Arte Cultura general Literatura

Shakespeare, Paco y Manolo

Si Shakespeare y los “antiguos griegos” no imaginaron el efecto que tendrían en la humanidad de otras épocas es porque la contemporaneidad de una obra está marcada por las lecturas concretas que se le hagan en su momento. Pero estas lecturas, a pesar de que cambian con los tiempos, ya que nuevas comprensiones son añadidas, lo cierto es que sus creadores tuvieron que sentir al crearlas que sus almas quedaban allí impresas.

En Literatura, cultura y tiempo histórico, Mijaíl Bajtín expresa con elocuencia un principio fundamental en el aprecio de una obra literaria: la capacidad de verla desde una óptica que trasciende la cultura específica del autor, y su espacio — tiempo concreto.  Los estudios literarios se enriquecen en la medida que se comprende que una cultura no es una cárcel, circunscrita a sus características propias y a la manera como se interpreta en un momento determinado.



            Interesante que comente sobre el rol que tiene la cultura popular en la formación de la gran cultura. Cuando una obra de arte está impregnada de emociones, visiones y experiencias de todas las capas de la sociedad, será capaz de ofrecer las infinitas posibilidades de conseguir valor catártico en ellas y ser apreciadas como un todo cultural que sintetiza lo humano. Y así es como termina trascendiendo en el tiempo—espacio de su creación y se vuelve imperecedera, capaz de ofrecer sentidos a los hombres y mujeres de cualquier época. Su sentido viene enriquecido con elementos humanos que son universales y propios de nuestra naturaleza más esencial, y no de rasgos que se añadan por influencias externas.



            Si Shakespeare y los “antiguos griegos” no imaginaron el efecto que tendrían en la humanidad de otras épocas es porque la contemporaneidad de una obra está marcada por las lecturas concretas que se le hagan en su momento. Pero estas lecturas, a pesar de que cambian con los tiempos, ya que nuevas comprensiones son añadidas, lo cierto es que sus creadores tuvieron que sentir al crearlas que sus almas quedaban allí impresas. Almas humanas que están impregnadas de un ADN histórico, que se forma a través de los siglos, marcando una huella antropológica que no se borra en un presente particular.      



            Y allí radica el sentido de toda gran obra de arte, cualquiera sea su género o forma de manifestación. Es una huella profunda, cargada de un sentido antropológico que viene desde la formación primigenia de la humanidad. Por eso, no es del todo posible el mirar a una obra de arte con los ojos de un extranjero, de alguien que no forma parte de la cultura y sociedad de donde emergió dicha obra artística. A pesar de que los elementos de interpretación vengan nutridos de una educación y una forma de entender la vida propia de un grupo determinado, la esencia misma de lo que mueve a una persona a sensibilizarse frente a lo que contempla, es una esencia universal. Nunca serán ojos extranjeros, sino solo una mirada que agregará elementos novedosos, que complejizarán y añadirán profundidad al entendimiento de esa obra de arte.



            Entendiéndolo así, serán pocas las veces que una creación humana se agote con un presente concreto. A pesar de que su temática sea puntual y exclusivamente adaptada a las circunstancias momentáneas de su creación, será difícil que escape del universo infinito de la significación que aporta la educación y experiencia vital del intérprete.  

            Al final, solo las obras mediocres mueren al poco tiempo de haber sido producidas. Y su fallecimiento no se deberá al hecho de vivir en un tiempo superado o de una sociedad marginal y/o aislada. La muerte de esa creación será producida por su carencia de esencia universal, por su incapacidad de producir en sus lectores u observadores un reflejo de sus emociones más íntimas, que en el fondo son las más comunes: la emoción que emerge del alma, marcada por esa huella antropológica que resume la historia de la humanidad. Así, Shakespeare y Petra López, del barrio de Chueca en Madrid del siglo XXI; Sócrates; Marco Aurelio; Miguel Ángel; Da Vinci; Cervantes; Paco, el librero de allá y Manolo, el profesor de aquí; no están tan distantes, y no son extranjeros entre sí.


La obra de arte se universaliza y rompe la dimensión espacio temporal si logró penetrar la esencia de lo humano.




Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: