Esta obra irrumpe en la escena mundial generando un impacto mayúsculo en los espectadores, que al salir de la sala nos percatamos que hemos presenciado una película que no puede dejarnos indiferentes. No sabemos si lo que le ocurrió al personaje fue realidad o una alucinación. Y nos preguntamos, ¿es realmente importante?

Pocos cineastas se atreverían a realizar un trabajo como este, y todavía menos lograr hacerlo exitosamente, sin caer en la pornografía desagradable o en el mar de clichés que no es despreciable en este tipo de temática. Pero lo asombroso de Lars von Trier es que usando la visualización más cruda, no dejando nada a la imaginación, jamás cae en lo ordinario ni tampoco en lo efectista.

David Lynch materializa en el cine la visión de Einstein sobre el universo y la extiende hasta la teoría de cuerdas, mostrándonos la existencia de multiversos que desdoblan la realidad volviéndola ilusoria. Es como si en el “Topos Uranus” de Platón sucediera una explosión atómica, el big bang que abre agujeros negros en todas partes. Y por estos agujeros es por donde se aventuran los conejos.