Literatura Poesía

Electra, Antigona y el rol cultural de la mujer griega

Electra y Antígona ofrecen abismos y coincidencias entre naturaleza y cultura, en los términos de Ortner (1974)[1]. Electra, rebelde, sin esposo ni descendencia: “(…) vivir sin hijos me consume, y no tengo varón que me asista” (Soph.El.,15, 90)[2]. Se aleja del rol natural que culturalmente exige la sociedad: “El rol de la mujer como ciudadana en relación a la polis era la producción de herederos legítimos para el Oikos” (Pomeroy, 1999, 76).

Ser esposa, amamantar, criar, cuidar y demás acciones, vistas en Grecia como naturalmente femeninas, no los encarna Electra. Pero su madre, pese al parricidio contra Agamenón, al justificar su crimen sí armoniza naturaleza y cultura, espetando a Electra que el padre de ésta asesinó a su otra hija: “(…) como que no fueron tanto los dolores que sufrió él al engendrarla, como yo al parirla (…) Pues ningún derecho tenían para matar a mi hija” (Soph. El., 77,101).



Por su parte, Antígona se rebela al poder de los hombres y así se genera en esta obra el abismo entre naturaleza y cultura, maximizado por su alejamiento del papel que tiene la mujer en Grecia: “(…) así presa, virgen, sin himeneo, sin llegar a alcanzar las dulzuras del matrimonio ni de la maternidad (…)” (Soph. Ant.,191, 331)[3]. Pero en su hermana (Ismena) sí hay coincidencia entre ambos elementos: “Pues preciso es pensar ante todo que somos mujeres, para no querer luchar contra los hombres; y luego, que estamos bajo la autoridad de los superiores (…)” (Soph. Ant., 14, 301).



        Siguiendo para este análisis los razonamientos de Ortner (1974), es importante señalar que en Antígona la figura de Creonte continuamente cierra el abismo entre naturaleza y cultura, haciendo coincidir ambos elementos. En la obra, este personaje hace gala de lo que hoy consideramos “machismo”, a partir de comentarios frontales donde deja por sentado que la mujer tiene una naturaleza específica y en consecuencia le corresponde cierto comportamiento social y actitud ante la vida y las circunstancias.

Primero asume que quien profanó su decreto fue un hombre: “¿Qué dices? ¿Qué hombre es el que se ha atrevido a eso?” (Soph. Ant., 46, 307). En otro pasaje, afirma: “(…) Ciertamente, pues, que ahora no sería yo hombre, sino ella, si tanta audacia quedara impune” (Ibíd. 79, 315).  Y más adelante: “Pues bajando al infierno, si necesidad tienes de amar, ama a los muertos; que viviendo yo, no mandará una mujer (…) Mujeres como ésta es preciso que se las sujete bien y no se las deje libres; porque hasta las más valientes huyen cuando ven que ya tienen la muerte cerca de la vida” (Soph. Ant., 99,134; 317,320). Y también afirma Creonte: “Nunca jamás, ¡oh hijo!, te rinda el placer de manera que abdiques de tu razón por culpa de una mujer (…) y no dejarse nunca dominar por una mujer. Mejor es, si es preciso, caer ante un hombre; que así nunca podrán decir que somos inferiores a una hembra” (Ibíd. 138, 322-324). 




     Como conclusión, resalto un punto emblemático con relación a la naturaleza femenina y su concordancia con las expectativas culturales que de ella se tenía en Grecia. Del ensayo de Ortner (1974) se infiere que culturalmente se percibe como esencia de la naturaleza femenina el amor y cuidado de los hijos. Vimos que esta premisa estaba presente en Grecia, donde se suponía que el rol de la mujer estaba circunscrito a la producción de herederos legítimos (Pomeroy, 1999, 76) y a ser “una fiel guardiana del hogar” (Demóstenes, Contra Neera, 59, 122). No obstante, al analizar la actitud de las madres, en Electra se nota menos abismo que en Antígona.

Mientras en la primera obra Clitemnestra considera sagrada la vida de los hijos y asesina a su propio marido para vengar la muerte de uno de ellos, en la segunda tragedia no es así. Allí, Antígona, con frialdad, afirmó que de tener hijos hubiera preferido sacrificar la vida de éstos, antes que la de su hermano, ya que hijos y marido son reemplazables: “(…) porque nunca jamás, ni por mis hijos, si hubiera llegado a ser madre, ni por mi marido (…) habría emprendido tal trabajo en contra de las leyes de la ciudad (…) Pero encerrados ya en el infierno mi madre y mi padre, no es posible que pueda nacerme un hermano”. (Soph. Ant., 191, 331). El abismo naturaleza – cultura es mayor en Antígona. Aunque esta diferencia entre las obras se neutraliza con el suicidio de Eurídice en Electra.


Agradecimiento a María F. Di Muro




[1] Is female to male as culture to human nature? http://www.yorku.ca/spot/caitlin/ortner.pdf

[2] Sófocles. Tragedias. EDAF Ediciones. Madrid. 1981

[3]Ídem.

              


1 comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: