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El Quijote que nunca despertó

            El Sueño Americano es el sello mágico que retrata una idiosincrasia. Desde que comenzaron las corrientes migratorias hacia Estados Unidos, ilustra los anhelos y ambiciones de millones de personas. Queman puentes para ir tras este sueño; mejor calidad de vida en la tierra de la Libertad.

            Parecen embrujados. Su mensaje es poderoso. Invita a borrar límites en las ambiciones, en especial, las que apuntan al logro material. En la cuna del capitalismo moderno, amasar dólares es señal de éxito. Quien lo logra, se gana el respeto de los demás. Esta premisa es casi un axioma universal. Pero una mirada atenta, devela el truco. Y esta mirada es la de F. Scott Fitzgerald.

            Publicada en 1925, el Gran Gatsby es la historia radiográfica del Sueño Americano, contada por alguien que tenía ese sello tatuado en la frente. Educado en Princeton, “WASP”[1] de pura cepa, Fitzgerald es el arquetipo del éxito. Por eso penetró en el mundo de Morfeo y nos reveló algunos de sus secretos.



            Si tantos se despiertan con el sabor de la estafa, algún estafador ha de estar cerca. Las letras de Fitzgerald suenan como alarma. Quizás desea ser el despertador.  

            ¿Quién es Jay Gatsby? ¿El alter ego del escritor? Solo en parte. También es Nick Carraway, el narrador de la novela. Tiene 29 años, se graduó en Yale y nos contará la historia desde la neutralidad de quien no se erigirá como juez de nadie. Lo aclara en las primeras líneas, al recordar lo dicho por su padre: “Cuando sientas deseos de criticar a alguien -fueron sus palabras- “recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste” (p.7).

            Nick es el emblema de un WASP. Su familia tiene tres generaciones “siendo prominente en el Medio Oeste”. Por eso entiende que el Sueño Americano esconde un truco. Si se descubre, adiós magia.

            Calderón de la Barca dijo: “la vida es sueño y los sueños, sueños son”.

Quienes persiguen al Morfeo Americano pierden de vista su naturaleza onírica. Al confrontar la realidad, con frecuencia tienen un despertar cruel.

            Nuestro narrador se muda a un condado de Nueva Inglaterra. Es un lugar dividido por dos islotes en forma de huevo: East Egg y West Egg. A pocas millas está la ciudad de Nueva York, a la cual se llega atravesando el valle de las cenizas, donde ocurren los pecados que determinan la suerte de la historia[2], dejando a los soñadores enterrados bajo esas cenizas. En aquel pueblo hay una valla publicitaria gigantesca, con los ojos del Dr. Ecklerburg. Parece una mirada al acecho, como la de un dios despierto, presente, omnímodo. Observa desde arriba la vida de los hombres que no sueñan.

            También está el East Egg, hogar de los viejos ricos, los de cuna. Y al lado, en el West Egg, están las fortunas nuevas, mal vistas por sus vecinos.

            Entonces aparece Gatsby, con sus humos fantasmagóricos.



            Nick dice: “Y mientras cavilaba sobre el viejo y desconocido mundo, pensé en el asombro de Gatsby al observar por primera vez la luz verde al final del muelle de Daisy”. Allí, en ese muelle, hay un hombre con la mirada fija en el horizonte. La luz resplandece a lo lejos. ¿Qué significa? Verde es el color de la esperanza, verde es la luz que hace posible el viaje.

            Nuestro narrador observa, todo pasa a través de los ojos de Nick. Es primo de Daisy, casada con Tom Buchanan, miembro de una familia del East Egg. Gracias a eso, Nick ocupa un lugar destacado en el teatro. Quitará máscaras y nos revelará secretos.  

            En la obra de Miguel de Cervantes, el hidalgo marchito, Alonso Quijano, se transforma a sí mismo en otra persona: Don Quijote, caballero andante. El viejo, cansado y solitario, necesita del personaje inventado por él para salir al mundo y perseguir sus sueños. A los demás les parece un chiflado, que confunde realidad con fantasía. Pero la suya es la única realidad que cuenta. La vida vale la pena si se lucha por un sueño, el ideal caballeresco perdido en alguna parte. Para justificar sus aventuras, fija su mirada en Aldonza Lorenzo y la transforma en Dulcinea, la estrella que ilumina sus caminos y le hace soportables las desdichas. Quijano, convertido en Quijote, abandona su antigua vida y se anima a enfrentar los peligros. Así conquistará el corazón de su dama.

            Fitzgerald bebió de Cervantes, lo suficiente para concebir a su propio Quijote.

Gatsby es un Quijote. James Gatz es pobre y solitario, atrapado en un universo que le asfixia. Allí los sueños son de ceniza. Huelen a fracaso. Entonces conoce a su dama, no del Toboso, sino del East Egg: Daisy Buchanan. Y su corazón se infla. Pero ella pertenece a otro mundo, más grande. Hay yates, carros lujosos y mansiones. Necesita cambiar y así atrapar al amor que se le escapa.



            Como Alonso Quijano, a Gatz no le basta con ser quien es. Es pobre como el manchego y está triste como él. Para conquistar a su amor, debe ir más lejos. Incrementar sus ambiciones. Y así, nace en su espíritu un anhelo, el Sueño Americano.

            “¿Qué hay en un nombre?”, se pregunta Julieta, porque por culpa de apellidarse “Capuleto”, en vez del sueño con Romeo, sufrió la pesadilla llamada “Montesco”.



            El muchacho no cree en la fatalidad de Shakespeare. Opta por la opción cervantina: No se llamará James Gatz. Los nombres sí pueden cambiarse. Para vivir sus aventuras, hace de sí mismo un varón capitalista, el caballero andante de las aspiraciones banales. Se convierte en Jay Gatsby y sale a luchar contra otro tipo de molinos de viento. Los de él son los malos ojos que no gustan de recién llegados, esos son ahora sus gigantes, los monstruos que debe franquear. Atrás quedó el “harapiento suéter verde” con el que observó al Sueño Americano desde las gradas. Ahora jugará, y a lo grande. El honor no es suficiente en la tierra de los lujos y el poder. Necesita dinero, y mucho. Pero el tiempo apremia. El reloj no perdona.

            Primero a la batalla. Para Cervantes fue Lepanto. Su Quijote lo hizo en La Mancha. Para Fitzgerald, fue la Primera Guerra Mundial. Su varón, también allí peleó, y después lo llevó a Nueva Inglaterra.

            Cervantes, el presidiario, recuperó su honor con el heroísmo mediterráneo que venció al “Turco”. Fitzgerald cree en lo mismo, piensa que el valor y la gallardía son nutrientes del carácter. Gatsby se destaca. Ahora también es héroe y gana la honra que persigue. Pero no es suficiente. Salta las reglas y juega con las cartas marcadas. Se asocia en la oscuridad, bebe la copa prohibida y hace el pacto con las tinieblas. Convertido en fantasma, es una sombra en la pared, la fantasía que los hombres inventan: ¿Asesino? ¿Traficante? ¿Ladrón? ¿De dónde viene este anfitrión de fiestas tan divertidas? El misterio crece en las mentes de los demás.



            Gatsby observa la luz, no la sombra. Su resplandor confirma que el sacrificio valió la pena. 

En su casa reina Dioniso: noches de jazz, bebida, mujeres y locura. Es el imán de jefes corporativos, políticos connotados, actores cotizados, la creme de la creme de la sociedad. Disfrutan de los placeres que les regala un espectro, con quien no cruzan palabra. 

            Nick vive al lado de esa mansión de humo. Su voz es la consciencia. Suena como el bachiller Carrasco de Cervantes. Va develando que su Quijote americano también sufre un delirio.  Muestra el montaje del teatro y sus máscaras, sabe que un rebaño de ovejas no son ejércitos. Esas fiestas de Gatsby hacen ruido, pero la mansión es un laberinto de espejos. Refleja los colores del maquillaje. Cantan, bailan, la música es el único sonido. Los invitados representan un papel. Son figuras de un sueño que huyó por las ventanas. Se desnudan imposturas, ya no hay disfraces, todos sonríen, pero son las sonrisas del engaño. Es un mundo donde las amistades están hechas de plástico y se envuelven en dólares. La sangre allí es fría y como la escarcha.



           La magia siempre esconde un truco. Se trató de un acto mágico: el Sueño Americano. La hipocresía es evidente, se disuelven los abrazos y no queda nada. Tom y Daisy están casados, pero la falsedad es la savia que nutre ese matrimonio. La felicidad no es posible en los espejismos.

            En el valle de las cenizas vive la esposa de Wilson, el mecánico. Tom se acuesta con ella y por eso la infiel puede gozar de un piso lujoso en Nueva York. Las cenizas se tornan polvos mágicos. Hacen que esta adúltera se crea la ilusión, ser una dama de sociedad, con sus poses y manierismos. Junto a sus amigos cenicientos, imita a quienes envidia, los de la clase alta. El mismo Tom es el encargado de arrancarle la zapatilla y despertarla del sueño: “(…) Con un movimiento corto y certero, Tom Buchanan le reventó la nariz de un manotazo” (p.30).

            Pero el teatro no acaba allí. El conejo condujo a una niña y a nosotros, sus lectores, por un hueco, directo al País de las Maravillas, un mundo al revés, donde la ilusión hace que las cosas luzcan bonitas y grandes. Fitzgerald nos saca de ese hoyo y el laberinto de ensueño se deshace, como las palmeras y las cascadas en medio del desierto. Estamos de vuelta a las cenizas.



            Para regresar al mundo en blanco y negro, donde los colores del amor se apagan, el Quijote de Cervantes despierta del sueño.

            Fitzgerald intenta hacer lo mismo que Cervantes, pero la terquedad de su personaje es mayor. El embrujo de Daisy es más poderoso y supera la magia de Dulcinea. Al salir del mundo de las apariencias, todo en esta novela va adquiriendo la forma que le corresponde. Los espejos se rompen. En el escenario y con los disfraces, la realidad fue esquiva, como la figura fantasmagórica del hombre de espaldas en aquel muelle, viendo una luz que resplandece. Pero se acabaron las mentiras.



            Sancho Panza quedó seducido por el encanto de su señor, también Nick se hechizó con la nobleza de su Quijote. Le implora que abra los ojos, que esos del East Egg son gente podrida: “Tú vales más que todo ese maldito grupo junto” (p115). 

            El primer encuentro de Gatsby con su dama fue la premonición. En aquella sala, repleta de flores y bebiendo té como los reyes, el nervioso enamorado coge el reloj y se le cae.

            Nick le dice que el pasado no puede revivirse, pero sus advertencias se precipitan al vacío. Su Quijote contesta qué sí. El tiempo es maleable, los pedazos del reloj han de juntarse y recuperar lo perdido. Para el Quijote de Cervantes volver al mundo de la caballería era posible, pensó que el tiempo podía echarse para atrás y resucitar los tiempos superados. Para el Quijote de Gatsby, la máquina del tiempo suponía volver al momento en que su Daisy le dio aquel beso juvenil y juró amarlo para siempre. Esta idea ancla a Gatsby en el sueño. La vida se detuvo en una mar que intentó navegar con su corazón delirante. Daisy prometió la eternidad. Pero bastó que él se marchara a buscar honor en batalla, para que ella se arrimara a Tom Buchanan, el hombre que le daría los apellidos que aquel pobretón jamás tendría.



            Cervantes tampoco creyó en amores de humo. Su guerrero despertó y no encontró a Dulcinea.

