Literatura

El ADN de las letras venezolanas

A continuación, se hará una breve reflexión derivada de la lectura de La ficcionalización del deterioro en la narrativa venezolana, de Judith Gerendas (1994); Modernidad y abyección en la nueva narrativa venezolana, de Miguel Gomes (2010); y La estética del chavismo: Nostalgia y expresionismo literario como metáforas de la abyección, de Michelle Roche R. (2016).

Venezuela más que un país luce como un aborto, el sueño que nunca se hizo realidad. Fantasma danzarín, que al intentar atraparlo se escurre como la arena de un reloj roto. A partir de los razonamientos de estos tres críticos se podría concluir que a través de los tiempos el núcleo genético de la literatura venezolana es tristeza mezclada con frustración y rabia. Los ensayos pecan de lo mismo: Omiten las excepciones[1]. Pero la excepción confirma la regla.



Desde Manuel Díaz Rodríguez, figura del Modernismo de fines del siglo XIX, los escritores criollos no parecen capaces de separar de sus letras la realidad socio política.  En este sentido, Gerendas repasa la obra de multiplicidad de autores, desde Fermín Toro hasta Ana Teresa Torres y resalta la reiterada presencia de la confrontación entre ciudad y naturaleza; la modernidad interrumpida, un mundo caudillesco y varonil que se hunde y desmorona; y otro femenino, cursi y bobalicón, signado por la ingenuidad y la ignorancia; fractura radical e inesperada, que borró tradiciones, ritmos vitales, creencias y valores; un sistema social y a una cultura signadas por el desarraigo, la inutilidad de los actos y la imposibilidad de reencontrar vínculos con un pasado que se añora tercamente, en forma obsesiva.




Por su parte, Miguel Gomes expone el cómo “el auge del chavismo” ha sido reflejado a partir de un elemento común a las obras analizadas: el desencuentro con la modernidad y el aparente conflicto irresoluble de un pueblo que no termina de reconocerse. Gomes se refiere a un “ciclo narrativo” que define a la comunidad letrada como exponente de un escenario que arranca en 1992 con el primer intento de golpe de Estado de Chávez y se prolonga hasta hoy. Analizando la obra de escritores como Oscar Marcano, Alberto Barrera y Ana Teresa Torres, entre otros, Gomes afirma que los autores del “ciclo del chavismo” son herederos de la tradición “expresionista”, encabezada por Salvador Garmendia (años 50 – 70s) y que tienen a Caracas –“narrativa urbana asfixiante”- como centro de su atención para retratar el desmoronamiento de una nación que prometía algo que jamás alcanzó; el divorcio entre las expectativas existenciales y el éxito. Para Gomes, los narradores de este ciclo también coinciden en su desconfianza frente al proyecto nacional, vendido por la propaganda oficialista.



Finalmente, citando obras de Blanco Calderón, Suniaga, Torres, entre otros, el ensayo de Roche R. igualmente se refiere al ciclo del chavismo para calificar al corpus literario producido en Venezuela en los últimos veinte años, y que según la autora se lee como un largo lamento (…) el desengaño de los venezolanos que, convencidos de que viven en una tierra rica en recursos, no entienden por qué la cotidianidad se les presenta como una cadena de desgracias marcadas por las brutales dificultades para convivir con sus compatriotas.



Es innegable que la melancólica frustración y el sentimiento de fracaso, plasmados en los tres ensayos, son elementos definitorios de gran parte de la narrativa local desde hace ciento veinte años. Y esto es lógico. Venezuela es una nación signada por la tragedia de una sociedad que insiste en sufrir fracturas socio políticas que clausuran los caminos de la prosperidad. La armonía es un elemento ausente. Guerras civiles, caudillismo, dictaduras, ataques guerrilleros, despilfarro a lo casino de Las Vegas, anarquía en las políticas migratorias, brote incontrolado de marginalidad colectiva, devaluación meteórica de la moneda, golpes de Estado, tiranías criminales… son factores que no han dejado de provocar abismos y crisis, desarraigo y exilio. Fatalidad que determina una disposición anímica en el alma humana. Las letras son el espejo de este ánimo.



No se trata de una literatura “comprometida”, como puede serlo alguna obra panfletaria o de tintes ideológicos que surge en cualquier país al ocurrir fenómenos históricos de envergadura (Ej. Sartre en la Francia de la postguerra, Tolstoi en la Rusia zarista). Lo que se desprende del corpus literario criollo es más bien un rasgo intrínseco, propio de individuos que comparten una idiosincrasia, cultivada a partir del fracaso de una nación que nunca ha logrado consenso respecto a sus valores y principios constitucionales.



Lejos de ser una posición política subjetiva o un fenómeno coyuntural, ese divorcio entre anhelo íntimo y realidad fáctica es una huella antropológica que se distingue en los genes del venezolano. Es materia nuclear del inconsciente colectivo, que palpita en las mentes individuales. Y como todo escritor escribe de lo que es y lo que sabe, de lo que experimenta en el transcurso de su existencia, ese ADN cuyo núcleo es la tristeza y el desarraigo está vivo en las letras venezolanas.


[1] Excepciones propias de períodos donde se percibe una ilusión de bonanza y/o estabilidad socio- económica y política: Ej. Guillermo Meneses y Oswaldo Trejo durante el período post Gómez y pre Pérez Jiménez, donde tocan en sus obras elementos universales (soledad, prostitución, delirios, fantasía, experimentación lúdica); Trejo y Uslar Pietri durante los años setenta.  No obstante, igual se pueden hacer alegorías de sus temáticas con la realidad del país. Y también hay excepciones de autores que han escrito sobre temas universales, ajenos a la realidad venezolana, en períodos de agudas crisis socio políticas. Ej. Numa Frías, Eduardo Liendo, Federico Vegas, Boris Izaguirre, entre otros.


Agradecimiento a Argenis Monroy PhD



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