La mujer en Ibsen y Strindberg

Para ambos dramaturgos la mujer es una fuerza silente. Domina psicológicamente como forma de compensación, ante la impotencia de lograr un total reconocimiento por parte de la sociedad, que aún padece de prejuicios respecto a dicho género, considerándolo “el sexo débil”.

            En las obras de estos dramaturgos podemos sentir la tensión latente que resulta del quiebre entre las capacidades de la mujer y la frustración de no poderlas ver florecer en todo su esplendor.

            En Casa de muñecas (1879), Henrik Ibsen retrata la psique de Nora, una dama atrapada en un contexto familiar y social en el que se siente asfixiada, como en un laberinto. Todo lo que le rodea lo percibe como una bruma difusa donde ella no parece tener posibilidad de identificación. La identidad femenina está disminuía ante el peso de una realidad que rechaza, pero que sin embargo ha de acatar obedientemente, hasta que suceden hechos que rompen la armonía ilusoria y de sus grietas emergen fantasmas insalvables.



Nora ha vivido como una muñeca, cumpliendo el deber que le dictaminó la sociedad: buena esposa y madre. Hasta que ella misma se da cuenta que a su marido le importan más las apariencias que los sentimientos más preciosos y hondos, y entonces decide cambiar su realidad, abandonándolo. Es una obra que nos muestra la hipocresía de los ritos sociales y las máscaras que cubren rostros vacíos. La mujer es fuerte. Prueba de ello es que Nora resuelve el problema económico que salvó a su marido cuando éste enfermó. Pese a tener que infringir la ley, Nora trascendió la norma para lograr lo que supuso era en valor superior. Allí queda reflejada su fuerza de carácter y decisión. Lo mismo demuestra cuando se decepciona del esposo y opta por abandonarlo. Son dos decisiones difíciles, polémicas y que rompen las expectativas sociales de la época. No obstante, prueba la fuerza de la mujer, trascendiendo las barreras y expectativas del orden social y familiar predominante.



          Por su parte, August Strindberg, en su obra El Padre (1887), también nos coloca a una mujer atrapada en un ámbito que le circunscribe a un rol secundario, donde el marido considera tener derechos superiores a la esposa por el solo hecho de ser hombre. Tanto es así que, para lograr educar a su hija según sus preceptos, debe enloquecer a su marido, que en circunstancias normales sencillamente no consideraría para nada su opinión, por tenerla como un adorno que debe satisfacer sus necesidades conyugales y cuidar de la casa. Su rol como mujer está disminuido, circunscrito a un comportamiento fundamentado en formas y el qué dirán. Entonces, para poder materializar sus deseos, tan obvios como lo son la educación de su propia hija, debe recurrir a estratagemas cuestionables desde un punto de vista moral, pero que son el producto de sentirse atrapada y sin salida.  Al igual que en Ibsen, vemos aquí a una mujer fuerte que no puede florecer en condiciones normales, ya que la sociedad y las expectativas del marido se lo impiden.



            En Strindberg, a diferencia de Ibsen, la mujer no es un ser noble, sino obscuro, lleno de resentimientos y capacidad de hacer daño. A Laura no la mueven sentimientos elevados, como sí es el caso de la Nora de Ibsen, sino que sus razones están movidas por el miedo a ser superada por su propia hija y su compulsión de tenerla bajo su órbita para así controlarla y supeditarla a una educación mediocre, que no constituiría riesgo alguno para el orgullo y la vanidad de la madre.


            Pero ambos autores coinciden en mostrarnos mujeres fuertes y capaces, atrapadas en un mundo que las considera inferiores y con derechos disminuidos frente a los hombres. Los dos dramaturgos colocan a sus mujeres en circunstancias en donde deben transgredir la norma para lograr sus fines. Ibsen nos retrata la fuerza y nobleza de la mujer a pesar de unas circunstancias desfavorables. Strindberg también refleja esa fuerza femenina ante la adversidad. Pero a diferencia del primero, este dramaturgo no muestra la nobleza, sino que prefiere mostrarnos el maquiavelismo y las bajas pasiones como los móviles psíquicos del personaje femenino.



           


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