Literatura

El bar de las verdades tristes

El sujeto del cuero cabelludo desértico y los michelines gandoleros no para de hablar. Gesticula con el ánimo que sólo el efecto etílico es capaz de producir. Se muestra seguro de sí mismo. En su mente debe existir una fotografía del macho alfa ideal y gracias a los tragos esa foto es él. Su ímpetu es admirable. Me recuerda al perrito de mi vecina, con sus ojos saltones y la colita eléctrica, ladrándole a perros que podrían tragárselo completo de un sólo bocado. 

Entro al bar con la intención de pecar. Tenía años que no salía de noche y menos a lugares poco agraciados para los ojos moralistas. El establecimiento se encuentra en una esquina, luego de atravesar el puente de la avenida Kalista. El bullicio es una mezcla de voces, copas y música que bailan por los aires, en una danza permanente con el humo de los cigarrillos y quizás también de alguna yerba sospechosa. 

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