la realidad que percibe como verdadera, le hace vivir una vida alejado del genuino conocimiento, que permitiría entender el origen de las cosas.



Y esta actitud se vuelve tan orgánica, tan intrínseca del ser humano, que se hace muy difícil aceptar que eso que se capta como real, no es otra cosa que un espejismo, una ilusión proyectada por una mente subjetiva que está condenada, “encadenada”, a vivir una realidad falsa, sin siquiera comprender que se trata de una ilusión.

Platón (1992) afirma:

Y si se le obliga a mirar la misma luz, ¿no se le dañarían los ojos? ¿No apartará su mirada de ella para dirigirla a esas sombras que mira sin esfuerzo? ¿No creerá que estas sombras son realmente más visibles que los objetos que le enseñan? (…). Y si ahora lo arrancamos de su caverna a viva fuerza y lo llevamos por el sendero áspero y escarpado hasta la claridad del sol, ¿esta violencia no provocará sus quejas y su cólera? Y cuando esté ya a pleno sol, deslumbrado por su resplandor, ¿podrá ver alguno de los objetos que llamamos verdaderos?

Para Platón, aún enseñándole al hombre lo que sería la verdad de las cosas, éste no tendría la capacidad de comprenderlo, al menos no en una primera instancia, y su actitud se volvería agresiva, en franca oposición respecto a la persona que estaría tratando de ilustrarle.



Si estas premisas las trasladamos a Don Quijote de la Mancha podríamos suponer que la realidad de Alonso Quijano es tan ilusoria como la realidad de aquellos que lo juzgan y concluyen que sus acciones son las de un loco.

La realidad de Alonso Quijano es tan ilusoria como la realidad de aquellos que lo juzgan y concluyen que sus acciones son las de un loco.

¿Es que acaso la realidad de esos “jueces” sí es la verdadera realidad? ¿Es que el Bachiller Carrasco, el cura, los duques, Sancho Panza, y todos aquellos que se preocupan y/o mofan del “caballero de la triste figura” viven en una realidad más cercana a la verdad que aquella que está experimentando Don Quijote?

¿Es que acaso la realidad de esos “jueces” sí es la verdadera realidad? ¿Es que el Bachiller Carrasco, el cura, los duques, Sancho Panza, y todos aquellos que se mofan del “caballero de la triste figura” viven en la verdad?



Si aplicamos el pensamiento de Platón, tendríamos que concluir que ninguno de los involucrados vive una realidad definitiva, algo que podría denominarse como una realidad verdadera.

Un repaso de la obra del filósofo griego, nos inclina a pensar que todas las realidades de los personajes de Don Quijote de la Mancha son tan ficticias como las de aquel que es señalado como loco.  Que cada uno de esos personajes también está encadenado a su particular caverna.

Y si es así, ¿sería correcto concluir que Don Quijote perdió el juicio cuando sale a cazar aventuras cabalgando junto con su escudero Sancho Panza? ¿Qué define lo que es racional y lo que no lo es? ¿Acaso la opinión de la mayoría por el hecho de alcanzar ciertos niveles de consenso se transforma en la realidad? ¿Pero no se trata también esa realidad de una “caverna”, solo que más poblada que aquella en la cual habita Don Quijote?



¿Es que acaso solo el contexto espacio-temporal es lo que define lo que es cordura y lo que es locura? ¿Quién está más loco? ¿Aquel que acepta como verdadero lo que le impone el contexto de su vida espacio – temporal o ese que se opone a dicho contexto y asume otra realidad, más cercana a lo que esa persona siente como esencia de su propio ser?



Si ambas realidades son falsas. ¿Cuál es más verdadera? ¿La colectiva, impuesta por una entelequia llamada “sociedad”, o la individual, definida por la existencia subjetiva de una persona y las actitudes que esa persona asume para adaptarse a su esencia particular?



Si ambas realidades son falsas. ¿Cuál es más verdadera? ¿La colectiva, impuesta por una entelequia llamada “sociedad”, o la individual, definida por la existencia subjetiva de una persona?

Si Don Quijote decidió a los cincuenta años vivir la vida a su manera, sintiendo que debía darle rienda suelta a sus deseos y añoranzas, ¿por qué está loco? ¿Qué define lo qué es una cosa? ¿Qué es un “gigante”? ¿Qué es un molino de viento? ¿Las cosas son un nombre, o son lo que deseamos que sean? “¿Qué hay en un nombre?”, se preguntaba William Shakespeare. ¿No es acaso un nombre tan arbitrario que puede cambiarse a voluntad?

Son todas estas preguntas las que nos llevan a indagar en la filosofía platónica para evaluar a Don Quijote y definir en qué consiste eso que los otros definieron como “locura”. ¿Lo fue? ¿No estará Don Quijote mucho más cuerdo que aquellos que lo juzgaron, o igual de loco?

En Miedo a la libertad, el filósofo Erick Fromm explica que el ser humano tiende a alienarse a sí mismo, saboteando sus posibilidades de ser auténticamente libre, por temor a confrontar el peso de la responsabilidad individual y el costo que ésta supone para la persona.

Fromm (1985) afirma: “La racionalización no representa un instrumento para penetrar en la realidad, sino que constituye un intento post factum destinado a armonizar los propios deseos con la realidad exterior”.  Para llevar a cabo este proceso, el individuo se ubica en el imperativo inconsciente de tejer su propio entendimiento de las cosas, fabricar escenarios donde su persona pueda sentirse cómoda con eso que capta del mundo exterior.



En la consecución de ese objetivo, la persona hace uso de todas sus referencias existenciales, esa amalgama de memorias, experiencias, traumas, expectativas, éxitos y fracasos, en fin, todos los elementos que constituyen el mundo referencial psicológico en la vida de una persona, y los proyecta en su entorno.

Esa proyección da vida a una percepción de la realidad, que es única de cada quien. En pocas palabras, la realidad que percibe X, jamás será igual a la que capta Y, por la sencilla razón de que X e Y han tenido experiencias vitales diferentes y son éstas las que constituyen los ingredientes para elaborar la receta de la realidad.



En consecuencia, el miedo intrínseco que cada quien experimenta a la hora de definirse como individuo y aceptar su propia realidad, puede ser un factor clave para entender el porqué la generalidad de las personas encuentra más fácil adaptarse a la realidad que otros han proyectado y definido como verdadera. El contexto social es gran medida el resultado de esta resignación, aunque sea a nivel inconsciente, de no luchar contra lo ya establecido y más bien adaptarse a dicho contexto, no sin antes renunciar a deseos y anhelos íntimos que quizás no están alineados perfectamente con esas expectativas exteriores y ajenas al individuo.



El miedo a la libertad supone el sacrificio de la individualidad, en aras de conseguir paz y armonía con la sociedad y así obtener la seguridad que proporciona el no desentonar con las expectativas generales. Pero en el camino, al ceder un porcentaje importante de individualidad, el sujeto puede sentirse alienado y experimentar sensaciones de vacío existencial, que a veces no se explican en el plano racional, sino que operan en el mundo del inconsciente, como un monstruo atrapado y silente, que con su aliento va nublando la posibilidad de alcanzar plenitud y felicidad en la vida.

El miedo a la libertad supone el sacrificio de la individualidad, en aras de conseguir paz y armonía con la sociedad y así obtener la seguridad que proporciona el no desentonar con las expectativas generales.

La obra de Viktor Frankl, Michel Foucault y Slavoj Žižek desarrolla estos temas bajo ópticas singulares, imprimiéndole a la filosofía platónica una importante dosis de originalidad, que permite extender su alcance y palparla a partir de ejemplos de la realidad práctica.

En El hombre en busca de significado, Viktor Frankl expone la experiencia vivida por él en los campos de concentración nazi, durante la Segunda Guerra Mundial.  La pertinencia del pensamiento de Frankl es inmensa. Expuesto a las peores condiciones externas que un ser humano puede sufrir, el sujeto para lograr sobrevivir se ve en el imperativo existencial de desarrollar una realidad psicológica que le permita llevar el día a día y no sucumbir a la tragedia. Frank (1985) afirma: “Auschwitz, su solo nombre representa todo aquello que es horroroso: cámaras de gas, crematorios, masacres”.

La pertinencia del pensamiento de Frankl es inmensa. Expuesto a las peores condiciones que un ser humano puede sufrir, se ve en el imperativo de desarrollar una realidad que le permita llevar el día a día.



En el proceso, podemos visualizar el mecanismo subjetivo que opera en la construcción de una realidad y la trascendencia que esta realidad individual alcanza para contraponerla a los factores externos y transformarlos.

Frankl (1985) afirma:

Encontrar el sentido de la vida en campo de concentración se hace difícil, pero no es imposible, pues, el hombre no pierde su dignidad, sigue teniendo una mente y un espíritu, aun cuando lo traten como un animal o esclavo. Las personas debían aceptar las condiciones de vida, aun cuando fueran injustas, y encontrar en ellas la manera de ser felices, convirtiendo todo el sufrimiento y el dolor en acciones positivas, y de aprendizaje espiritual invaluable.

