La paradójica Estulticia de Erasmo: Rescate del abismo

En Elogio de la locura, o Elogio de la Estulticia, Erasmo de Rotterdam le quita las máscaras a lo humano, para mostrarme el genuino rostro de lo que soy.

Erasmo de Róterdam ( 1466 – 1536 )

Su Yo se transmuta, convirtiéndose en la voz de la tontería: La Estulticia.

Y esta voz me conduce por los senderos de la política, la ciencia, la gramática, la filosofía, la medicina y la religión, para quitarles el velo de la seriedad y demostrarme que a veces la razón puede llevarme por los caminos equivocados.

Dice Erasmo:

(…) ¿Qué es toda la vida mortal sino una especie de comedia donde unos aparecen en escena con las máscaras de los otros y representan su papel hasta que el director del coro les hace salir de las tablas? Éste ordena frecuentemente a la misma persona que dé vida a diversos papeles, de suerte que quien acababa de salir como rey con su púrpura, interpreta luego a un triste esclavo andrajoso. Todo el mecanismo permanece oculto en la sombra, pero esta comedia no se representa de otro modo[1].

Pero el Hombre se deja tentar por los cantos de sirena, que le invitan a perseguir honores y reconocimientos, y a vanagloriarse a sí mismo por sus éxitos mundanos.

Por otra parte, ¿qué fue lo que persuadió a los Decios a sacrificarse espontáneamente a los dioses manes? ¿Qué fue lo que arrastró al abismo a Quinto Curcio sino la vanagloria, la más seductora de las sirenas, pero también la más condenada por estos sabios? Dicen ellos: ¿Habrá cosa más necia que el que un candidato servil halague al pueblo y compre su favor con propinas, soborne la adhesión de la masa, se deleite con sus aclamaciones, sea llevado en triunfo como una bandera venerable y se haga levantar una estatua de bronce en el foro? Agregad los nombres y sobrenombres que adoptan, los honores divinos otorgados a esos hombrecillos; agregad que tiranos criminales por demás sean comparados a los dioses en el curso de ceremonias públicas. Todas estas cosas no pueden ser más estultas y para reírse de ellas no bastaría con un solo Demócrito[2]

Volvamos al Eclesiastés. Cuando allí se exclama: «Vanidad de vanidades y toda vanidad», ¿qué se entiende si no, según dijimos, que la vida humana no es otra cosa que la comedia de la Estulticia? Así se aprueba la frase de Cicerón, por la cual es justísimamente ensalzado y que poco la mencionamos: «Todo está lleno de locos»[4].

A lo largo del texto, Erasmo subvierte la arquitectura diseñada por el hombre para disfrazarse. Y entonces, mi vida se transforma en una consecución permanente de errores, que pueden disfrazarme aún más o quizás darle un vuelco a mi vida, que me permita dirigirme hacia otros derroteros, donde las penumbras cumplen una función determinante. Mi vida y la tuya navegan en aguas inhóspitas.  Todos tenemos una pulsión vital de darle sentido a nuestras existencias. Pero es un arma de doble filo. Puede ser fuente de dicha.  Y mal orientada, esa pulsión nos destruye.

¿Sabes acaso en qué consiste la pirámide del poder? Esa Pirámide querido lector, como tú seguramente intuyes, tiene un vértice donde se erige el trono del poderoso, que controla al mundo. La gran mayoría vivimos en estadios inferiores.  Nos dejan actuar sólo si no perturbamos. Vivimos al revés. A observar el vértice creemos estar mirando hacia arriba. Estamos parados de cabeza y no lo notamos, porque tenemos los ojos abiertos y estamos encandilados. Para poder ver, tengo que cerrar los ojos. Al cerrarlos, se me agudiza la vista que necesito para definirme.  El problema es que la mayoría de nosotros iniciamos el proceso de la vida caminando con las manos. Abriendo los ojos, de frente aparece una imagen que me hipnotiza.  Me encandilo con lo que se presenta como éxito y poder.  Hago una conexión vital con el error y emprendo el rumbo. Hincamos la rodilla al poderoso, creemos que los sentados al trono están iluminados. 

Aceptamos el mundo que nos presentan y otros eligen por nosotros.  Es más fácil seguir. Somos ratas persiguiendo al flautista de Hamelín. Cuando dudamos, nos da miedo expresarlo, por temor al qué dirán, miedo a quedar excluidos.  Si tantos dicen que ese faro ilumina el rumbo, por algo será. Prefiero pensar que el otro tiene razón y de tanto reprimir mi propia voz, termino silenciándola y más nunca la escucho.  Tengo la perfecta excusa, existirán justificaciones para mi fracaso; delegar en otro hace posible el autoengaño. A la mayoría nos perturba la oscuridad.  Solemos enmascararnos para ocultar los miedos que nos afligen.

En Más allá del bien y del mal, Nietzsche afirma lo siguiente:

(…) estamos llenos de malicia frente a los halagos de la dependencia que yacen escondidos en los honores, o en el dinero, o en los cargos, o en los arrebatos de los sentidos: incluso estamos agradecidos a la pobreza y a la variable enfermedad, porque siempre nos desasieron de una regla cualquiera y de su prejuicio, agradecidos a Dios, al diablo, a la oveja y gusano que hay en nosotros, curiosos hasta el vicio, investigadores hasta la crueldad, dotados de dedos sin escrúpulos para asir lo inasible, de dientes y estómagos para digerir lo indigerible (…)[5]

Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844 – 1900)

Y entonces arribo a una paradoja que bien valdría la pena internalizar. Si cierro mis ojos, veo. Sin vista tengo que ingeniármela para no caer. El ingenio me proporciona la antorcha que ilumina mi propio camino. Dice Nietzsche que hay también una sabiduría que vive y florece en las tinieblas, una sabiduría de las sombras de la noche, que está siempre repitiendo entre suspiros: ¡todo es vano![6] Pero los canes rabiosos y encumbrados me hipnotizan para que no cierre los ojos. Patriotismo; compromiso; lealtad; mística; honor; valentía; son conceptos que usan. No pocas veces, en el mundo de la política creemos que es necesario usar esos conceptos para engañar a los creadores del engaño.  Ha pasado con frecuencia en la reciente historia de Venezuela.  

Me viene la memoria de hace unos quince años. Estaba yo en una de las reuniones que solíamos efectuar con las “fuerzas vivas”, en la isla de Margarita. Conversando con un reconocido empresario – que llamaré Domingo –, éste me insistía en la necesidad de acercar a ciertos pesos pesados de la tiranía (él la denominaba “gobierno”) a las filas opositoras. Me decía que había que invitarlos a cenas exclusivas, hacerlos miembros del Country Club y de Camurí Grande; y cosas por el estilo. Este sujeto decidió entonces comenzar a realizar negocios con las personas equivocadas. En lugar de convertir a los representantes del régimen en seres comprensivos de las angustias que para entonces vivía el empresariado criollo, sucedió lo contrario.  Domingo progresivamente fue mostrándose más y más proclive a repetir las consignas revolucionarias, hasta que un día apareció en una cadena de televisión abrazándose con “el comandante”. 

A partir de entonces, las empresas de este personaje crecieron a unas alturas imposibles, a la par que aplaudía vejaciones que sufrían las propiedades de sus otrora colegas y amigos. Llegó a decir públicamente que las confiscaciones ilegales que se producían, sin mediar pago a sus legítimos propietarios, eran culpa de dichos empresarios, por no entender los nuevos tiempos o porque no trataban bien a sus empleados. Domingo pensaba que, si acercaba a los tiranos, éstos sufrirían una suerte de metamorfosis ideológica y ética. Su objetivo inicial, según sus palabras de entonces, era el de actuar en beneficio de los intereses de Venezuela. Pero lo que sucedió – como era de esperar – fue exactamente lo contrario. Se acercó a los perros rabiosos, y simuló ladrar, hasta que él también se convirtió en perro.  Eventualmente, Domingo cayó en desgracia y todos sus bienes fueron confiscados por quienes llegó a considerar sus amigos.  

Cerca estuvo del suicidio. Entonces experimentó una nueva metamorfosis.  Se podría decir que Domingo volvió a nacer.  Tuvo que descender al infierno, antes de volver a disfrutar del cielo.

Afirma Sócrates:

Preguntémonos, por lo pronto, si las almas de los muertos están en el Hades. Según una opinión muy antigua, las almas, al abandonar este mundo, van al Hades, y desde allí vuelven al mundo y vuelven a la vida, después de haber pasado por la muerte. Si esto es cierto, y los hombres después de la muerte vuelven a la vida, se sigue de aquí, necesariamente, que las almas están en el Hades durante este intervalo, porque no volverían al mundo si no existiesen, y será una prueba suficiente de que existen si vemos claramente que los vivos no nacen sino de los muertos (…) todas las cosas nacen de la misma manera, es decir, de sus contrarias, cuando tienen contrarias. Por ejemplo: Lo bello es lo contrario de lo feo; lo justo de lo injusto (…) Veamos, pues, si es absolutamente necesario que las cosas que tienen sus contrarias; como también si cuando una cosa se hace más grande, es de toda necesidad que antes haya sido más pequeña, para adquirir después esta magnitud. (…) ¿Qué nace de la muerte? Es preciso confesar que es la vida… de lo que muere nace por consiguiente todo lo que vive y tiene vida (…) ¿No es toda necesidad que el morir tenga su contrario? ¿Y cuál es este contrario? Revivir[7].

Y Domingo, al renacer, transformó su vida. Visitó monasterios asiáticos y decidió convertirse en un colaborador de causas humanitarias. Hoy se le ve la pinta y es imposible asociarlo con aquel hombre jactancioso, que pensó que podía ladrar sin convertirse en perro. Si en algún momento la comedia humana, de la que habla Erasmo, se visualiza en todo su esplendor, es en este tipo de trágicas circunstancias, donde el sujeto que quiere dárselas de vivo, termina siendo devorado por su propia necedad.

La Estulticia ríe a carcajadas al observar de lejos esta comidilla.  Domingo se creyó muy elevado, superior a su presa, y terminó él mismo convertido en presa. Luego vino la soledad.

Dice Montaigne que no basta con apartarse de la gente; no basta con cambiar de lugar, es menester apartarse de las condiciones populares que están dentro de nosotros; es menester secuestrarse y recuperarse uno mismo[8].

Rupi iam vincula dicas:

Nam luctata canis nodum arripit; attamen illi,

Cum fugit, a collotrahitur pars loga catenae[9].  

Nos vuelve a decir Nietzsche que en la medida en que nosotros somos los amigos natos, jurados y celosos de la soledad, de nuestra propia soledad, la más honda, la más de media noche, la más de medio día – ¡esa especie de hombres somos nosotros, nosotros los espíritus libres! 

Y es que en la soledad sucede el encuentro conmigo mismo, despojado de la máscara, en un rincón donde el absurdo de la existencia es precisamente la paradoja salvadora.  Erasmo se transformó en Estulticia, para recordarnos que la genuina libertad es aquella que surge cuando entendemos que la comedia humana es precisamente eso: una comedia.  Y entonces sucede la aceptación de mí mismo, tal como soy, sin buscar esos modelos externos que produce la acción mimética de evaporar mi Yo y volverlo humo; el fantasma que adopta la forma vacua de una serialidad robótica.

Afirma Erasmo:

Decidme: ¿A quién amará aquel que se odie a sí mismo? ¿Con quién concordará aquel que discuerde de sí mismo? ¿Podrá complacer a alguno aquel que sea pesado y molesto para sí? Creo que nadie lo afirmará, a menos que sea más estulto que la misma Estulticia.

Si prescindieseis de mí, además de no poder nadie soportar a nadie, todo el mundo sentiría hedor de sí, asco de sus propias cosas y repulsión de su misma persona. Tanto más cuanto que la naturaleza, en no pocas ocasiones más madrastra que madre, ha dispuesto el espíritu de los mortales, sobre todo de los pocos sensatos, de suerte que cada cual se duela de lo suyo y admire lo ajeno, de lo cual viene que todas las prendas, toda la elegancia y todo el atractivo de la vida se echan a perder y se desvanecen.

