Literatura política

Un boom efímero y la Novela Roja como Identidad

El objetivo esencial de este subgénero de novela negra es representar los sucesos políticos que han marcado la vida del país y han parido proyectos de nación, identidad, memoria y ciudadanía. Al ser narrativas gestadas en tiempos de la llamada “Revolución Bolivariana”, el calificativo de roja se le adecúa a la perfección.

            Haremos una breve reseña de Tópicos de la narrativa venezolana reciente, de Carlos Sandoval; y La novela roja en la Venezuela bolivariana: transformaciones del campo cultural a través de la violencia política, social y urbana, de Argenis Monroy.


Un boom de arena

            Carlos Sandoval afirma que aquí sucedió un boom entre los años 2003 y 2015, signados por la producción masiva de ofertas, que tocaron los temas políticos del momento, mediatizados por sus ideologías. Los libros eran demandados por lectores deseosos de ver reflejadas sus angustias, avatares y el drama de vivir en un país polarizado y en franco deterioro. Fue un boom constituido por un cogollo, cuyas máximas figuras serían Francisco Suniaga; Alberto Barrera; Federico Vegas y Eduardo Sánchez Rugeles.


Carlos Sandoval


Para Sandoval este fenómeno no es comparable con el boom de la Novela Latinoamericana de los años sesenta, representado por Mario Vargas Llosa; Carlos Fuentes; Gabriel Gacía Márquez; José Donoso y Julio Cortázar. En Venezuela el boom fue una ilusión efímera. Sostiene, a mi juicio de forma temeraria (ya que eso no es signo de lo que desea transmitir), que muchos de los libros quedaron almacenados en las editoriales o se consiguen a descuento en librerías y tarantines. Menciona el cierre de Mondadori y la sección de narrativa de Alfaguara como razones que contribuyeron al fin del boom.

Encasilla la temática en tres compartimentos:

1) La Era de Chávez (1992 – 2013), signada por la polarización, intentonas golpistas y sucesos de lustros anteriores. Y cita El día que nos mataron a Chávez (2007), de F. Suárez (pro-gobierno), y En rojo (2011), de G.Kozak (anti-gobierno);

2) El Caracazo, con obras como Febrero (1990), de Argenis Rodríguez; Calletania (1991), de Israel Centeno; Simpatía por King Kong (2013), de Ibsen Martínez; y La ciudad vencida (2014), de Yeniter Poleo.

3) La tragedia de Vargas, con títulos como Noche oscura del alma (2005), de Carmen Vincenti; Puntos de sutura (2007), de Oscar Marcano; y Cuando bajaron las aguas (2008), de Gabriel Payares.


Novela Roja

            Por su parte, Argenis Monroy hace una revisión de la novela roja venezolana, género cuyas raíces se encuentran en la novela negra norteamericana (siendo Dashiell Hammett y Raymond Chandler de sus principales exponentes).




El objetivo esencial de este subgénero de novela negra es representar los sucesos políticos que han marcado la vida del país y han parido proyectos de nación, identidad, memoria y ciudadanía. Al ser narrativas gestadas en tiempos de la llamada “Revolución Bolivariana”, el calificativo de roja se le adecúa a la perfección.



            El corpus analizado por Monroy—sin menoscabo de otras obras que cita—está integrado por: El complot (2002), de Israel Centeno; Matándolas a todas (2005), de Luis Medina; No habrá final (2006), de Roberto Echeto; y, finalmente, dos libros de Marcos Tarre Briceño: Atentado V.I.P. ¡Cuidado Miraflores! (2008) y Rojo Express (2010).



Argenis Monroy


            El punto central del profesor Monroy: en la novela roja, como subgénero de la novela negra, los acontecimientos políticos son los activadores del crimen. Hay dos ejes neurálgicos:




1) La novela roja como generadora de imaginarios colectivos novedosos (miedo, crimen, hurto, inseguridad, angustia) sobre la ciudadanía, la política, la identidad y la nación;

2) La novela roja como instrumento para entender y cuestionar el universo de la violencia social.

Según Monroy, la novela negra “exorciza los traumas, represiones y frustraciones de la humanidad y también crea nuevos terrores o los potencia, al punto que nunca estaremos libres de misterios, tensiones o enigmas”.

Y su subgénero, la novela roja, tiene como rasgos:

1) Un suceso político como telón de fondo;

2) Un entretejido de violencia política, social y urbana.

3) Discurso identitario, ya que los lectores se identifican con la geografía y la historia que se narra;

4) Violencia, crimen y delito atraviesan el discurso político;

5) El desenlace no resuelve asuntos amorosos o sentimentales, ni sueños profesionales o familiares;

6) Resentimiento, venganza o ajuste de cuentas son aditivos estructurales para que haya una “justicia” más allá de unas instituciones estatales, incapaces de impartirla;

7) La tipología del detective está pluralizada: un periodista, abogado, una mujer u otro personaje que decide responsabilizarse de la resolución del crimen;

8) El motivo es un delito vinculado con la violencia política, social o urbana: secuestro, magnicidio o desaparición forzada;

9) Similar al género policial típico, el culpable es miembro del entorno institucional del Estado;

10) Las habilidades racionales de los protagonistas se conjugan con registros historiográficos para lograr el éxito investigativo.



            Para este crítico literario, la novela roja tiene otro rasgo que también la diferencia de la novela negra: Oscuridad, enigma y misterio no tienen el por qué estar presentes. El lector puede saber desde el principio quién es el culpable y su móvil, pero esto no demerita el “entarimado discursivo y artístico que activa el intelecto y despierta la imaginación”. 

Como conclusión, el profesor Monroy afirma que en la novela roja es usual que triunfe el delincuente, “bien porque huye del país o porque se invisibiliza a los ojos de los cuerpos policiales”.




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