En pocas palabras, donde normalmente un ser humano percibiría un callejón sin salida, un mundo sin esperanza, Frankl logra presentarnos una realidad diferente, impregnada de optimismo, esperanza y espíritu redentor. Es la capacidad que tiene cada individuo de proyectar su realidad psicológica y transformar su contexto totalmente.



Este ejercicio individual esencialmente consiste en crear una realidad particular, a partir de los mecanismos interiores de la propia persona, de su capacidad para proyectar en el exterior aquello que su espíritu es capaz de desarrollar, con el fin de sobrevivir y adaptarse a un contexto específico, que no siempre reúne las expectativas de la persona para el alcance de sus objetivos individuales.

En este sentido, Frankl (1985) afirma:

Aun cuando todo parecía perdido, este hombre esclavo y sufriente, tenía Libertad interior, podía seguir ejercitando su libertad, era capaz de elegir vivir, y elegir cómo vivir y para qué vivir (…), era capaz de darle un valor redentor a ese mal que lo aquejaba, darle un sentido a su existencia presente, para poder sobrevivir y sostener la esperanza de un futuro acogedor.

Alonso Quijano, “Don Quijote de la Mancha”, se sentía aislado, en una soledad que le marchitaba el espíritu. El solaz lo lograba a partir de las lecturas de aquellos libros que le permitían soñar un mundo mejor, donde la sociedad estuviese impregnada de valores caballerescos: nobleza, honestidad, gallardía y el amor leal a una dama. Tal y como sostiene Frankl en relación a la libertad interior, la misma era la que podía ejercitar Alonso Quijano para sobrevivir su soledad y darle un sentido a su existencia.



Esa realidad fabricada, llamémosla “realidad de sobrevivencia”, impregnó a Alonso Quijano de un ímpetu vital renovador, que hizo posible una proyección del interior de su consciencia en el exterior, transformándolo todo a su paso. Lo mismo ocurre en un campo de concentración. El individuo está literalmente aplastado por un sistema opresivo, que busca animalizarlo y eventualmente exterminarlo. Allí, el sujeto se ve en la necesidad de descubrir mecanismos en su interior que le permitan fabricar una proyección psicológica transformadora de su contexto. Solo bañando el contexto con las aguas de esos recursos interiores, la realidad se hace tolerable y el individuo sobrevive psicológicamente lo que a simple vista luce como una horrorosa experiencia. ¿Acaso no es eso lo que hace Alonso Quijano? ¿Acaso no es esto lo que hacemos todos al final de cuentas? ¿En dónde aparece entonces el miedo a la libertad?



Si por ese miedo a la libertad (la libertad interior), en el caso del campo de concentración, el individuo se adapta a las expectativas nazis, no tendría más opción que adoptar una actitud animalizada, servil y destructiva para su espíritu. Quizás si esa es su actitud y se resigna, lograría más aceptación y armonía con las expectativas de sus captores y hasta recibiría a cambio algunos privilegios. Pero si el sujeto se rebela y fabrica su propia realidad, a partir de su libertad individual, íntima, intrínseca, entonces el campo de concentración podría transformarse en otro tipo de “caverna”, odiosa para los nazis, pero salvadora para el espíritu de la persona que lucha por su vida. Ya no se trataría de una “caverna” destinada a la muerte de una víctima, sino que se convertiría, por obra y gracia de la proyección individual, en una “caverna” estimulante de los mejores recursos internos de un ser humano para reivindicar su dignidad y salir fortalecido de la experiencia.

Si por ese miedo a la libertad (la libertad interior), en el caso del campo de concentración, el individuo se adapta a las expectativas nazis, no tendría más opción que adoptar una actitud animalizada, servil y destructiva.

Un observador externo podría pensar que solo un loco asumiría un campo de concentración con un espíritu de aventura y transformación personal hacia algo mejor.  Ese “juez” estaría enjuiciando en base a sus propias expectativas y sus propias proyecciones. Pero aquí vemos cómo esas expectativas, que pueden ser las socialmente aceptadas y comprendidas, no son las del individuo que experimenta los sucesos. Existe una contraposición entre ambas realidades. Una realidad es el campo de concentración como máquina de muerte. La otra realidad es el campo de concentración como escenario para la grandeza humana.  Ambas realidades son subjetivas. Una es la aceptada consensualmente por una mayoría social. La otra es la que activa el individuo para su sobrevivencia personal. ¿Cuál de las dos es verdadera?