¿Qué vale la hermosura, principal don de los dioses inmortales, cuando se corrompe con el morbo de la melancolía? ¿Qué la juventud si la envenena el agror de una senil tristeza?

En fin, ¿qué podría realizar el hombre con belleza (y así conviene que lo haga todo, pues ésta no sólo es fundamento del arte, sino de cualquier obra) en cualquier función de la vida, sea en beneficio propio o en el de los demás, si no le tendiese la mano el Amor Propio, con quien me une fraternal lazo? Y añadiré que se esfuerza en sustituirme en todas partes. ¿Y qué tan necio como satisfacerse y admirarse de uno mismo? Por el contrario, si se está descontento de uno mismo, ¿podrá hacerse algo gentil, gracioso y digno?

Suprimid este condimento en la vida y en el acto se helará el orador en la defensa de su causa, el músico no dará placer a nadie con sus ritmos, el histrión, a pesar de sus gestos todos, será silbado, el poeta y sus musas serán objeto de risas, el pintor y su arte serán diseñados y el médico y sus fármacos caerán en la miseria. En fin, tendremos a Tersites en vez de Niceo, a Néstor en vez de Faón; en vez de Minerva a un cerdo, en lugar del locuaz al balbuciente y en el del cortés al patán. Tan necesario es que cada cual se lisonjee a sí mismo y se procure una pequeña estimación propia antes de que se la otorguen los demás.

En suma, comoquiera que la principal parte de la felicidad radica en que uno quiera ser lo que es, contribuye a ello grandemente mi querido Amor Propio, haciendo que nadie se duela de su figura, del talento de la estirpe, del estado en que se halla, de la educación ni de la patria, de suerte que ni el irlandés ansía cambiarse por el italiano, ni el tracio con el ateniense, ni el escita con los de las islas Afortunadas.

¡Oh singular solicitud de la naturaleza que en tan grande variedad de cosas todas las igualas! Dondequiera que se retrae en algo de otorgar sus dones, allá acude el Amor Propio a añadir un tanto de los suyos. Aunque esto que acabo de decir ha resultado una necedad, porque estos últimos son los más copiosos. No necesito declarar, mientras tanto, que no podréis encontrar empresa ilustre alguna sin mi impulso, ni nobles artes que yo no haya inventado[10].

Matusalén es el árbol vivo más antiguo en el planeta.  Este pino, llamado así por la figura bíblica – que según fuentes sagradas vivió hasta los 969 años- se encuentra localizado en las montañas del White Mountains, California, cerca de Nevada.  Un cálculo de su edad, basado sobre un estudio de los anillos en su tronco, afirma que tiene 4.765 años de edad – o lo tenía en el momento de su análisis.  Hoy en día alcanza los 4.843 años.  Su ubicación exacta es un secreto, para protegerlo del vandalismo.  Este árbol tenía un siglo de existencia cuando se construyó la primera pirámide en Egipto[11]

¿Sabes por qué todavía existe? ¿Percibes la razón de su belleza?  A este árbol nadie intentó regarlo con un producto mágico, ni pretendieron orientar sus raíces.  A este árbol lo dejaron solo, lo respetaron dejándolo ser. Vive su naturaleza sin pedirle permiso a nadie.  Y cumpliendo su naturaleza, estamos agradeciéndole su existencia.  Nada puede ser más egoísta, el árbol sólo se interesa por ser árbol. Pero nos da sombra y oxígeno, nos ofrece apoyo y alimentos. Reconociéndole su valor, procuramos no dañarlo, nos inspira respeto.  La naturaleza del árbol es la misma que la de cualquier otro ser viviente, es igual a la nuestra.  El problema es que la Estulticia pretende cambiar nuestra naturaleza, cuando por vanidad nos creemos el libreto de la comedia humana, y nos transformamos en actores ambiciosos, luchando a cuchillo por ser el protagonista. Ya siendo niños, la regla es pertenecer al grupo.  Así se inicia la interconexión cerebral que transmite ansiedad cuando no somos aceptados. En el deseo que eso ocurra, imitamos patrones y erigimos nuestra personalidad sobre bases falsas: la esclavitud del qué dirán. Ayudados por la Estulticia, nos convertimos en actores disfrazados de cualquier cosa, de acuerdo a la conveniencia del momento.  Y el vacío que siento en consecuencia es por falta de singularidad; ese vacío es la factura que me pasa mí alma, la original, por haberla despreciado.