Pero Fitzgerald confiesa lo que Cervantes disimuló mejor. Calderón lo dijo: La vida es sueño…

            James Gatz se metió en el hoyo de Alicia y amasó una fortuna que también se hizo gigante. Pero no para la sociedad a la que quiso pertenecer para recuperar a su dama. Para esos WASP, Gatsby solo fue una penumbra fijada a la pared.



            Dulcinea, aldeana poco agraciada. Los ojos del delirio te hicieron dama. Fuiste la estrella que encandiló al otro YO del señor Quijano, quien por ti luchó contra molinos de viento. Pero este Quijote abrió los ojos y al verse al espejo encontró otra vez al anciano, solo y deshecho.

            Tú, Daisy, eres tonta, aire y vacío, pero los ojos del Quijote Gatsby son mágicos y te volvieron inmortal. Fuiste un amor muerto, que él creyó vivo. 

            Gatsby tú eres el Quijote que no abrió los ojos. Más nunca fuiste James Gatz, ese joven quedó atrás, enterrado en las cenizas. Wilson te dispara y mueres. Pero ni eso fue una razón verdadera. El cornudo se equivocó de hombre y tú sigues allí, flotando.

            La luz al final del muelle está encendida.

Dice Nick:

Y mientras cavilaba sobre el viejo y, desconocido mundo, pensé en el asombro de Gatsby al observar por primera vez la luz verde al final del muelle de Daisy. Había recorrido un largo camino antes de, llegar a su prado azul, y su sueño debió haberle parecido tan cercano que habría sido imposible no apresarlo. No se había dado cuenta de que ya se encontraba más allá de él, en algún lugar allende la vasta penumbra de la ciudad, donde los oscuros campos de la república se extendían bajo la noche. Gatsby creía en la luz verde, el futuro orgiástico que año tras año retrocede ante nosotros. En ese entonces nos fue esquivo, pero no importa; mañana correremos más aprisa, extenderemos los brazos más lejos… hasta que, una buena mañana… (p.133)

            … una mañana donde no saldrá el sol para Gatsby.

            El Quijote de Miguel Cervantes sí despertó. Igual hizo la niña de Lewis Carroll, esa que persiguió al conejo mientras dormía en el parque.

            Pero este Quijote de Fitzgerald es diferente y quedó atrapado en los brazos de Morfeo, dentro del Sueño Americano

… “y los sueños, sueños son”.




Agradecimiento a Carlos Emilio Egaña


Referencias bibliográficas

Cervantes, Miguel (2005). Don Quijote de la Mancha. Bogotá. Alfaguara.

Carroll, Lewis (2019). Alice´s adventures in Wonderland. SDE Classics.

De la Barca, Calderón (2011). La vida es sueño. Barcelona, España: Espasa Libros S.L.U.

Fitzgerald, F. Scott (2014). El Gran Gatsby. Editorial Digital. Imprenta Nacional. Costa Rica.

Shakespeare, William (2015). The Norton Shakespeare. Complete works. New York: Norton.

Bibliografía consultada

Egaña, Carlos (2021). Narrativa Norteamericana. Letras UCAB.

Fitzgerald, F. Scott (1936). The Crack – Up. Esquire Magazine.


[1] WASP: White Anglo – Saxon Protestant: “Blanco, anglosajón y protestante”, término utilizado para describir al estadounidense típico, no perteneciente a ninguna minoría étnica, religiosa, cultural o socio económica.

[2] El amorío entre Tom y la señora Wilson; el “hit and run” que mata a la mujer adúltera, sellando el destino de Gatsby, se dan en este valle… la alegoría es oportuna…allí la felicidad se vuelve cenizas.



2 comentarios

  1. Amo lo que tenga relación con el Quijote y desde que gano el premio a la Librería el pasado año creo firmemente en algo tuve que ver con esa lucha. No suelte el Quijote JCSOSAZPURUA hay mucho que aprender de el; un buen compañero de camino…de viaje..de recorrido..en la búsqueda eterna de lo que se ha perdido.

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