Una realidad es el campo de concentración como máquina de muerte. La otra realidad es el campo de concentración como escenario para la grandeza humana. 

Ambas son realidades ideales, tal y como las concibe Platón. Ninguna es la verdad final y por tanto ambas son proyecciones de ilusiones dentro de una “caverna”, que distorsiona lo que sería para Platón la verdad, para adaptarla a las circunstancias del contexto y del individuo. ¿No es esto lo que ocurre con Don Quijote de la Mancha?

En Las palabras y las cosas, Michel Foucault hace un análisis de Don Quijote de la Mancha desde el punto de vista de la alienación del personaje y su simbología a través de la historia. Interpreta su locura a la luz de los convencionalismos sociales y las expectativas históricas del momento.

Foucault (1966) afirma:

La gran hazaña del valiente caballero será la de confirmar la tesis de que los signos construyen la realidad. Bajo ese presupuesto, las cosas, en su existencia significativa, son posibles mediante las palabras. De ser así, ¿Qué conocimiento científico puede demostrar que no hay malintencionados hechiceros que transfiguran las cosas unas por otras? ¿Quién puede afirmar que los molinos no son, en realidad, tremendos gigantes? ¿Qué distingue a las posadas de los castillos? ¿Quién pude negar que las aldeanas no son bellas princesas?

Los códigos fundamentales de una cultura, los que marcan su lenguaje, son percepciones, sus cambios, sus técnicas, sus valores y la jerarquía en que se coloque sus prácticas, fijan previamente para cada sujeto los órdenes prácticos con los cuales se relacionará (Foucault, 1966). Esos campos empíricos, como hemos señalado, no siempre se ajustan a las necesidades internas del sujeto para alcanzar la plena expresión de su libertad individual.

Foucault (1966) afirma:

Su aventura será un desciframiento del mundo: un recorrido minucioso para destacar, sobre toda la superficie de la tierra, las figuras que muestran que los libros dicen la verdad. La hazaña tiene que ser comprobada: no consiste en un triunfo real –y por ello la victoria carece, en el fondo, de importancia-, sino en transformar la realidad en signo. En signo de que los signos del lenguaje se conforman con las cosas mismas. Don Quijote lee el mundo para demostrar los libros. Y no se da otras pruebas que el reflejo de las semejanzas.

El periplo de Don Quijote, según Foucault, es precisamente esa lucha de la que hablábamos antes: el esfuerzo por darle coherencia al mundo exterior, a partir de la libertad interior del individuo. Don Quijote desea un mundo que se adapte a sus anhelos más profundos, que cobre semejanza con los paisajes y recorridos que hizo a partir de sus lecturas y que fueron causantes de placer, de un sentimiento de coherencia entre expectativas y realidad (en este caso, la realidad plasmada en los libros de caballería).



El periplo de Don Quijote, según Foucault, es precisamente esa lucha de la que hablábamos antes: el esfuerzo por darle coherencia al mundo exterior, a partir de la libertad interior del individuo.

Foucault (1966) afirma:

Don Quijote es la primera de las obras modernas, ya que se ve en ella la razón cruel de las identidades y de las diferencias: juguetear al infinito con los signos y las similitudes; porque en ella el lenguaje rompe su viejo parentesco con las cosas para penetrar en esta soberanía solitaria de la que ya no saldrá, en su ser abrupto, sino convertido en literatura; porque la semejanza entra allí en una época que es para ella la de la sinrazón y de la imaginación.



Esa fractura que observa el filósofo francés entre las palabras escritas en los libros de caballería y las cosas, esa realidad externa que consigue Don Quijote en el desarrollo de sus aventuras, es precisamente la existencia de dos realidades: La realidad representada por la libertad individual y la realidad plasmada a partir de los convencionalismos, expectativas y entendimientos de un contexto y de una época.  Y es este choque de “realidades”, lo que hace que Don Quijote sea percibido como loco por parte de aquellos que viven en la segunda realidad.



Y finalmente, encontramos la teoría desarrollada por el filósofo Slavoj Žižek, en su obra El sublime objeto de la Ideología, lo que permite hacer una contextualización moderna del concepto de Libertad y los diversos mecanismos sociales y políticos que ejercen un poder de influencia para coartarla y/o suprimirla.