No es fácil. Encontrarme implica dejar que la misma Estulticia active sus paradojas, sus relaciones de opuestos.  Siguiendo la lógica de Sócrates, de la imitación debería surgir el individualismo. Pero antes debo vencer mis propios temores. Tengo que amar a mí propio YO, definir mí singularidad, y levantarle una estatua.  Existo en la medida de mí libertad. Emprendiendo la aventura de vivir sin culpas, algo que sólo la Estulticia permite, es probable que me tilden de aventurero, estrafalario, raro, quijote. Pero he de seguir mí vuelo sin perturbarme.

Afirma Montesquieu:

Una de las cosas que más nos agradan es lo natural, pero es también el estilo más difícil de alcanzar. La razón de ello reside en que está precisamente entre lo noble y lo bajo, y tan cerca de lo bajo, que siempre es muy difícil abordarlo sin recaer en ello. Los músicos han reconocido que la música que se canta más fácilmente es la más difícil de componer. Prueba cierta de que nuestros placeres y el arte que nos lo otorga están entre ciertos límites. Al ver los versos de Corneille, tan pomposos, y los de Racine, tan naturales, no se adivinaría que Corneille trabajaba fácilmente y Racine con dificultad. (…) Cuando se trata de mostrar cosas finas, el alma prefiere ver comparar una manera a otra manera, una acción a otra acción, una cosa a otra cosa. En general, comparar un hombre valiente a un león, una mujer a un astro, un hombre ligero a un ciervo, es bien fácil; pero cuando La Fontaine comienza así una de sus fábulas:

“Entre las patas de un león,

Una rata apareció imprudentemente.

El rey de los animales, en esta ocasión, mostró quién era, perdonándole la vida”.

Compara las modificaciones del alma del rey de los animales con las del alma del verdadero rey[12].

Porque cuando insisto en la carrera de perros, estoy descendiendo. Bajo en amor propio, en dignidad, bajo en valores y principios, bajo en expectativas, en sueños e ilusiones, bajo en optimismo, en respeto a la humanidad y bajo en respeto a la naturaleza. Mientras más cerca estoy de los perros, soy menos humano.  Por eso, al ganar la carrera, puse la torta.  Dejo tanto de mí mismo en el camino, que al sentarme en el trono no me reconozco, vivo del autoengaño. En el trono de perros soy una mentira, por eso necesito tantas luces alrededor, sólo encandilando a los demás evito que me descubran.

Si me detengo en la cumbre de una gran montaña, ¿qué siento al cerrar los ojos? ¿Qué necesito para ascender hasta esa cumbre? Allí arriba soy libre. Al hacer cumbre, mi espíritu se casa con mi alma y me agradece el haberlo escuchado. Este agradecimiento se manifiesta a través de un profundo respeto hacia mí mismo, es un encuentro definitivo con mí singularidad, soy libre. 

Erik Weihenmayer era ciego, pero eso no le impidió coronar el Everest. La única vista que necesitó se la dio su espíritu. La fuerza de su alma lo cargó hasta lo más alto del planeta…  tenía los ojos cerrados. ¿Por qué los montañistas suelen ser de las personas más auténticas? El montañismo es un deporte solitario. Se lucha contra las limitaciones individuales, se vencen los demonios internos y se hace cumbre.  El montañista es un ser libre, por eso persigue estas cumbres, se acerca a las águilas y se aleja de las ratas. Cuando me encandilo con las luces del poder, la Estulticia llega a extremos que se vuelven trágicos. La lucha no tiene cuartel, y como me demostró Domingo, se trata de la supervivencia del más rastrero, hace cumbre la rata más astuta. Y al sentarse en el trono, esa rata campeona tendrá el derecho de pisar a las que vienen detrás. Esa es la carrera y ese es el premio: una condena[13].

