Ecos de kafka en el laberinto de Orwell

1984 tiene ecos de El Proceso, en varios sentidos. Ambas novelas pueden leerse en un doble aspecto: el formal y el metafórico. El primero tiene que ver con la historia en sí misma, la temática que aborda de manera literal. Pero también existe una lectura metafórica, entre líneas, donde quizás reside el genuino genio de sus autores: ambos libros nos permiten reflexionar sobre la condición humana y el peso de la responsabilidad individual en la vida de los hombres.

Pero también existe una lectura metafórica, entre líneas, donde quizás reside el genuino genio de sus autores: ambos libros nos permiten reflexionar sobre la condición humana.



Empecemos por la primera lectura, la formal. En 1984 el escenario es psicótico y el mundo exterior se encuentra invertido, nada es lo que parece. Orwell diseña un laberinto sin salida, donde el protagonista, “Winston”, se ve aplastado por un sistema burocrático que pretende conducir su vida y la de los demás. Los sentimientos, la lógica, la voluntad, el deseo, todo aquello que nos hace humanos, queda convertido en una amenaza. En pocas palabras, la individualidad, la capacidad de lograr objetivos personales a partir de la subjetividad son transformados en un crimen perseguido y castigado. Se levanta un mundo donde la paranoia es la atmósfera que se respira. Pensar por sí mismo es un anatema. Aquí los paralelismos con Kafka son innegables.

Orwell diseña un laberinto sin salida, donde el protagonista, “Winston”, se ve aplastado por un sistema burocrático que pretende conducir su vida y la de los demás.



En El Proceso, Joseph K es acusado de algo que no se le explica qué cosa es. Ni siquiera los burócratas que le comunican sobre el juicio que se le ha abierto en su contra tienen conocimiento de las razones.

Se le permite existir, llevar su vida, pero bajo el peso de un castigo que no tiene una forma clara y funciona como una niebla que poco a poco va penetrando el alma de K, hasta hacerle dudar de sí mismo y que crea que en verdad sí es culpable de algo.  

a K Se le permite existir, llevar su vida, pero bajo el peso de un castigo que no tiene una forma clara y funciona como una niebla que poco a poco le va penetrando el alma, hasta hacerle dudar de sí mismo



En El Proceso las cosas, el deber ser, están invertidas: la presunción de inocencia, los principios de celeridad procesal, de garantía jurisdiccional, de prohibición de indefensión, de garantías del acusado, el derecho a saber de qué se te acusa, toda la lógica de la justicia está hecha añicos y el personaje central se ve obligado a buscar lógica dentro de semejante absurdo.

Esto es exactamente lo que hace Orwell en 1984: destruye la lógica a partir de un aparato burocrático que busca crear su propia verdad y que sea ésta la que rija las mentes individuales, que sencillamente quedan reducidas a escombros. El “Ministerio de la Verdad” pretende borrar la historia y crear un mundo donde el hombre sea una suerte de robot: el amor está prohibido, el deseo es un delito y la capacidad de pensar queda anulada. Lo importante es el “Gran Hermano”, sin importar razones, es una realidad virtual creada para controlar al individuo, para hacer de éste un ser dócil, incapaz de labrarse su propio destino.  

Esto es exactamente lo que hace Orwell en 1984: destruye la lógica a partir de un aparato burocrático que busca crear su propia verdad y que sea ésta la que rija las mentes individuales, que quedan reducidas a escombros.



En 1984, al igual que en El Proceso, el laberinto creado por Orwell tampoco tiene salida. En El Proceso, este laberinto conduce a Joseph K a un callejón sin salida. Su protagonista es asesinado justo cuando entendemos que su otra única opción es el suicidio. Jamás llegó a entender de qué se le acusaba. Nunca obtuvo respuesta y durante todo el libro le vemos como una ratón atrapado e indefenso, observado desde arriba por un aparato estatal que opera como un fantasma siempre presente, un espectro cruel que se burla del pobre hombre con carcajadas silentes. Joseph K solo encuentra a su camino confusión e incertidumbre.

En 1984, al igual que en El Proceso, el laberinto creado por Orwell tampoco tiene salida. En El Proceso, este laberinto conduce a K a un callejón sin salida. Su protagonista es asesinado justo cuando entendemos que su otra única opción es el suicidio.

Como dijimos, Orwell construye un laberinto similar al de Kafka. También en esta obra todo funciona al revés. La “Neolengua” sirve para destruir la capacidad de pensar y volverlo todo tan absurdo que el individuo termine no pensando, con un cerebro incapaz de producir una idea propia sin sentir culpa por ello, un sujeto reducido a nada.

En momentos, 1984 no solo tiene ecos de El Proceso, sino que lo que se escucha allí son los gritos de Kafka: Leemos en Orwell: En la mayoría de los casos no había proceso alguno ni se daba cuenta oficialmente de la detención (…) se borraba de todas partes toda referencia a lo que hubiera hecho y su paso por la vida quedaba totalmente anulado.  

En momentos, 1984 no solo tiene ecos de El Proceso, sino que lo que se escucha allí son los gritos de Kafka



Y ahora leemos en Kafka: Por lo general, el procedimiento no sólo es secreto para el público, sino también para el mismo acusado.

Orwell levanta un aparato burocrático muy poderoso, por encima de cualquier hombre, es un sistema que aplasta al individuo y no le deja vivir una vida en paz. Aunque mucho más detallado que El Proceso, la naturaleza de este sistema es similar a la planteada por Kafka.