La idea de Žižek gira en torno al concepto de “Ideología” y “síntoma”, analizando especialmente lo plasmado por Marx, Freud y Lacan en relación a cómo funciona la sociedad y en qué sentido lo onírico, la esencia inconsciente del individuo, se armoniza o contradice a partir de la confrontación entre ese mundo exterior y el interno.

La idea de Žižek gira en torno al concepto de “Ideología” y “síntoma”, analizando especialmente lo plasmado por Marx, Freud y Lacan en relación a cómo funciona la sociedad (…)

Para Žižek, la sociedad, a partir de su estructura de poder, establece una ideología dominante, que se transmite por los más variados instrumentos: la prensa, la televisión, el cine, la propaganda, la literatura, entre otros. El individuo, a partir de su entrada en consciencia, es objeto de esta ideología, que le va tejiendo sus nociones de lo que es real.

Žižek (2003) afirma:

Toda “cultura” es en cierto modo una formación-reacción, un intento de limitar, de canalizar, de cultivar este desequilibrio, este núcleo traumático, este antagonismo radical por medio del cual el hombre corta su cordón umbilical con la naturaleza, con la homeostasis animal. No es sólo que la meta ya no consista en abolir este antagonismo pulsional, sino que la aspiración de abolirlo es precisamente la fuente de la tentación totalitaria. Los mayores asesinatos de masas y holocaustos siempre han sido perpetrados en nombre del hombre como ser armónico, de un Hombre Nuevo sin tensión antagónica.

La realidad, en consecuencia, es un constructo de la superestructura del poder para lograr sus objetivos de controlar a la sociedad y manipular a sus individuos para la consecución exitosa de sus planes.  Pero esta realidad construida de esta forma, no siempre camina en sintonía con las expectativas individuales. El choque entre ambos mundos produce “el síntoma”, una sensación compleja que se manifiesta de muchas formas patológicas. 



Es como una suerte de fantasma que gravita dentro de la persona, susurrándole verdades que el individuo no puede confrontar, por temor a quedar alienado. Žižek usa la metáfora de unos anteojos que se coloca la persona para ver la realidad, que se le presenta ya construida por la super estructura del poder. Se trata, efectivamente, de una realidad ficticia que, a fuerza de repetición y costumbre, se adopta naturalmente como verdadera.

Es como una suerte de fantasma que gravita dentro de la persona, susurrándole verdades que el individuo no puede confrontar, por temor a quedar alienado.



Cuando el individuo comienza a preguntarse hasta qué punto su individualidad se armoniza con esa sociedad, aparece “el síntoma”, una suerte de trauma que el sujeto reprime. Pero si llegase a quitarse los anteojos, aparecería frente al individuo la verdadera realidad y sería tan impactante este encuentro con la verdad (Recordar El Mito de la caverna, de Platón), que la persona tendría problemas en asimilarlo y aceptarlo, por lo que prefiere vivir en negación, armonizando su vida con lo que la sociedad le presenta como realidad.



Zizek (2003) afirma:

Lo que llamamos “realidad social” es en último término una construcción ética; se apoya en un cierto como; como si actuáramos, como si creyéramos en la omnipotencia de la burocracia, como si el Presidente encarnara la Voluntad del Pueblo, como si el Partido expresara el interés objetivo de la clase obrera. En cuanto se pierde la creencia (la cual, recordémoslo de nuevo, no se ha de concebir definitivamente en un nivel “psicológico”: se encarna, se materializa, en el funcionamiento efectivo del campo social), la trama de la realidad social se desintegra.




El pensamiento de estos filósofos detalla las nociones de “Libertad individual” y el concepto de “realidad” que, como dijimos, actúan conjuntamente, haciendo una simbiosis orgánica que encontramos inseparable.

Para entender la libertad, es fundamental hacer un contraste entre la misma y la realidad que determina el contexto social e histórico, a partir del cual un individuo recibe sus referencias para existir en contacto con los otros.

Don Quijote de la Mancha es un personaje que invita a reflexionar sobre estos conceptos y buscar la forma de enmarcarlos dentro de lo que constituye su existencia como sujeto que ha sido catalogado, por los otros, como “Loco”. ¿Es suficiente esta percepción que se tiene del “caballero de la triste figura”? ¿Será posible sacar a este personaje de esa concepción canónica? ¿ No será válido ver en Don Quijote de la Mancha un símbolo de Libertad?

¿Es suficiente esta percepción que se tiene del “caballero de la triste figura”? ¿Será posible sacar a este personaje de esa concepción canónica? ¿ No será válido ver en Don Quijote de la Mancha un símbolo de Libertad?




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