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Sam Shepard y la belleza en el Teatro

Roger Scruton: “La belleza es una necesidad universal de los seres humanos: sin ella nos encontramos en una especie de desierto espiritual”.

Pienso que la siguiente frase de Sam Shepard (1943 / 2017) resume el pensamiento de Scruton sobre la belleza: Love is the only disease that makes you feel better[1].

            Shepard fue un dramaturgo interesado en el ser humano sin máscaras, mostrando abiertamente sus glorias y miserias, sus alegrías y tristezas.

Este escritor nunca fantasea respecto a la naturaleza humana. En sus obras la enseña descarnada, tal y como es en la realidad. Por ejemplo, en Buried child, obra ganadora del Pulitzer, el escritor nos ofrece una panorámica de los sueños truncados, y las trampas que hace la mente para pensar que “todo pasado siempre fue mejor”.



A través de sus personajes, Shepard nos va desglosando la vida sin disfraces, como suceden las cosas en el mundo: My flesh and blood’s out there in the backyard![2]

          La belleza consiste es la experimentación de todas las emociones humanas y las huellas que esa experiencia van dejando en el alma y la conciencia. La belleza no significa necesariamente aquello que los griegos denominaban la armonía de las formas. Si bien es cierto que el equilibro y la armonía pueden ser componentes de lo estético, la belleza, tal y como debe representarse en el teatro, tiene más relación con la honestidad de los sentimientos y la capacidad de presentar temas y personajes que encarnen el drama de la existencia y logren transmitir sentimientos e ideas genuinos, que se conecten con la experiencia vital de cada espectador, que se siente identificado con lo que ve, precisamente porque también lo ha sentido y vivido.



            Al darse esa comunión emocional entre la obra y su público se produce un acontecimiento relevante, ya que algo delicado, íntimo ha emergido, causando una huella duradera en los participantes de la experiencia. Al darse este fenómeno, se puede hablar de belleza. Y Sam Shepard es un maestro en lograr ese efecto.

La melancolía y las trampas del destino son elementos recurrentes que utiliza el dramaturgo para evidenciar la inconformidad intrínseca del espíritu humano. No existe gesta ni sueño capaz de curar del todo el sentimiento de frustración ante el absurdo de una existencia que siempre deviene en muerte. Solo el amor es curativo. Pese a la connotación trágica que le da Shepard (“una enfermedad”), su mensaje es claro: Cualquier dolor, todo absurdo, puede curarse con amor. Y nada es más bello que esa idea. Cierro con esta frase de Octavio Paz: El arte no es un espejo en el que nos contemplamos sino un destino en el que nos realizamos





[1] El amor es la única enfermedad que nos hace sentir mejor (Traducción mía).

[2] Mi carne y sangre están allá afuera, en el patio trasero (Traducción mía).


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