Domingo se sentó en ese trono. ¿Acaso es casual que para lograr su objetivo necesitaba escalar primero la cumbre del poder?  Para coronar un sentimiento vil, pero disfrazado de patriotismo, ese individuo tuvo que hacer la más vil de las carreras: la carrera del poder.  Y al llegar, se precipitó a un abismo, el Hades de su existencia. Y allí, la soledad obró un milagro, de la mano de la paradójica Estulticia.    

Así, me recuerda Erasmo, que siempre ha gozado el ingenio de la libertad de burlarse, sin temor de las cosas humanas.  Por eso en el abismo, la Estulticia me permite revivir, a partir del amor a mí mismo.

hay también una sabiduría que vive y florece en las tinieblas, una sabiduría de las sombras de la noche, que está siempre repitiendo entre suspiros: ¡todo es vano!


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Bibliografía consultada

DE MONTAIGNE, Michel. Ensayos I. Capítulo XXXIX. “De la soledad”. Ediciones Cátedra. Décima edición. Madrid, España. 2010.

DE ROTTERDAM, Erasmo. Elogio de la Locura. Capítulo XXIX en: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/elogio-de-la-locura–0/html/ff08f70e-82b1-11df-acc7-002185ce6064_13.html

GOYO PONTE, Einar. Cátedra de Renacimiento y Barroco. Escuela de Letras UCAB. Apuntes de clase JCSA.

MONTESQUIEU. Ensayo sobre el gusto. Casimiro libros. Madrid, España.

NIETZSCHE, Friedrich. “Más allá del bien y del mal. Planeta De Agostini S.A. Editorial Planeta. Colección “Grandes pensadores”. España. 1993. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

PLATÓN. Diálogos. Global ediciones S.A. Caracas, Venezuela. Décima tercera reimpresión. 2008.

Sobre el árbol Matusalén: https://articulossaberyocio.blogspot.com/2012/08/los-10-arboles-mas-antiguos-del-mundo.html

SOSA AZPÚRUA, Juan Carlos. “Cicatriz. Tras el espejismo del poder nada es lo que parece”. Editorial Planeta Venezolana S.A. Colección de Autores españoles e Iberoamericanos. Caracas, Venezuela. Segunda edición. 2010.


[1] DE ROTTERDAM, Erasmo. Elogio de la Locura. Capítulo XXIX en: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/elogio-de-la-locura–0/html/ff08f70e-82b1-11df-acc7-002185ce6064_13.html

[2] Ídem. Capítulo XXVII

[3] Ídem. Capítulo XIX

[4] Ídem. Capítulo LXIII

[5] NIETZSCHE, Friedrich. “Más allá del bien y del mal. Planeta De Agostini S.A. Editorial Planeta. Colección “Grandes pensadores”. España. 1993. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. p. 266/67

[6] Ídem. En la sección correspondiente a la obra “Así habló Zaratustra”. P. 180

[7] PLATÓN. Diálogos. Global ediciones S.A. Caracas, Venezuela. Décima tercera reimpresión. 2008. p. 433 – 437

[8] DE MONTAIGNE, Michel. Ensayos I. Capítulo XXXIX. “De la soledad”. Ediciones Cátedra. Décima edición. Madrid, España. 2010

[9] Por fin he roto mis ataduras, me dirás: pero el perro que con un gran esfuerzo ha roto las suyas, en su huida arrastra en el cuello gran parte de su cadena. (Persio, Sátiras, V.158)

[10] op. cit. Capítulo XXII

[11] https://articulossaberyocio.blogspot.com/2012/08/los-10-arboles-mas-antiguos-del-mundo.html

[12] MONTESQUIEU. Ensayo sobre el gusto. Casimiro libros. Madrid, España. 2014 p. 53-54

[13] SOSA AZPÚRUA, Juan Carlos. “Cicatriz. Tras el espejismo del poder nada es lo que parece”. Editorial Planeta Venezolana S.A. Colección de Autores españoles e Iberoamericanos. Caracas, Venezuela. Segunda edición. p. 415 -421

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