En El Proceso la maquinaria del Estado tiene la última palabra sobre el destino humano, ya que ésta es la que controla la justicia, haciendo con ella exactamente lo contrario de lo que debería ser. Así es como funciona “El Gran Hermano” de Orwell. Se trata de un aparato endiosado, que dictamina la suerte de los seres humanos. El final de este laberinto, al igual que el kafkiano, es también la muerte, en este caso la del alma, ya que el hombre termina admitiendo una culpa que nunca tuvo y afirmando que dos más dos son cinco: (…) si todos los demás aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los testigos decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la historia y se convertía en verdad (…) ¿Para qué sufrir todo esto si el fin era el mismo? ¿Por qué no ahorrarse todo esto? Nadie escapaba a la vigilancia ni dejaba de confesar. El culpable de “crimental” estaba completamente seguro de que lo matarían antes o después. ¿Para qué, pues, todo ese horror que nada alteraba?

El final de este laberinto, al igual que el kafkiano, es también la muerte, en este caso la del alma, ya el hombre termina admitiendo una culpa que nunca tuvo y afirmando que dos más dos son cinco.



Se podría argumentar que en 1984 Winston conoce a qué se enfrenta y reconoce la existencia de un aparato burocrático que opera de manera criminal. En 1984, el aparato endiosado de la burocracia tiene la voluntad precisa de borrar la historia, crear su propia verdad y hacer que los hombres pierdan la capacidad de razonar. Esto se sabe desde el principio y el protagonista está consciente de la aberración e intenta rebelarse, sin final feliz.

En Kafka el absurdo es mucho más intenso, ya que no hay nada preciso. Su aparato burocrático es siempre un fantasma al acecho, pero nunca cobra vida concreta ni sabemos el porqué mantiene a K en semejante incertidumbre. La duda, la constante pregunta sin respuesta, es lo que provoca que K termine sintiéndose culpable por algo que no sabe qué cosa es: ¿Tengo que demostrar que ni siquiera un proceso de un año me ha servido de lección?

En Kafka el absurdo es mucho más intenso, ya que no hay nada preciso. Su aparato burocrático es siempre un fantasma al acecho, pero nunca cobra vida concreta ni sabemos el porqué mantiene a K en semejante incertidumbre.


Orwell al menos le da nombre y apellido al absurdo y nos define claramente su distopía y el objetivo de la misma: “El Gran Hermano”, que terminará evaporando al hombre: Te aseguro, Winston, que la realidad no es externa. La realidad existe en la mente humana y en ningún otro sitio. No en la mente individual, que puede cometer errores y que, en todo caso, perece pronto. Sólo la mente del Partido, que es colectiva e inmortal, puede captar la realidad. Lo que el Partido sostiene que es verdad es efectivamente verdad (…) Te estás pudriendo, Winston. Te estás desmoronando. ¿Qué eres ahora? Una bolsa llena de porquería. Mírate otra vez en el espejo. ¿Ves eso que tienes enfrente? Es el último hombre. Si eres humano, esa es la Humanidad.

Orwell al menos le da nombre y apellido al absurdo y nos define claramente su distopía y el objetivo de la misma: “El Gran Hermano”, que terminará evaporando al hombre.



 En ambas obras nos encontramos con la misma metáfora: El hombre y el peso de la vida.

En ambas obras nos encontramos con la misma metáfora: El hombre y el peso de la vida.

Tanto Joseph K como Winston están destinados a perderse en los laberintos de la existencia. En Kafka la culpa es el gran motor de las tribulaciones existenciales. Aquí el paralelismo con Crimen y castigo de Dostoievski es innegable. El aparato burocrático no hace otra cosa que simbolizar el peso gigante de una culpa elusiva, que precisamente por ser fantasmagórica se vuelve un espectro cruel que termina dominando la psique de su víctima, hasta que no le quede otra opción que la muerte y no es una muerte en paz.

En Kafka la culpa es el gran motor de las tribulaciones existenciales. Aquí el paralelismo con Crimen y castigo de Dostoievski es innegable.



El aparato burocrático no hace otra cosa que simbolizar el peso gigante de una culpa elusiva, que por ser fantasmagórica se vuelve un espectro cruel que termina dominando la psique de su víctima.


Kafka usa al asesinato de K como metáfora perfecta de lo que es la sociedad y el rol del ser humano dentro de ella. El destino es morir por manos ajenas, porque ajena es la culpa, y sin embargo castiga al inocente como si éste efectivamente fuera culpable.

El destino es morir por manos ajenas, porque ajena es la culpa, y sin embargo castiga al inocente como si éste efectivamente fuera culpable.



Orwell hace exactamente lo mismo que Kafka con su “Winston”. El hombre nace libre, pero la sociedad lo oprime y lo va reduciendo, al punto de hacerle perderse en el camino. Al final las ratas simbolizan al mundo, la crueldad a la que es sometido todo hombre que es declarado culpable siendo inocente: culpable de vivir, culpable de pensar, culpable de ser un sujeto individual y no colectivo. 

Orwell hace exactamente lo mismo que Kafka con su “Winston”. El hombre nace libre, pero la sociedad lo oprime y lo va reduciendo, al punto de hacerle perderse en el camino.

Al final las ratas simbolizan al mundo, la crueldad a la que es sometido todo hombre que es declarado culpable siendo inocente: culpable de vivir, culpable de pensar, culpable de ser un sujeto individual y no colectivo. 

El aparato burocrático tanto en El Proceso como en 1984 representa la fuerza externa que produce culpas en el individuo: la culpa de ser libre, el peso de la existencia…el absurdo de todo.

El aparato burocrático tanto en El Proceso como en 1984 representa la fuerza externa que produce culpas en el individuo: la culpa de ser libre, el peso de la existencia…el absurdo de todo.


Nota del autor: Con especial agradecimiento a Alma Añez Uzcátegui







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